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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Después corrió.

Por la puertita trasera, luchando primero con un cerrojo… Afuera, se detuvo para cerrar la puerta; no tenía sentido mostrar por dónde había escapado… Siguió por el descampado hasta el edificio abandonado… el edificio había sido una fábrica alguna vez; el terreno estaba lleno de desperdicios, cajones viejos, latas, el mohoso esqueleto de un camión detrás de un abollado montacarga. Era como correr una carrera de obstáculos. Las ratas escapaban… a través del descampado, tropezando entre ladrillos, basura, un perro muerto… Una de las veces Miles perdió pie y sintió que se le torcía el tobillo; experimentó un dolor penetrante, pero continuó… hasta el momento no había oído que nadie lo siguiera… al llegar al arco del puente del ferrocarril, con la relativa seguridad de las calles al frente, oyó detrás ruido de pasos que corrían y un grito:

– ¡Ahí está ese hijo de puta!

Miles se apresuró. Estaba ahora en el terreno más firme de las calles y las aceras. Torció por la primera vuelta, directamente hacia la izquierda; después a la derecha; casi inmediatamente otra vez hacia la izquierda. Detrás de él todavía podía oír el resonar de los pies… Las calles eran desconocidas para él, pero su sentido de la dirección le dijo que estaba camino del centro. Si podía llegar desaparecería entre la muchedumbre del mediodía, tendría tiempo para pensar, telefonear a Wainwright, quizá pedir socorro. Entretanto corría de prisa y bien, sin perder el aliento. El tobillo le dolía un poco; no demasiado. La salud de Miles, las horas pasadas en la cancha de pelota del Double Seven estaban dando su recompensa… El ruido de carreras detrás de él disminuyó, pero esta ausencia no le engañó. Aunque un auto no podía atravesar por el camino que él había seguido, por el terreno bloqueado y el descampado, había otros caminos alrededor. Una vuelta de varias manzanas para cruzar la línea ferroviaria crearía una demora. Pero no mucha. Probablemente, incluso ahora, alguien en un auto procuraba adivinar dónde estaba, para adelantársele. De nuevo dobló a la derecha y a la izquierda, esperando, como había esperado desde el principio, que pasara algún medio de transporte. Un autobús. Un taxi sería todavía mejor. Pero no venía nada… Cuando uno necesita desesperadamente un taxi, ¿por qué nunca se presenta?… ¿O un policía? Hubiera deseado que las calles que recorría estuvieran más frecuentadas. Al correr llamaba la atención, pero todavía no se atrevía a disminuir la marcha. Algunas personas le miraron con curiosidad, pero la gente de la ciudad está acostumbrada a no meterse en lo que no le importa.

La naturaleza de la zona cambiaba mientras corría. Ahora ya no era como un ghetto, aparecían signos de mayor prosperidad. Pasó frente a algunas tiendas grandes. Al frente había edificios todavía mayores, la línea de la ciudad empezaba a destacarse contra el cielo. Pero, antes de llegar allí, tenía que cruzar dos grandes avenidas de intersección. Ya podía ver la primera, amplia, llena de tráfico, dividida por un bulevar central. Después vio algo más, en el extremo del bulevar había un Cadillac negro, con ventanas oscuras, que cruzaba lentamente. El coche de Marino. Cuando el coche cruzaba la calle en la que estaba Miles, pareció vacilar, después se apresuró, se perdió rápidamente de vista. No había tenido tiempo para esconderse. ¿Le habrían visto? ¿Había salido el coche a recorrer los descampados o había tenido él suerte y les había perdido?

Nuevamente el miedo se apoderó de él. Aunque estaba sudando, Miles se estremeció, pero siguió adelante. No le quedaba otra cosa que hacer. Avanzaba cerca de los edificios, disminuyendo la marcha todo lo que osaba hacerlo. Un minuto y medio más tarde, con el cruce a sólo unos cincuenta metros, un Cadillac, el mismo coche, dio la vuelta a la esquina.

Comprendió que la suerte le había abandonado. Quien fuera que estuviera dentro del coche, muy probablemente Angelo, no podía dejar de verle, probablemente ya le había visto. ¿Había algo que ganar resistiendo? ¿No era más sencillo rendirse, dejar que le apresaran, permitir que lo que iba a pasar, pasara? No. Porque conocía bastante a Tony «Oso» Marino y a su gente, les había visto en la cárcel y después, y sabía lo que pasaba a las personas que incurrían en su venganza. El coche negro se detenía. Le habían visto. Desesperación.

Una de las tiendas que Miles había notado unos momentos antes estaba inmediatamente al lado. Bruscamente interrumpió las zancadas, giró a la izquierda, empujó una puerta de cristal y entró. Dentro vio que era una tienda de artículos deportivos. Un empleado flaco y pálido, más o menos de la edad de Miles, se adelantó:

– Buenos día, señor. ¿Desea ver algo?

– Eh… sí… -dijo lo primero que le pasó por la cabeza-. Quiero ver una de esas esferas para jugar a los bolos.

– Muy bien. ¿De qué precio y peso?

– Las mejores. De unas dieciséis libras.

– ¿Qué color?

– No importa.

Miles observaba los pocos metros de la acera ante la puerta. Algunos transeúntes pasaban. Nadie se había detenido a mirar hacia adentro.

– Acompáñeme, le mostraré lo que tenemos.

Siguió al empleado entre rejillas con esquíes, cajas de vidrio, un despliegue de revólveres de mano. Después, mirando hacia atrás, Miles vio la silueta de una única figura que se había detenido fuera y espiaba desde el escaparate, una segunda figura se unió a la primera. Permanecieron juntos, sin dejar el frente de la tienda. Miles se preguntó: ¿podría escapar por detrás? En el momento mismo en que se le ocurrió la idea, la desechó.

Los hombres que le perseguían no iban a cometer dos veces el mismo error. Cualquier salida trasera ya debía de estar localizada y custodiada.

– Ésta es excelente. Vale cuarenta y dos dólares.

– Me la llevo.

– Necesitamos la medida de su mano para…

– No importa.

Podía intentar telefonear a Wainwright desde aquí. Pero Miles comprendió que, si se acercaba a un teléfono, los hombres de afuera entrarían inmediatamente.

El empleado pareció intrigado:

– ¿No quiere usted que…?

– He dicho que no importa.

– Como usted quiera, señor. ¿No desea una bolsa para llevarla? ¿Y unos zapatos para jugar a los bolos?

– Sí -dijo Miles- sí, muy bien -aquello demoraría el momento de salir a la calle. Sin casi darse cuenta de lo que estaba haciendo, examinó las bolsas que le mostraban, eligió una al azar, se sentó y se probó unos zapatos. Mientras se los calzaba se le ocurrió la idea. La tarjeta de crédito que Wainwright le había enviado por intermedio de Juanita… la tarjeta a nombre de H.E. Lyncolp… HELP.

Señaló la bola, la bolsa y los zapatos que había elegido.

– ¿Cuánto es?

El empleado miró una factura.

– Ochenta y seis dólares y noventa centavos, más el impuesto.

– Vea -dijo Miles- quiero anotarlo en mi tarjeta de crédito. Sacó la billetera y tendió la tarjeta con el nombre de Lyncolp, procurando que no le temblara la mano.

– Está bien, pero…

– Ya sé que necesita autorización. Adelante. Telefonee.

El empleado llevó la tarjeta y la factura a una zona de oficinas de cristal. Permaneció allí unos minutos y regresó.

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