El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Lo extraño era que apenas deseaba a Barbara Gillespie. Tal vez la encontrara atractiva, en abstracto. Pero, incluso ahora, sus imaginadas relaciones nunca suponían algo más que un contacto inocuo. Ella era… ¿qué? Ni una familiar ni una amiga y, desde luego, no una simple amante. Alguna relación que aún no se había inventado. No quería poseerla. Tan solo quería investigar, con la habitual batería de cuestionarios, la causa de su derrumbe y por qué él se sentía tan absuelto cuando estaba a su lado. Quería analizarla, hacer que se revelara, conocer su currículo y su historia. Ella no había dicho casi nada en los pocos minutos que habían pasado juntos. Sin embargo, sabía algo de Mark que él buscaba a trancas y barrancas.
La veía vestida con un mono verde y una camisa de algodón blanco, subiendo por una escala de madera. La escala estaba apoyada contra una blanca casa del cabo Cod, cerca del océano. Estaba llegando a los aleros. ¿Qué sabía de ella? Nada en absoluto. Nada excepto lo que su corteza prefrontal podía inventar basándose en desechos del hipocampo. La veía de pequeña, con un velo negro sobre la cara, encendiendo un cirio de cincuenta centavos que colocaba en el altar de una iglesia llena de incienso. ¿Qué sabía él de cualquiera? La veía junto a Mark Schluter, con mono de trabajo y casco amarillo, inspeccionando un ramillete de indicadores sobre una brillante bombona de acero inoxidable alta como una casa. La veía asomándose a la ventana del pasajero de un cupé azul que daba vueltas, conducido por Karin Schluter, tendiendo al viento un osito de peluche. Se veía a sí mismo, hombro a hombro con Barbara, en una atestada sala de justicia de algún lugar como Kabul, tratando de obtener la custodia legal de los hermanos Schluter, pero incapaz de lograr que su petición se entendiera en ningún idioma útil.
Cruzó por su mente la idea de que se había inventado lo ocurrido en Nebraska. Toda la historia: una incursión en un género mixto, experimental, una obra de teatro sobre la moralidad enmascarada como periodismo. No tenía ningún recuerdo fiable de lo que había ocurrido allí. No podía reconstruir con precisión ninguna de las características de Barbara Gillespie, y no digamos sus facciones. Sin embargo, no podía dejar de evocar recuerdos de ella recuperados, todos ellos tan detallados que podría haber jurado que eran datos documentados.
¿Qué sabía de la vida de su esposa? ¿Quién era ella cuando no era su mujer? Él regresaba a casa en coche, cruzando el centro comunal cubierto de nieve. Las dos iglesias coloniales nunca dejaban de apaciguarle. Tomó la larga curva de Strong's Neck, el puerto verde y marrón con la marea baja. Llegó a Bob's Lane, ese pasadizo que los visitantes son incapaces de encontrar a menos que ya hayan estado en él. Las lluvias invernales todavía inundaban la parte delantera del jardín. Una familia de cercetas de alas verdes se había pasado el otoño construyendo un nido junto al lago temporal. Pero ahora el lago estaba congelado y los patos habían volado.
Sylvie había llegado antes que él a casa. Últimamente, desde que él soltara su bomba, procuraba regresar temprano de Wayfinders. Weber no le había pedido que lo hiciera, pero tampoco tenía el valor de decirle que no era necesario. La encontró introduciendo algo en el horno, un estofado con berenjena. Veinte años atrás le había dicho que lo comería gustoso cada noche, y ahora ella recordaba ese entusiasmo sepultado. La sonrisa inquieta de su mujer cuando alzó los ojos hacia él le llegó a lo más hondo.
– ¿Has pasado un buen día?
– Fantástico.
Era algo que siempre se decían.
– ¿Qué tal ha ido la clase?
– Si me lo preguntas a mí, creo que hay una clara posibilidad de que haya estado brillante. -La tomó en sus brazos con demasiada rapidez, mientras ella se esforzaba por quitarse la manopla-. ¿Te he dicho que estoy completamente loco por ti?
Ella soltó una risita dubitativa y miró detrás de él. ¿Quién imaginaba que podría venir? ¿A quién podría él traer a casa?
– Sí, me lo has dicho. Creo que ayer.
Emiten el programa televisivo. Pero es extraño. Le han hecho a Mark algo digitalmente, lo han pasado por alguna clase de filtro de vídeo de alta tecnología. Quienes no lo conocen jamás sospecharían. Pero sus amigos, los pocos amigos que le han quedado a Mark Schluter, pensarán que es un doble.
Por lo menos la mayor parte de lo que dicen en el programa es correcto. Hablan del accidente, del vehículo que se cruzó delante de él, del que iba detrás y se paró junto a la carretera. Y hay un gran momento en el que aparece la nota manuscrita y llena la pantalla, e incluso hay subtítulos, por si alguien no sabe leer en inglés. «No soy nadie.» No soy nadie. Hombre, en los tiempos que corren, ese podría ser cualquiera. Pero hay una recompensa en metálico de quinientos dólares. Con la economía escurriéndose de nuevo por el desagüe del lavabo y todo el estado en el paro, sin duda alguien dará un paso adelante para hacerse con ella.
Le gustaría sentarse y esperar a que suene el teléfono y empiecen a proporcionarle datos amparados por el anonimato, pero hay demasiado que hacer. Llega la doble de Karin, irritada porque ha oído hablar del programa pero se lo ha perdido. ¿Cuándo hiciste eso? ¿Por qué no me lo dijiste? Es una buena representación, y él casi llega a creerse que la mujer no tiene ni idea.
Se le ha ocurrido un plan para ponerla a prueba, algo en lo que lleva mucho tiempo pensando. Le pregunta si le gustaría dar un paseo en coche, hasta Brome Road, la vieja granja abandonada que su padre trató de explotar y donde él vivió desde los ocho hasta casi los catorce años. El lugar del que su hermana siempre hablaba como si fuera una especie de paraíso perdido. Ella se pone a dar saltos como una niña cuando Mark la invita a ir allí. Uno habría pensado que le pedía que fuese su pareja en el baile de fin de curso o algo por el estilo.
Van juntos, en el pequeño coche japonés de ella. Hace un calor extraño, cuando faltan solo dos semanas para Navidad. Él viste su chaqueta azul claro, una prenda adecuada para octubre. Lo más probable es que el calor se deba a la catástrofe ecológica del efecto invernadero. En fin, será mejor disfrutar del breve período de buen tiempo. Ella está en ascuas, como si hiciera una eternidad que no veía el lugar. Lo más curioso es que seguramente no lo ha visto nunca. Avanzan por el largo camino de acceso a la granja, y es como si hubieran lanzado una bomba de neutrones sobre el porche de la entrada. Todas las ventanas, negras y sin cortinas. El jardín, un mar de hierba alta y hierbajos, como una especie de proyecto de restauración de la pradera. Hay un letrero de «PROHIBIDO EL PASO» clavado en el porche, lo cual es una broma. Nadie vive aquí desde hace muchos años. A decir verdad, la granja sufrió en manos de la familia Schluter un serio deterioro que ninguno de sus inquilinos posteriores pudo reparar. Está abandonada desde 1999, pero él no ha venido a curiosear hasta ahora.
El establo está muy escorado a la derecha, como si fuera a derrumbarse si le alcanzara una pequeña radiación de microondas. Pero antes de que lleguen al edificio, la doble de Karin frena en seco. ¿Dónde está el árbol?, pregunta. El sicomoro ha desaparecido. El que tú y papá plantasteis cuando cumplí los doce años. Al principio, el asombro de Mark es mayúsculo. Ella sabe lo que plantaron y cuándo. Pero, claro, ahí está el tocón. Y cualquiera podría habérselo contado en la ciudad. Aquellos necios Schluter, plantando un árbol que consume una gran cantidad de agua, cuando ni siquiera tienen suficiente para evitar que se les chamusquen las judías.