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La fiebre del heno

Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:

Una agencia de detectives requiere los servicios de un astronauta norteamericano retirado para que ayude a esclarecer una serie de misteriosas muertes acaecidas en un balneario en Nápoles. Varias personas han enloquecido y algunas se han suicidado sin que se conozca motivo para ello; otras parecen haber muerto accidentalmente. Todas las víctimas eran extranjeras, viajaban solas, rondaban la cincuentena y padecían algún tipo de alergia. Tanto la policía local como la Interpol consideran que no hay pistas suficientes como para afrontar el caso con garantías, hasta que empieza a cundir la idea de que en cierto modo las muertes obedecen a algo más perverso. ¿Está sujeto el asesinato al juguetón capricho de las leyes de la probabilidad y el caos?
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
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El nuevo aeropuerto tenía el nombre no oficial de «Laberinto». Durante la fase de pruebas, los funcionarios del servicio de seguridad habían utilizado las escaleras mecánicas con toda clase de armas refinadamente ocultas, y ninguno de ellos había logrado pasar desapercibido. El Laberinto funcionaba desde el mes de abril sin incidentes graves; siempre se trataba de gente que llevaba objetos tan extraños como inofensivos, por ejemplo, una pistola de juguete o incluso su silueta recortada en papel de estaño. Muchos expertos afirmaban que esto era un intento de agitación psicológica por parte de terroristas defraudados, y otros decían que se trataba de tentativas para averiguar la máxima capacidad de funcionamiento del dispositivo. Estos falsos contrabandistas eran la pesadilla de los juristas, pues, aunque sus intenciones resultaban inequívocas, no eran delictivas. El único incidente serio se registró el día de mi salida de Nápoles. Un asiático lanzó una bomba en el llamado Puente de los Suspiros, en el centro del Laberinto, justo cuando acababa de ser descubierto por los aparatos. La bomba cayó en el vestíbulo de debajo del puente, pero la explosión no causó ningún daño aparte del susto consiguiente de los viajeros. Ahora creo que estos pequeños sucesos preparaban una operación que burlaría el sistema de seguridad mediante una táctica diferente.

El despegue de mi avión de Alitalia se retrasó una hora porque no se sabía seguro si aterrizaríamos en Orly o en De Gaulle. Por lo tanto, fui a cambiarme de ropa, ya que habían anunciado que también en París estaban a treinta grados a la sombra. No recordaba en qué maleta había puesto la camiseta, por lo que me dirigí a los lavabos con el carrito; sin embargo, no podía subir con él por la escalera mecánica, así que deambulé largo rato por las rampas de los pasillos subterráneos hasta que alguien con aspecto de rajá me indicó el camino. Ignoro si era realmente un rajá, pero llevaba un turbante verde. Me habría gustado saber si se lo quitaba en la bañera. Él también se dirigía a los lavabos. Había perdido tanto tiempo en mi excursión con el carrito que solo me di una rápida ducha y me vestí a toda prisa: un traje de hilo y zapatos de lona. Metí la ropa interior y el neceser dentro de la maleta, y me dirigí con las manos vacías hacia la puerta de salida. Todas mis cosas iban en el equipaje; esta decisión resultaría muy sensata, pues dudo que los microfilmes —los tenía en el neceser— hubieran salido indemnes del baño de sangre de la escalera.

La climatización de la sala no era perfecta: en muchos rincones hacía un frío glacial, mientras que en otros reinaba el calor propio de un horno. En el pasillo de los vuelos a París soplaba un aire más cálido, por lo que me eché la chaqueta al hombro. También esto fue una feliz inspiración. Cada uno de nosotros recibía un «pase Ariadna», una funda de plástico para el billete que incluía un resonador electrónico. Sin él no se podía subir al avión. Justo detrás del torniquete del pasillo empezaba una escalera mecánica, tan estrecha que era preciso ir en fila india. El ascenso recordaba un poco al Tívoli y un poco a Disneylandia. Una vez arriba, los peldaños se unían a una cinta transportadora que atravesaba la sala por encima, en un océano de luces de neón. El suelo no se veía, pues estaba sumido en la oscuridad. Ignoro cómo habían conseguido este efecto. Después del Puente de los Suspiros, la cinta describía una curva y se convertía de nuevo en una escalera, que conducía hacia arriba con una inclinación bastante pronunciada y atravesaba la misma sala; esta solo podía reconocerse por los apuntalamientos del techo, ya que cada cinta transportadora tenía a ambos lados una chapa de aluminio decorada con dibujos mitológicos. Esto es todo cuanto pude saber del recorrido. Su idea básica era sencilla: el carnet del pasajero que lleva algo sospechoso emite un sonido continuado. El sujeto así desenmascarado no puede escapar, porque la cinta transportadora es demasiado estrecha; los múltiples pasillos que hay sobre el vestíbulo tienen la misión de desmoralizarle y obligarle a deshacerse del arma. En el vestíbulo hay letreros en los que se advierte en veinte lenguas que introducir armas o explosivos a bordo o aterrorizar a los pasajeros equivale a arriesgar el pellejo. Esta enigmática amenaza se insinúa de diversas maneras: yo había oído hablar de tiradores profesionales ocultos tras las paredes de aluminio, pero no di crédito a este rumor.

Era un vuelo chárter, pero en el Boeing había más plazas de las solicitadas, por lo que se pusieron a la venta los billetes restantes. Y alguien que, como yo, había comprado el billete en el último momento, se vio implicado en la misma confusión. El Boeing había sido fletado por un consorcio bancario, pero mis vecinos de la escalera mecánica no tenían el aspecto de empleados de banca. La primera en pisar los escalones fue una anciana con bastón, después una rubia con un perro, yo, una niña y un japonés. Cuando miré hacia abajo, vi periódicos desplegados en manos de varios pasajeros. Yo prefería mantener los ojos bien abiertos y por ello metí mi Herald doblado bajo los tirantes, como un quepis.

La rubia llevaba unos pantalones guarnecidos con perlas, tan estrechos que se le marcaban las bragas, y sostenía en el brazo un perro de trapo que parecía vivo porque abría y cerraba los ojos. La chica me recordó a la rubia de la revista que me había acompañado durante el viaje a Roma. La niña, de ojos avispados, toda vestida de blanco, semejaba una muñeca. El japonés, no mucho más alto que ella, era el típico turista ávido e iba acicalado de pies a cabeza, como si acabara de salir del taller de un excelente sastre. Sobre la chaqueta a cuadros que llevaba abrochada se cruzaban las correas de un transistor, unos gemelos y una gran cámara Nikon-Six. Cuando me volví, estaba destapando esta última, como si se propusiera fotografiar las maravillas del Laberinto. Los peldaños se convirtieron en cinta lisa al tiempo que se oía un penetrante pitido. Procedía del japonés. La muchacha se apartó un poco de él, inquieta, y apretó contra su pecho el monedero y el billete, mientras él, sin cambiar de expresión, aumentaba el volumen de su radio. Tenía que ser muy ingenuo si creía que con ello ahogaría el pitido. Este fue el primer aviso. Nos deslizábamos por encima del gran vestíbulo. En ambos lados de la cinta brillaban a la luz de los tubos de neón las imágenes de Rómulo, Remo y la loba, y el billete del japonés pitaba de manera ensordecedora. Un estremecimiento recorrió a las personas allí congregadas, aunque nadie profirió el menor sonido. El japonés pestañeó y durante bastante rato se quedó como petrificado, oyendo el pitido cada vez más alto; la frente se le perló de sudor. Se sacó el billete del bolsillo e inició una lucha desesperada contra él. Lo zarandeó como un loco a la vista de todos, aunque nadie abrió la boca. Ninguna de las mujeres gritó. En cuanto a mí, solo tenía interés en saber cómo lo sacarían de entre nosotros. Cuando se terminó el Puente de los Suspiros y la cinta describió una curva, el japonés se agachó tanto que dio la impresión de que se lo había tragado la tierra. Tardé un poco en darme cuenta de lo que hacía. Sacó de la funda la cámara Nikon y la abrió. La cinta se deslizaba de nuevo en línea recta, pero ahora empezaron a formarse peldaños que se convirtieron en una escalera, pues el segundo Puente de los Suspiros era en realidad una escalera que cruzaba una vez más el gran vestíbulo. Cuando el japonés se enderezó, en la Nikon apareció un objeto ovalado, refulgente, como espolvoreado de cristales de azúcar, un cilindro que apenas se podía abarcar con la mano. Era una granada no metálica, de corindón, con una funda en la que había dientes perforados, y sin mango. Dejé de oír el pitido del billete. El japonés apretó contra sus labios con ambas manos el fondo de la granada, como si quisiera besarla, y cuando se la apartó de la cara comprendí que había sacado la espoleta con los dientes: ahora la tenía entre los labios. Di un salto, pero solo rocé la granada con la mano, porque el japonés se lanzó violentamente hacia atrás, derribando a varias personas y golpeándome en la rodilla. Di con los codos doblados en la cara de la niña, el propio impulso me lanzó contra la barandilla, choqué de nuevo con la niña y la arrastré conmigo al caer desde el puente y precipitarme en el vacío. Después sentí un duro golpe en los riñones y ambos caímos de la luz hacia la oscuridad.

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