Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– ¿Y entonces…?
– Alex, Juanita no ha ido hoy al trabajo -la voz de Margot parecía tensa.
– Bueno, tal vez…
– Escucha por favor. Estoy ahora en el Forum East. He venido aquí cuando me han dicho que Juanita no estaba en el banco y no poder conseguir que el teléfono de Juanita me contestara. He hablado con otra gente en el edificio donde vive. Dos personas vieron a Juanita dejar el apartamento como de costumbre esta mañana, con su hijita, Estela. Juanita la deja siempre en una guardería cuando va al banco. He averiguado el nombre de la guardería y he telefoneado. Estela no está allí. Ni ella ni su madre han aparecido allí esta mañana.
Hubo un silencio. La voz de Margot preguntó:
– Alex, ¿me escuchas?
– Sí, aquí estoy.
– Después he vuelto a llamar al banco y esta vez he hablado con Edwina. Ella lo ha comprobado personalmente. No sólo no ha aparecido Juanita, sino que tampoco ha telefoneado para justificar su falta, lo que es muy raro en ella. Por eso estoy inquieta. Estoy segura de que ha pasado algo atroz, terrible.
– ¿Tienes alguna idea de lo que puede haber pasado?
– Sí -dijo Margot- la misma que tú tienes.
– Espera -dijo él-, Nolan está aquí.
Wainwright se había inclinado hacia adelante, escuchando. Ahora se enderezó y dijo con tranquilidad:
– Han secuestrado a Juanita Núñez. No cabe duda.
– ¿Quién?
– Alguien de la gente del Double Seven. Probablemente también están detrás de Eastin.
– ¿Es posible que la hayan llevado a ese club?
– No. Jamás harían eso. Debe estar en otra parte.
– ¿Tiene idea de dónde?
– No.
– ¿Y quien la haya secuestrado ha secuestrado también a la niña?
– Eso me temo -había angustia en los ojos de Wainwright-. Lo lamento, Alex.
– ¡Usted nos ha metido en esto -dijo Alex furioso- ahora, por el amor de Dios, tiene que sacar a Juanita y a la chica del pantano!
Wainwright se concentró, pensó al hablar:
– Lo primero es saber si hay posibilidad de prevenir a Eastin. Si podemos llegar a él y salvarle, es posible que sepa algo que nos lleve a encontrar a la muchacha -tenía abierta una pequeña libreta negra y buscaba ya un número de teléfono.
20
Sucedió de manera tan rápida e inesperada que las puertas del coche se habían cerrado y la gran limousine estuvo en movimiento antes que Juanita hubiera podido gritar. En aquel momento supo por instinto que ya era demasiado tarde, pero chilló de todos modos:
– ¡Socorro, socorro! -hasta que un puñetazo le golpeó salvajemente la cara y una mano enguantada apretó su boca. Incluso entonces, al oír los gritos de terror de Estela, Juanita siguió luchando pero el puño la golpeó con fuerza por segunda vez: la visión se confundió y los sonidos se perdieron en la distancia.
El día -una mañana clara y fresca de principios de noviembre- había empezado normalmente. Juanita y Estela se habían levantado para desayunar y mirar las noticias del día en el pequeño televisor portátil blanco y negro. Después se apresuraron a salir, como de costumbre a las 7,30, lo que dejaba a Juanita apenas tiempo para llevar a Estela a la guardería antes de tomar el ómnibus que la llevaba al banco. A Juanita siempre le gustaban las mañanas y estar con Estela era una manera dichosa de iniciar cualquier día.
Al salir del edificio Estela se había adelantado corriendo y gritando:
– Mamá, no toco ninguna raya -y Juanita había sonreído, porque esquivar las rayas y las junturas de la acera era un juego que hacían con frecuencia. Fue entonces cuando percibió vagamente la limousine de ventanas oscuras estacionada al frente, con la puerta trasera abierta sobre la acera. Había prestado más atención cuando Estela se acercó al coche y alguien le habló desde adentro. Estela se acercó. Cuando lo hizo asomó una mano y tiró de la pequeña hacia adentro. De inmediato, Juanita corrió hasta la puerta del coche. Entonces, desde atrás, una figura que ella no había visto se adelantó y la empujó con fuerza, haciéndola tambalear y caer en el coche, tras arañarse dolorosamente las rodillas. Antes de poder recobrarse la metieron dentro y la obligaron a agacharse contra el suelo, junto con Estela. La puerta se cerró de golpe tras ella, también se cerró una puerta delantera y el coche se puso en marcha.
Ahora, con la cabeza más clara y toda la conciencia, oyó una voz que decía:
– Carajo, ¿para qué has traído a esa maldita chica?
– Había que hacerlo. La chica iba a gritar y a armar un lío llamando la atención a la policía. De esta manera vamos más rápido, sin trabajo.
Juanita se movió. Calientes cuchillos de dolor, allí donde la habían herido, penetraron hasta su cabeza. Gimió.
– Oye, puta -dijo una tercera voz- si no te quedas quieta te vamos a lastimar más. Y no te hagas ilusiones de que nadie vaya a ver nada. ¡Los cristales de este coche no dejan ver desde fuera!
Juanita permaneció inmóvil, pero luchó contra el pánico, se esforzó en pensar. Había tres hombres en el auto, dos en el asiento trasero, encima de ella, otro delante. La frase acerca de los cristales explicaba la sensación que había tenido de un gran coche con ventanillas oscuras. De manera que lo que habían dicho era exacto: era inútil procurar llamar la atención. ¿A dónde las llevaban a ella y a Estela? ¿Y por qué? Juanita no dudaba que la respuesta al segundo interrogante tenía algo que ver con el acuerdo hecho con Miles. Lo que temía se había convertido en realidad. Comprendió que estaba en grave peligro. Pero, Virgen Santa, ¿por qué Estela? Las dos estaban como un sándwich en el suelo del auto, y el cuerpo de Estela se agitaba en desesperados sollozos. Juanita se movió, procurando abrazarla y consolarla.
– ¡Vamos, amorato, sé valiente, bonita!
– ¡Silencio! -ordenó uno de los hombres.
Otra voz -ella creyó que era la del chófer- dijo:
– Es mejor amordazarlas y vendarles los ojos.
Juanita sintió movimientos, oyó desgarrar algo como una tela. Suplicó enloquecida:
– ¡Por favor, no! Yo… -el resto de las palabras se perdieron mientras le ponían una amplia cinta adhesiva de golpe sobre su boca. Unos momentos después un trapo oscuro le cubrió los ojos, y sintió que le apretaban también con fuerza. Finalmente le agarraron las manos y se las ataron detrás. Las cuerdas cortaron sus muñecas. En el suelo del coche había polvo, y ese polvo llenó los agujeros de la nariz de Juanita; sin poder ver ni moverse, ahogada bajo la mordaza, sopló enloquecida para limpiarse la nariz y respirar. Por los movimientos a su lado comprendió que estaban haciendo lo mismo a Estela.
La desesperación la envolvió. Lágrimas de rabia, de frustración, le llenaron los ojos. ¡Maldito Wainwright! ¡Maldito Miles! ¿Dónde estás ahora?.… ¿Cómo había podido nunca consentir en… hacer posible?… Oh, ¿por qué, por qué?… ¡Virgen Santa, ayúdame, por favor! ¡Y, si no puedes salvarme, salva al menos a Estela!
A medida que pasaba el tiempo el dolor y la desesperanza aumentaban, y los pensamientos de Juanita empezaron a vagar. Se daba cuenta de que el coche se movía lentamente, deteniéndose y volvía a arrancar entre el tráfico, después hubo un largo trayecto a toda velocidad seguido por otro en que marcharon con más lentitud, vueltas y revueltas. El viaje, a donde fuera, parecía eterno. Al cabo de una hora quizás, o acaso mucho más o mucho menos, Juanita sintió que apretaban totalmente los frenos. Por un momento el motor del auto se oyó con más fuerza, como en un espacio cerrado. Después el motor se detuvo. Oyó un zumbido eléctrico, un ruido como si una puerta pesada se cerrara mecánicamente, un golpe seco cuando cesó el rumor. Al mismo tiempo se abrieron de golpe las puertas de la limousine, los goznes crujieron, la pusieron brutalmente de pie, y hubiera caído si unas manos no la hubiesen sujetado. Una de las voces que ya había escuchado ordenó: