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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Finalmente y más importante: la identificación del falsificador Danny, junto con un montón de informaciones, incluido el hecho de que la fuente de las tarjetas de crédito falsificadas se conocía ahora con exactitud.

A medida que se acrecentaba el conocimiento de Wainwright por intermedio de Miles Eastin, también crecía una obligación: compartir lo que sabía. Por lo tanto, hacía una semana, había invitado a unos agentes del FBI y del Servicio Secreto para una conferencia en el banco. El Servicio Secreto debía ser invitado porque se trataba de dinero falsificado, y a ellos les correspondía la responsabilidad constitucional de proteger el sistema monetario de los Estados Unidos. Los agentes especiales del FBI que vinieron eran la misma pareja, Innes y Dalrymple, que habían investigado la pérdida de caja del FMA y detenido hacía un año a Miles Eastin. Los agentes del Servicio Secreto, Jordan y Quimby, no eran conocidos de Wainwright.

Innes y Dalrymple le hicieron elogios y apreciaron la información que les daba Wainwright; los hombres del Servicio Secreto fueron menos efusivos. Su resentimiento provenía de que suponían que Wainwright debía haber informado antes, en cuanto recibió los primeros billetes falsos que le mandó Eastin; y suponían que Eastin, por intermedio de Wainwright, debía haberles prevenido de antemano su viaje a Louisville.

El agente Jordan, del Servicio Secreto, un hombrecito triste y achaparrado, de mirada dura, cuyo estómago resonaba constantemente, se quejó:

– Si nos hubieran prevenido hubiéramos podido interceptarlo. Tal como están las cosas ese hombre, Eastin, puede ser culpable de felonía, con usted como asesor.

Wainwright señaló, con paciencia:

– Ya he explicado que Eastin no tenía manera de notificar nada a nadie, incluido yo. Ha aceptado un riesgo y lo sabe; personalmente creo que ha hecho lo que debía. En cuanto a felonía, no sabemos si había dinero falsificado en ese coche.

– Lo había con seguridad -gruñó Jordan-. Ha estado circulando en Louisville desde entonces. Lo único que no sabíamos era cómo había llegado.

– Bueno, ahora lo saben -interrumpió Innes, el agente del FBI-. Y gracias a Nolan estamos mucho más adelantados.

Wainwright añadió:

– En caso de interceptarlo, seguramente hubieran encontrado una cantidad de dinero falso. Pero no mucho más, y hubiera terminado la utilidad de Eastin.

En cierto modo Wainwright simpatizaba con el punto de vista del Servicio Secreto. Los agentes trabajaban de más, estaban agobiados, con poco personal, pero la cantidad de dinero falsificado en circulación había aumentado en los últimos años en cantidad abrumadora. Luchaban contra una hidra de muchas cabezas. Apenas localizaban una fuente de suministros, cuando surgía una nueva: otras les eludían permanentemente. Por motivos públicos se mantenía la ilusión de que los falsificadores siempre eran descubiertos, que esa especie de crimen no daba resultado. En realidad, como sabía muy bien Wainwright, daba excelentes resultados.

Pese a la fricción inicial, se realizó un gran avance al poder recurrir a los archivos de la ley. Individuos que Eastin había nombrado fueron identificados y se prepararon carpetas para el momento en que pudiera hacerse una serie de detenciones. El falsificador Danny fue identificado como Daniel Kerrigan, de 73 años.

– Hace mucho tiempo -informó Innes- Kerrigan fue detenido tres veces; tiene dos condenas por falsificación, pero hace quince años que no sabíamos nada de él. Se ha portado bien, ha tenido suerte o ha sido muy hábil.

Wainwright recordó y repitió una frase de Danny, que Eastin le había revelado: que había estado trabajando con una organización eficiente.

– Puede ser -dijo Innes.

Después de la primera conferencia Wainwright y los cuatro agentes mantuvieron contactos frecuentes, y aquel prometió informar de inmediato sobre cualquier nueva comunicación de Eastin. Todos estuvieron de acuerdo en que la pieza clave de la información era localizar el cuartel general de los falsificadores. Hasta el momento nadie tenía idea de dónde podía estar. Pero las esperanzas de obtener más datos eran elevadas, y en el momento que eso sucediera el FBI y el Servicio Secreto estaban dispuestos a actuar.

Bruscamente, mientras Nolan Wainwright meditaba, sonó el teléfono. Una secretaria dijo que míster Vandervoort quería verle inmediatamente.

Wainwright no podía creer aquello. Frente al escritorio de Alex Vandervoort protestó.

– Usted no habla en serio.

– Hablo en serio -dijo Alex-. Aunque me costó trabajo creer que usted había utilizado a esa chica Juanita Núñez de la manera que lo ha hecho. De todas las locuras…

– Locura o no, ha dado resultado.

Alex ignoró el comentario.

– Usted ha puesto en peligro a la muchacha, sin consultar a nadie. Como resultado tenemos que ocuparnos de protegerla y hasta es posible que tengamos un pleito encima.

– He trabajado bajo la idea -discutió Wainwright-, de que cuanta menos gente supiera lo que esa muchacha estaba haciendo, más segura iba a estar.

– No, eso es lo que usted cree ahora, Nolan. Lo que realmente pensó es que, si yo o Edwina D'Orsey llegábamos a enterarnos, se lo habríamos impedido. Yo sabía lo de Eastin. ¿Acaso iba a ser menos discreto respecto a la muchacha?

Wainwright se pasó el puño cerrado por el mentón.

– Bueno, reconozco que hay algo de verdad en lo que usted dice.

– ¡Vaya si la hay!

– Pero de todos modos ése no es motivo, Alex, para abandonar toda la operación. Por primera vez desde que investigamos los fraudes con tarjetas de crédito estamos próximos a un gran triunfo. De acuerdo, me he equivocado al usar a la Núñez. Lo reconozco. Pero no me equivoqué con Eastin, y tenemos resultados que lo demuestran.

Alex sacudió la cabeza, con decisión.

– Nolan, una vez dejé que usted me convenciera. Pero no me convencerá esta vez. Nosotros aquí nos ocupamos de asuntos bancarios, no de descubrir criminales. Buscamos ayuda de las agencias legales y cooperamos con ellas cuando podemos. Pero no podemos pagarnos programas organizados para descubrir crímenes. Por eso le digo: termine el acuerdo con Eastin, hoy mismo si es posible.

– Pero vea, Alex…

– Ya he visto y no me gusta lo que veo. No quiero que el FMA sea responsable de arriesgar vidas humanas… ni siquiera la de Eastin. Eso es definitivo, de manera que no perdamos más tiempo discutiendo.

Como Wainwright parecía agriamente abatido, Alex prosiguió:

– Además, quiero que se convoque esta tarde a una conferencia entre usted, Edwina D'Orsey y yo, para discutir lo que debe hacerse con mistress Núñez. Ya puede empezar a buscar ideas. Lo que tal vez sea necesario…

Una secretaria apareció en la puerta del despacho. Alex dijo, irritado:

– ¡Se trate de lo que se trate… más tarde!

La muchacha sacudió la cabeza.

– Míster Vandervoort, miss Bracken está al teléfono. Dice que es sumamente urgente y que le interrumpiera sin tener en cuenta lo que usted estuviera haciendo.

Alex suspiró. Tomó el teléfono.

– ¿Qué pasa, Bracken?

– Alex -dijo la voz nerviosa de Margot- se trata de Juanita Núñez.

– ¿Qué le pasa?

– Ha desaparecido.

– Un momento -Alex movió un contacto, y transfirió la llamada a una conexión, para que Wainwright pudiera oír-. Adelante.

– Estoy muy preocupada. Cuando me separé anoche de Juanita, sabiendo que iba a verte más tarde, acordé con ella telefonearla hoy al trabajo. Estaba muy preocupada. Yo esperaba darle algunas seguridades.

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