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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Hodor obedeció con júbilo y se dedicó a agitar los brazos y dar patadas contra el suelo con sus enormes pies, gritando «Hodor, Hodor» al tiempo que corría de un lobo al otro. Peludo fue el primero en huir, se escabulló entre el follaje con un último gruñido. Cuando Verano se cansó, volvió junto a Bran y se tumbó a su lado.

Lo primero que hizo Meera al bajar del árbol fue recoger la fisga y la red. Jojen no apartó los ojos de Verano ni por un momento.

—Volveremos a hablar —prometió a Bran.

«Han sido los lobos, no he sido yo. —No comprendía por qué se habían puesto tan furiosos—. Puede que el maestre Luwin tuviera razón al encerrarlos en el bosque de dioses.»

—Hodor —dijo—, llévame con el maestre Luwin.

El torreón del maestre, situado bajo la pajarera, era uno de los lugares favoritos de Bran. Luwin era desordenado hasta límites inconcebibles, pero los montones de libros, pergaminos y frascos resultaban tan reconfortantes para Bran como su coronilla calva y las mangas amplias de sus túnicas grises. También le gustaban los cuervos.

Cuando llegó, Luwin estaba sentado en un taburete alto, concentrado en escribir. Mientras no volviera Ser Rodrik, sobre sus hombros recaía todo el peso del gobierno del castillo.

—Vaya, mi príncipe —dijo al ver entrar a Hodor—. Llegas pronto para las lecciones de hoy.

El maestre dedicaba varias horas cada tarde a enseñar a Bran, a Rickon y a los Walder Frey.

—Hodor, quédate quieto. —Bran se agarró con ambas manos a un candelabro de pared, y se aupó para salir de la cesta. Quedó colgado de los brazos un instante, hasta que Hodor lo sentó en una silla—. Meera dice que su hermano tiene el don de la vista verde.

—¿Lo sabe ella? —El maestre Luwin se rascó una aleta de la nariz con la pluma de escribir.

Bran asintió.

—Me dijisteis que los niños del bosque tenían el don de la vista verde. Me acuerdo muy bien.

—Hay quien dice tener ese poder. A sus sabios los llamaban «verdevidentes».

—¿Era magia?

—Podemos llamarlo así, a falta de una palabra mejor. En realidad sólo era una forma diferente de conocimiento.

—¿En qué consistía?

—Nadie lo sabe a ciencia cierta, Bran. —Luwin dejó la pluma sobre la mesa—. Los niños desaparecieron del mundo, y con ellos su sabiduría. Creemos que tenía algo que ver con las caras de los árboles. Los primeros hombres creían que los verdevidentes podían ver a través de los ojos de los arcianos. Por eso los talaban allí donde iban cuando luchaban contra los niños. Se dice que los verdevidentes también tenían poder sobre las bestias del bosque y los pájaros de las ramas. Hasta sobre los peces. ¿El pequeño Reed tiene también esos poderes?

—No, creo que no. Pero dice Meera que a veces sus sueños se hacen realidad.

—Todos hemos tenido algún sueño que se ha hecho realidad. Tú soñaste con tu señor padre en las criptas antes de que muriera, ¿no te acuerdas?

—Sí, y Rickon también. Tuvimos el mismo sueño.

—Pues ahí tienes, si quieres lo puedes llamar vista verde… pero recuerda también los miles y miles de sueños que habéis tenido Rickon y tú, que no se han hecho realidad. ¿Recuerdas qué te conté sobre la cadena de eslabones que llevamos todos los maestres?

Bran pensó un instante, tratando de hacer memoria.

—Un maestre forja su cadena en la Ciudadela de Antigua. Es una cadena porque juráis servir al reino, y en el reino hay personas de muchos tipos. Cada vez que aprendéis algo nuevo añadís un eslabón. El de hierro negro es por el cuidado de los cuervos, el de plata por la curación, el de oro por las sumas y los números… Pero no me acuerdo de todos.

Luwin deslizó un dedo por debajo de la cadena y empezó a darle vueltas, centímetro a centímetro. Tenía el cuello grueso para ser un hombre tan menudo, y la cadena era apretada, pero con unos cuantos tirones le dio le vuelta entera.

—Éste es de acero valyrio —dijo cuando tuvo sobre la nuez de la garganta el eslabón de metal gris oscuro—. Sólo lo tiene un maestre de cada cien. Significa que he estudiado lo que en la Ciudadela llaman «misterios mayores»… o magia, a falta de una palabra mejor. Es un tema fascinante, pero poco práctico, y por eso pocos maestres se molestan en dominarlo.

»Tarde o temprano todos los que estudian los misterios mayores quieren probar algún hechizo. Confieso que yo también caí en la tentación. En fin, era un muchacho, ¿y qué muchacho no desea en secreto tener poderes ocultos? Por supuesto no me dio más resultado que al millar de muchachos que me precedieron, y al millar que me seguirían. Es triste decirlo, pero la magia no funciona.

—A veces sí —protestó Bran—. Yo tuve ese sueño, y Rickon también. Y en el este hay magos y brujos…

—Hay hombres que dicen ser magos y brujos —lo corrigió el maestre Luwin—. En la Ciudadela tenía un amigo que te sacaba una rosa de la oreja, pero no tenía más magia que yo. Oh, sí, hay muchas cosas que no comprendemos. Pasan los años, cientos, miles, ¿y qué ve un hombre en su vida? Unos pocos veranos, unos pocos inviernos. Miramos las montañas y decimos que son eternas, así nos lo parecen… pero, en el curso del tiempo, las montañas se alzan y caen, cambia el curso de los ríos, mueren estrellas en el cielo y grandes ciudades se hunden debajo del mar. Incluso los dioses mueren. Todo cambia.

»Puede que la magia fuera alguna vez una fuerza poderosa en el mundo, pero ya no es así. Lo poco que queda de ella es apenas el jirón de humo que permanece en el aire después de que se consume una gran hoguera, y hasta eso se está desvaneciendo. Valyria era la última brasa y ha desaparecido. Ya no hay dragones, los gigantes están muertos y hemos olvidado a los niños del bosque y toda su sabiduría.

»No, príncipe mío. Puede que Jojen Reed haya tenido un par de sueños que él cree que se han hecho realidad, pero no posee el don de la vista verde. No hay hombre vivo que lo posea.

Eso mismo dijo Bran a Meera Reed cuando fue a verlo al anochecer, mientras estaba sentado junto a la ventana y veía cómo se iban encendiendo las luces.

—Siento mucho lo que pasó con los lobos. Verano no debió intentar atacar a Jojen, pero es que Jojen tampoco debió decir esas cosas de mis sueños. El cuervo me mintió cuando me dijo que podía volar, y tu hermano también miente.

—O puede que tu maestre esté equivocado.

—Imposible. Hasta mi padre le pedía consejo.

—Y no me cabe duda de que tu padre lo escuchaba. Pero, al final, decidía por sí mismo. Bran, ¿quieres que te cuente qué soñó Jojen sobre ti y sobre tus hermanos pupilos?

—Los Walders no son mis hermanos.

La muchacha no le hizo caso.

—Estabas sentado a la mesa para cenar, pero el que te servía la comida no era un criado, sino el maestre Luwin. Te ponía delante la tajada del rey, la mejor parte del asado, con la carne muy poco hecha y sangrante, y con un olor tan sabroso que a todos se les hacía la boca agua. La carne que servía a los Frey era seca, vieja, gris y muerta. Pero a ellos les gustaba su cena más que a ti la tuya.

—No lo entiendo.

—Mi hermano dice que lo entenderás. Y entonces hablaremos de nuevo.

Aquella noche a Bran casi le dio miedo ir a cenar, pero al final lo que le pusieron delante fue una empanada de pichón. A todos los demás les sirvieron lo mismo, y por lo que vio la cena de los Walders no tenía nada de malo. «El maestre Luwin tenía razón», pensó. Dijera lo que dijera Jojen, en Invernalia no iba a pasar nada malo. Bran sintió alivio… y también decepción. Mientras hubiera magia, podía pasar cualquier cosa. Los fantasmas podían caminar, los árboles podían hablar y los niños tullidos crecían y se hacían caballeros.

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