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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– ¡Camina… carajo!

Siempre con los ojos vendados, moviéndose torpemente, sus terrores seguían centrados en Estela. Fue consciente de unos pasos, los suyos y otros, que resonaban en el cemento. Súbitamente el suelo le faltó bajo los pies y tropezó; fue en parte sostenida, en parte arrastrada por unas escaleras. Cuando terminaron de bajar, volvieron a andar. Bruscamente la empujaron hacia atrás hasta hacerle perder el equilibrio; sus piernas retrocedieron pero la caída fue impedida por una dura silla de madera. La misma voz de antes dijo a alguien:

– Quítale la venda y la mordaza.

Sintió movimientos de manos, y nuevo dolor cuando arrancaron con violencia la cinta adhesiva de su boca. La venda de los ojos se aflojó y Juanita parpadeó cuando la oscuridad dejó paso a una brillante luz que la hería directamente a los ojos.

Dijo, sin aliento:

– ¿Por Dios, dónde está…? -y un puño la golpeó.

– Basta de canciones -dijo una de las voces del coche-. Cuando te digamos que lo hagas, hablarás… y mucho.

Había ciertas cosas que le gustaban a Tony «Oso» Marino. Una era el erotismo sexual; para su criterio el erotismo significaba cosas que se hacía hacer con las mujeres y que luego le hacían sentirse superior y a ellas degradadas. Otra cosa eran las peleas de gallos… cuanto más sangrientas, mejor. Disfrutaba con los relatos gráficos y detallados de castigos y ejecuciones que ordenaba, aunque tenía cuidado de mantenerse apartado para evitar cualquier evidencia. Otro gusto, aunque menor, era un espejo transparente que dejaba ver de un solo lado.

A Tony «Oso» Marino le gustaban esos espejos (o un panel como espejo) que le permitían observar sin ser visto, y los había hecho instalar en múltiples lugares, en sus autos, en sus oficinas, en clubs como el Double Seven y en su cerrado y custodiado hogar. En la casa, un cuarto de baño que usaban las mujeres visitantes tenía toda una pared con un espejo transparente. Desde el cuarto de baño era un hermoso espejo, pero, del otro, había un cuartito cerrado donde Tony el «Oso» se sentaba a disfrutar de un cigarro y de las intimidades personales que le eran reveladas por el espejo.

Debido a su obsesión se había instalado uno de estos espejos en el local de las falsificaciones y, aunque por precaución normal rara vez iba allí había demostrado ser útil a veces como en este caso.

El espejo estaba incrustado en una media pared, con un efecto de pantalla. A través podía ver a la mujer, Juanita Núñez, de cara a él y atada a una silla. Tenía la cara amoratada, sangraba y estaba desarreglada. Junto a ella estaba la niña, atada a otra silla, y la carita tenía color de tiza. Unos minutos antes, cuando le dijeron que habían traído a la criatura, Marino había estallado furioso, no porque le importara de los niños, no le importaban, sino porque presentía dificultades. Una persona mayor puede ser eliminada, si es necesario, virtualmente sin riesgo, pero matar a un niño era otro asunto. La cosa podía provocar resquemores entre su propia gente, y emoción y peligro luego, si llegaba a correr el rumor. Tony el «Oso» ya había decidido sobre el asunto; se relacionaba con la precaución de vendar los ojos cuando se venía aquí. También estaba contento por no estar a la vista.

Encendió un cigarro y miró.

Angelo, uno de los guardaespaldas de Tony el «Oso» que había estado encargado de la operación del secuestro, se inclinó sobre la mujer. Angelo era un exboxeador que nunca se había destacado, aunque tenía el físico de un rinoceronte. Tenía labios gruesos y protuberantes, era un matón y le gustaba lo que estaba haciendo:

– Vamos, gancho de dos vueltas, empieza a cantar.

Juanita, que procuraba ver a Estela, volvió la cara hacia él.

– ¿De qué voy a hablar?

– ¿Cómo se llama el tipo que te telefoneó desde el Double Seven?

Un chispazo de entendimiento cruzó la cara de Juanita. Tony el «Oso» lo vio y supo que era sólo cuestión de tiempo, y no mucho, el tener la información.

– ¡Hijo de puta… animal! -Juanita escupió a Angelo.- ¡Canalla! ¡No sé nada del Double Seven!

Angelo la golpeó con fuerza de manera que la sangre manó de la nariz y del extremo de la boca. La cabeza de Juanita cayó. Él la agarró del pelo y le mantuvo la cara hacia arriba mientras repetía:

– ¿Quién es el tipo que te habló desde el Double Seven?

Ella contestó pesadamente entre los labios hinchados:

– Maricón, no te diré nada hasta que no sueltes a mi hijita.

La muchacha tenía ánimo, reconoció Tony el «Oso». Si hubiera sido distinta, se habría divertido martirizándola en otra forma. Pero era demasiado flaca para su gusto… las caderas no valían nada, un culito insignificante, unas tetitas como cacahuetes.

Angelo dobló el brazo y le dio un puñetazo en el estómago. Juanita perdió el aliento y se dobló hacia adelante, dentro de lo que se lo permitieron las ligaduras. A su lado Estela, que podía ver y oír, sollozaba histéricamente. El ruido enojó a Tony el «Oso». Aquello se demoraba demasiado. Había una manera más rápida de terminar. Hizo una seña a un segundo guardaespaldas, Lou, y murmuró algo. A Lou pareció no gustarle lo que le decían, pero asintió. Tony el «Oso» tiró el cigarro que había estado fumando.

Cuando Lou salió del compartimiento y habló en voz baja con Angelo, Tony «Oso» Marino miró a su alrededor. Estaban en un sótano con todas las puertas cerradas, lo que eliminaba la posibilidad de que escaparan ruidos, aunque tampoco hubiera importado en este caso. La casa, una construcción de hacía cincuenta años, como eran frecuentes en esta zona, se levantaba en el centro de un terreno propio, en un barrio residencial de gente de clase alta, y estaba protegida como una fortaleza. Un sindicato que encabezaba Tony «Oso» Marino había comprado la casa hacía ocho meses y habían trasladado allí las operaciones de falsificación. Pronto, como precaución, iban a vender la casa y mudarse a otra parte; lo cierto es que ya habían elegido nuevo lugar. Tendría la misma apariencia inocua e inocente de esta casa. Eso, pensaba a veces con satisfacción Tony el «Oso», había sido el secreto de su larga y provechosa carrera: mudanzas frecuentes a barrios tranquilos y respetables, con el tráfico que iba y venía del centro reducido al mínimo. La ultra precaución tenía dos ventajas: sólo un puñado de personas sabía exactamente dónde estaba el local; además, como todo era tan sigiloso, los vecinos no tenían sospechas. Incluso habían tomado complicadas precauciones para trasladarse de uno a otro lugar. Una de ellas: cubiertas de madera diseñadas para cubrir los muebles de una casa, que se ajustaban a cada pieza de las maquinarias de falsificación de manera que un paseante casual, lo único que veía era una mudanza doméstica. Y un camión de mudanzas, de una de las compañías legales de camiones que servían a la organización, había sido contratado para realizar la tarea. Incluso había arreglos para un caso de emergencia, camiones extra veloces si era necesario.

El falso mobiliario había sido una de las ideas de Danny Kerrigan. El viejo tenía algunas buenas ideas, y había demostrado ser un falsificador de primera clase desde que Tony Marino le había contratado para la organización hacía doce años. Con anterioridad, Tony el «Oso» había oído hablar de la fama y habilidad de Kerrigan, y sabía que se había vuelto alcohólico y que estaba al borde de la vagancia. Por orden de Tony el «Oso» el viejo fue rescatado, desalcoholizado, y después le pusieron a trabajar… con resultados espectaculares.

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