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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Y se había llevado a la pobre mujer consigo.

CAPÍTULO 58

«Cuando llegue a la altura de la casa, apagaré el motor y dejaré el BMW aparcado en la carretera.» Bryan repasó la situación. Era aconsejable proceder con prudencia. La última hora le había resultado demasiado agitada.

Y no había avanzado nada.

Un mundo desconocido se había tragado a Laureen y a Petra.

Bryan había hecho muchos descubrimientos terribles durante el repaso del piso de Stich. A pesar de la escasa luz de su encendedor, los testimonios del verdadero yo de Peter Stich no dejaron lugar a las dudas. Un cajón tras otro, estante tras estante, estancia tras estancia, todo evidenciaba que el anciano había seguido viviendo en su feroz pasado. Fotografías de muertos, armas, medallas, banderas, estandartes, relieves, figuritas, revistas, libros y más fotografías de muertos.

Bryan había abandonado el piso de Stich sin llamar la atención. Desde Luisenstrasse se había dirigido al palacete de Kröner, que ya había tenido bajo vigilancia dos veces antes. Estaba convencido de que aquélla sería la última vez.

El enorme jardín de Kröner estaba envuelto en la oscuridad cuando Bryan por fin llegó a la casa, y a punto estuvo de desanimarse por ello. La única señal de vida era la débil luz de una bombilla en el primer piso. Por lo demás, la casa parecía deshabitada.

Después de llamar al timbre un par de veces, Bryan volvió al jardín. Una vez allí, cogió una piedra en el sendero y apuntó. El cristal de la ventana del primer piso apenas tintineó una décima de segundo. Luego arrojó unas cuantas más. Al final bombardeó todas las ventanas y la gravilla rebotada por los cristales cayó sobre el césped.

Y entonces se dio cuenta de lo estúpido que había sido.

Bryan miró por la ventanilla lateral. Todavía no había salido la luna. Los viñedos estaban ocultos en la oscuridad.

Antes de llegar al desvío que llevaba a la hacienda de Lankau, Bryan se dio cuenta de que la luz del patio ya no estaba encendida. Cuando apagó los faros, la oscuridad lo envolvió. Un par de cientos de metros más adelante superó la zanja a tientas y, encogido, bordeó el viñedo. Al abrigo de la primera hilera de vides, llegó a la parte trasera de la casa y se acercó a la ventana del frontis para echar un vistazo al interior del salón en el que había dejado a Lankau atado a la silla.

Estaba a oscuras y en silencio.

Tendría que volver a buscar la verdad en aquella casa. Mientras había estado contemplando la casa de Kröner, apenas veinte minutos antes, se había dado cuenta de que probablemente sólo Lankau podría ayudarlo a seguir adelante. La casona de la ciudad había estado vacía. Kröner había abandonado su nido y seguramente ya se había ocupado de que Petra y Laureen estuvieran controladas.

Bryan permaneció un buen rato escuchando en medio de la oscuridad. Nada parecía indicar que Kröner se le hubiera adelantado. Los únicos sonidos que le llegaron fueron los graznidos de pájaros que tantas veces lo habían acompañado en sus paseos por Dover. Los viñedos les pertenecían.

Alzó la vista hacia el oscuro cielo y luego se deslizó los últimos veinte metros al descubierto, siguiendo el muro que lo separaba del patio.

CAPÍTULO 59

Esta vez, Lankau no estaba dispuesto a dejarse sorprender. Tras haber abandonado a Petra en el cuarto de la prensa, se había pasado la mayor parte del tiempo sentado en una silla, explorando la oscuridad. Hubo un momento en que la mujer larguirucha se había puesto algo histérica. Se había despertado sobresaltada y había mirado a su alrededor, dando claras muestras de extravío. Cuando se dio cuenta de que estaba atada y sola, tiró de las cuerdas y profirió algunos sonidos guturales que la mordaza apenas dejaba salir. En el momento en que Lankau salió de su rincón, la mujer enmudeció como por arte de magia.

– Por lo visto, no eres tan muda como querías dar a entender -susurró Lankau, sonriente, y se acercó a ella.

Cuando le aflojó el pañuelo que hacía las veces de mordaza y que se le habia hundido en las comisuras de la boca, Laureen echó la cabeza hacia atrás mostrando todo su odio reprimido.

– Me parece a mí que no eres muda del todo -volvió a intentarlo Lankau, esta vez en inglés-. Pues sí, estás sola -dijo alternando los dos idiomas-. ¡La pequeña Petra no está aquí! ¿La echas de menos?

Lankau se rió. Sin embargo, la mujer no reaccionó.

– Venga, deja que te oiga hablar una vez más, querida Laura, o como sea que te llames -dijo sentándose en cuclillas delante de ella-. ¿Qué te parece, por ejemplo, un pequeño grito?

Lankau levantó el puño y abrió la mano delante de su rostro. Luego lo agarró como si fuera una enorme piedra que quisiera lanzar muy lejos. Y al cerrar él la mano a su alrededor llegó el grito. Sin embargo, Lankau no consiguió sacarle ni una sola palabra.

El hombre del rostro ancho apretó el pañuelo y volvió a ocupar su silla delante de la ventana.

La primera vez que vio a Amo von der Leyen fue cuando éste salió del BMW aparcado en la carretera. La visión de la figura encogida lo llenó de alegría a la vez que lo excitó. Lankau deslizó la mano por el alféizar de la ventana sin perder de vista a su víctima. Cuando alcanzó el cuchillo que había dejado listo al lado de la manzana a medio comer, se volvió decidido hacia la mujer atada en la silla. Tras haberlo rumiado un segundo, decidió que, de momento, la dejaría vivir.

El golpe que le propinó en el cuello, justo por encima de la clavícula, la dejó inconsciente.

La silueta desapareció un tiempo, oculta detrás de la vides. Lankau intentó detectar algún movimiento en el terreno. Al no conseguirlo, volvió a la ventana.

Aunque no había humedad en el aire, el patio daba la sensación de estar resbaladizo. Bryan adelantó los pies sobre los adoquines con mucho cuidado y, aun así, estuvo a punto de resbalar varias veces sobre la capa de musgo. No le gustaba la idea de introducirse en la casa sin antes saber por qué no estaba encendida la luz del patio. Pese a la Shiki Kenju que sostenía en la mano, resultaba difícil sentirse totalmente seguro. La oscuridad había sido su compañera desde que se había escurrido al interior del piso de Stich.

Y ya no le hacía ninguna gracia.

Al dar el primer paso por el pasillo registró algo conocido. Incluso antes de que tuviera tiempo de reconocer lo que era, sintió un profundo pinchazo en el costado. Al caer hacia adelante por el efecto de shock que le produjo el pinchazo, volvió a notar lo que había notado antes. Viva y fervorosamente.

La pistola voló de su mano de un puntapié, y entonces se encendió la lámpara del techo.

Lo único que pudo ver Bryan fue a Lankau, que ocupaba todo su campo visual. La luz del techo lo rodeaba como una aura. La luz lo había cegado e, instintivamente, Bryan rodó hacia un lado y chocó con algo duro e irregular. Lo agarró inmediatamente y lo arrojó contra la cabeza de su contrincante con todas las fuerzas que pudo movilizar.

El resultado fue abrumador. La silueta cayó al suelo con un rugido.

Bryan se incorporó dolorido y se echó rápidamente a un lado buscando apoyo en la pared. Los contornos y la composición de la estancia se le revelaron de pronto. Delante de él yacía Lankau mirándolo con una expresión enfurecida. Todavía sostenía el cuchillo en la mano, pero aún no estaba listo para saltar sobre él. Era fácil ver por qué. Una brecha corta pero profunda recorría su nariz dejando entrever un pedazo de cartílago de color blanco azulado.

Bryan notó un dolor agudo en el costado y miró hacia abajo. Lankau le había clavado el cuchillo en el costado, debajo de la tercera costilla. De haberlo hundido cinco centímetros más, le habría perforado el pulmón. Y si hubieran sido diez, ya estaría muerto.

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