Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
—Sí, ¿verdad?
—Sí. Y cuanto antes mejor.
—Mi hermano tiene el don de la vista verde —dijo Meera—. Sueña cosas que aún no han sucedido, y a veces suceden.
—No sólo a veces, Meera.
Intercambiaron una mirada, triste la del chico, desafiante la de la muchacha.
—Cuéntame qué va a pasar —pidió Bran.
—Lo haré —dijo Jojen—. Si tú me hablas de tus sueños.
El bosque de dioses quedó en silencio. Bran podía oír el crujido de las hojas y el chapoteo lejano de Hodor en los estanques de agua caliente. Pensó en el hombre dorado y en el cuervo de tres ojos, recordó el crujido de los huesos entre sus mandíbulas y el sabor a cobre de la sangre.
—No tengo sueños. El maestre Luwin me da pociones para dormir.
—¿Y te sirven?
—A veces.
—Todo Invernalia sabe que te despiertas por la noche sudoroso y gritando, Bran —dijo Meera—. Las mujeres hablan de eso junto al pozo, y los guardias en su sala.
—Cuéntanos qué te da tanto miedo —dijo Jojen.
—No quiero. Además, no son más que sueños. El maestre Luwin dice que los sueños pueden significarlo todo, y pueden no significar nada.
—Mi hermano sueña igual que los otros niños, y esos sueños pueden significar cualquier cosa —señaló Meera—. Pero los sueños verdes son diferentes.
Jojen tenía los ojos del color del musgo, y a veces cuando miraba parecía que veía algo más. Como en aquel momento.
—Soñé con un lobo alado atado al suelo con cadenas de piedra gris —dijo—. Era un sueño verde, así que supe que era verdad. Un cuervo intentaba romperle las cadenas a picotazos, pero la piedra era muy dura y apenas si la desportillaba.
—¿El cuervo tenía tres ojos?
Jojen asintió. Verano levantó la cabeza del regazo de Bran y miró al embarrado con sus ojos color oro oscuro.
—Cuando era pequeño estuve a punto de morir de la fiebre de Aguasgrises. Entonces fue cuando me visitó el cuervo.
—A mí vino a verme cuando me caí —barbotó Bran—. Estuve dormido mucho tiempo. Me dijo que tenía que volar o me moriría, y me desperté, pero estaba tullido y no podía volar.
—Puedes si quieres. —Meera cogió la red, deshizo los últimos nudos y empezó a doblarla.
—El lobo alado eres tú, Bran —dijo Jojen—. Cuando llegué no estaba seguro, pero ahora sí. El cuervo nos ha enviado para romper tus cadenas.
—¿El cuervo está en Aguasgrises?
—No. El cuervo está en el norte.
—¿En el Muro? —Bran siempre había deseado ver el Muro. Su hermano bastardo, Jon, estaba allí; era miembro de la Guardia de la Noche.
—Más allá del Muro. —Meera Reed se colgó la red del cinturón—. Cuando Jojen contó a nuestro señor padre qué había soñado, nos envió a Invernalia.
—¿Cómo puedo romper las cadenas, Jojen? —preguntó Bran.
—Abre el ojo.
—Ya los tengo abiertos, ¿es que no lo ves?
—Tienes dos ojos abiertos. —Jojen se los señaló—. Uno, dos.
—Es que sólo tengo dos.
—Tienes tres. El cuervo te dio un tercer ojo, pero no lo abres. —Tenía una manera de hablar pausada, suave—. Con dos ojos puedes verme la cara. Con tres podrías verme el corazón. Con dos puedes ver aquel roble. Con tres podrías ver la bellota de la que nació y el tocón seco en que se convertirá algún día. Con dos no ves más allá de tus paredes. Con tres podrías ver el mar del Verano al sur y el norte más allá del Muro.
Verano se levantó.
—No me hace falta ver tan lejos. —Bran esbozó una sonrisa nerviosa—. Estoy cansado de hablar de cuervos. Vamos a hablar de lobos. O de lagartos león. ¿Has cazado uno alguna vez, Meera? Por aquí no hay bichos de ésos.
Meera sacó la fisga de los arbustos.
—Viven en el agua. En pantanos profundos y arroyos que no sean rápidos…
—¿Has soñado con un lagarto león? —la interrumpió su hermano.
—No —dijo Bran—. Y ya te lo he dicho, no quiero…
—¿Has soñado con un lobo?
—No tengo por qué contarte mis sueños. —Bran empezaba a enfadarse—. Soy el príncipe. Soy el Stark en Invernalia.
—¿Era Verano?
—Cállate.
—La noche del banquete de la cosecha soñaste que eras Verano y estabas en el bosque de dioses, ¿a que sí?
—¡Basta ya! —gritó Bran.
Verano dio un paso hacia el arciano, mostrando los blancos dientes. A Jojen Reed no le importó.
—Cuando toqué a Verano te sentí en él. Ahora también estás en él.
—Es imposible. Yo estaba en la cama. Estaba durmiendo.
—Estabas en el bosque de dioses y eras gris.
—Sólo fue un mal sueño…
—Te sentí. —Jojen se levantó—. Te sentí caer. ¿Es eso lo que te da miedo, la caída?
«La caída —pensó Bran— y el hombre dorado, el hermano de la reina, él también me da miedo, pero la caída más que nada.» Pero no lo dijo en voz alta. ¿Cómo podía hacerlo? No había sido capaz de contárselo a Ser Rodrik ni al maestre Luwin, y tampoco se lo podía contar a los Reed. Si no hablaba de ello a lo mejor acababa por olvidarlo. Nunca había querido recordarlo. Quizá ni siquiera fuera un recuerdo de verdad.
—¿Caes todas las noches, Bran? —le preguntó Jojen con voz queda.
Verano empezó a gruñir desde lo más profundo de la garganta, y no estaba jugando. Dio un paso adelante, todo dientes y ojos encendidos. Meera se interpuso entre el lobo y su hermano, con el arma en ristre.
—Dile que no siga, Bran.
—Jojen lo está poniendo furioso.
Meera desplegó la red.
—Es tu furia, Bran —dijo su hermano—. Es tu miedo.
—Mentira. Yo no soy un lobo. —Pero había aullado con ellos en la noche y había probado la sangre en sus sueños de lobo.
—Parte de ti es Verano, y parte de Verano eres tú. Lo sabes, Bran.
Verano saltó hacia delante, pero Meera lo bloqueó, amenazándolo con el arpón de tres puntas. El lobo la esquivó y siguió moviéndose en círculo, al acecho. Meera se volvió hacia él.
—¡Llámalo, Bran!
—¡Verano! —gritó Bran—. ¡Conmigo, Verano! —Se dio una palmada contra el muslo. La mano le hormigueó, pero en la pierna muerta no sintió nada.
El lobo huargo saltó de nuevo, y Meera volvió a detenerlo, amenazándolo con el arpón. Verano la esquivó y siguió moviéndose. Los arbustos crujieron y una esbelta forma negra salió de detrás del arciano mostrando los dientes. El olor era fuerte; su hermano había olido su rabia. Bran sintió que se le erizaba el vello de la nuca. Meera estaba junto a su hermano, con un lobo a cada lado.
—¡Bran, diles que se vayan!
—¡No puedo!
—Súbete al árbol, Jojen.
—No es necesario. Hoy no es el día en que voy a morir.
—¡Súbete! —gritó.
Su hermano empezó a trepar por el tronco del arciano, utilizando los rasgos de la cara como puntos de apoyo para pies y manos. Los lobos huargos se acercaron. Meera soltó la fisga y la red, saltó y se agarró a una rama baja. Las mandíbulas de Peludo se cerraron justo debajo de su pie en el momento en que se daba impulso para subirse a la rama. Verano se sentó sobre las patas traseras y aulló, mientras Peludo intentaba destrozar la red con los dientes.
Sólo entonces recordó Bran que no estaban solos. Se puso las manos junto a la boca para hacer bocina.
—¡Hodor! —llamó a gritos—. ¡Hodor! ¡Hodor! —Tenía muchísimo miedo y también estaba un poco avergonzado—. A Hodor no le harán daño —aseguró a sus amigos en el árbol. Pasaron unos instantes, y oyeron la musiquilla sin melodía. Hodor llegó semidesnudo y salpicado de barro tras chapotear en los estanques calientes, pero Bran nunca se había alegrado tanto de verlo—. Ayúdame, Hodor. Echa a los lobos. Échalos.