Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Parecía que no había nada, empezaba a creer Tony el «Oso», que Danny no pudiera imprimir con éxito: dinero, sellos, certificados de acciones, cheques, permisos de conducir, tarjetas de seguridad social, bastaba con pedirlo. Había sido idea de Danny fabricar miles de tarjetas falsas de crédito. Por medio de sobornos y una visita bien planeada, habían podido obtener hojas de plástico en blanco, del mismo tipo del que servía para las tarjetas, y la cantidad podía durar años. Las ganancias, hasta ahora, habían sido inmensas.
El único inconveniente del viejo era que, de vez en cuando, le daba por entregarse a la juerga y no podía trabajar en una semana. Cuando esto pasaba, había peligro de que hablara, y, por eso, le mantenían encerrado. Pero era hábil y, a veces, se las arreglaba para escapar, como la última vez. Pero los lapsos eran ahora escasos, en parte porque Danny estaba guardando el dinero que sacaba en un banco suizo, y soñaba con ir allí dentro de uno o dos años para recoger su botín y retirarse. Pero Tony el «Oso» sabía que el deseo del viejo nunca iba a realizarse. Pensaba utilizarle mientras pudiera funcionar. Y además, Danny sabía demasiado para que jamás le permitieran irse.
Aunque Danny Kerrigan era importante, era la organización la que le había protegido y había sabido sacar el máximo a lo que el viejo producía. Sin un eficiente sistema de distribución Danny hubiera sido como tantos otros: hubiera trabajado a ratos o se hubiera perdido. Por lo tanto, era la amenaza a la organización lo que preocupaba a Tony el «Oso». ¿Se había infiltrado un espía, una quinta columna? Si era así: ¿de dónde venía el individuo? ¿Y cuánto sabía el tipo… o la tipa?
Su atención volvió a fijarse en lo que pasaba al otro lado del espejo. Angelo tenía el cigarro encendido. Sus gruesos labios estaban torcidos en una mueca. Con la punta del pie empujó las dos sillas, de manera que la Núñez y su hija quedaron frente a frente. Angelo aspiró el cigarro hasta que la punta brilló. Casualmente se acercó a la silla donde la niña estaba sentada y atada.
Estela le miró, temblando visiblemente, los ojos enloquecidos de terror. Sin prisa, Angelo le tomó la manita derecha, la levantó, inspeccionó la palma, le dio la vuelta. Con más lentitud sacó de la boca el cigarro encendido y lo plantó, como en un cenicero, en el dorso de la mano. Estela chilló… un desgarrador grito de agonía. Frente a ella, Juanita, enloquecida, llorando, gritando incoherencias, luchó desesperadamente entre sus ligaduras.
El cigarro no se había apagado. Angelo lo aspiró hasta que se formó una brasa fresca, después, con la misma lentitud que antes, levantó la otra mano de Estela.
Juanita chilló:
– ¡No, déjela quieta! ¡Hablaré!
Angelo esperó, con el cigarro amenazante, mientras Juanita decía, entrecortada:
– El hombre que ustedes buscan… es… Miles Eastin.
– ¿Para quién trabaja?
Con la voz que era un murmullo desesperado, ella contestó:
– Para el First Mercantile American.
Angelo dejó caer el cigarro y lo deshizo con el tacón. Miró interrogante hacia donde sabía que debía estar Tony «Oso» Marino, después pasó del otro lado del espejo.
La cara de Tony el «Oso» estaba tensa. Dijo con suavidad.
– Traedlo. Traed a ese marica. En seguida.
21
– Miles -dijo Nate Nathanson con desusada rabia- sea quien sea el amigo que te está telefoneando, dile que este lugar no es para el personal, es para los socios.
– ¿Qué amigo? -Miles Eastin había estado ausente del Double Seven parte de la mañana, ocupado en hacer encargos para el club; miró dudando al gerente.
– ¿Cómo demonios voy a saberlo? Un tipo llamó cuatro veces, preguntando por ti. No quiso dejar nombre, ni mensaje -Nathanson añadió con impaciencia-. ¿Dónde está la libreta de depósitos?
Miles se la tendió. Entre los encargos había habido uno a un banco, para depositar cheques.
– Un embarque de mercancías envasadas acaba de llegar -dijo Nathanson-. Los cajones están en el almacén; compruébalos con las facturas -entregó a Miles algunos papeles y una llave.
– Bien, Nate. Disculpe las llamadas.
Pero el gerente ya se había vuelto y se dirigía a su oficina del segundo piso. Miles le tenía alguna simpatía. Sabía que Tony «Oso» Marino y el ruso Ominsky, que poseían en conjunto el Double Seven, mortificaban bastante a Nathanson con quejas sobre el manejo del club.
Al dirigirse al almacén, que estaba en la planta baja, en la parte de atrás del edificio, Miles se preguntó qué podían significar esas llamadas. ¿Quién podía telefonearle? Y con insistencia. Dentro de lo que recordaba, sólo tres personas relacionadas con su vida anterior sabían que él estaba aquí… el funcionario que le había otorgado la libertad condicional; Juanita; Nolan Wainwright. ¿El funcionario? Muy poco probable. La última vez que Miles había efectuado la debida visita mensual y dado su informe, el funcionario se había mostrado apresurado e indiferente; lo único que parecía importarle era que Miles no causara dificultades. El funcionario había tomado nota del lugar donde trabajaba Miles y eso era todo. ¿Juanita, entonces? No. Ella sabía que no debía hacerlo; además, Nathanson había dicho que era un hombre. Sólo quedaba Nolan Wainwright.
Pero Wainwright no llamaría a menos… ¿O podía acaso llamar? Podía arriesgarse si había algo realmente urgente… como un aviso….
– ¿Un aviso de qué? ¿De que Miles estaba en peligro? ¿De que había sido descubierto como espía o podía serlo? Bruscamente un terror frío se apoderó de él. El corazón le latió con fuerza. Miles comprendió: últimamente había imaginado que se movía en la impunidad, había creído estar seguro. Pero en verdad no había aquí seguridad, nunca la había habido. Sólo peligro… más grande ahora que al principio, porque él ya sabía demasiado.
Al acercarse al cobertizo, como la idea persistía, le temblaron las manos. Tuvo que tranquilizarse para poner la llave en la cerradura. Se preguntó: ¿se estaría asustando por nada, reaccionando cobardemente ante sombras? Quizá. Pero una intuición le previno… no. ¿Qué debía hacer pues? La persona que había telefoneado probablemente volvería a hacerlo. Pero, ¿era conveniente esperar? Miles decidió: riesgo o no, iba a llamar directamente a Wainwright.
Había abierto la puerta del cobertizo. Ahora empezó a cerrarla, para ir a un teléfono público cercano… el mismo por el que había telefoneado a Juanita hacía una semana. En aquel momento oyó actividad en el vestíbulo del club, en el otro extremo del corredor de la planta baja, que llegaba hasta el fondo. Varios hombres llegaban de la calle. Parecían tener prisa. Sin saber por qué Miles cambió de dirección y se metió en el cobertizo, fuera de la vista de ellos. Oyó voces mezcladas, después uno preguntó en voz alta:
– ¿Dónde está ese pillastre de Eastin?
Reconoció la voz. Era Angelo, uno de los guardaespaldas de Marino.
– En la oficina, creo -era Jules La Rocca. Miles le oyó decir-: ¿Pero qué pasa con…?
– Tony el «Oso» quiere…
Las voces se apagaron y los hombres se precipitaron escaleras arriba. Pero Miles había oído bastante, y comprendía que lo que más había temido era realidad. Dentro de un minuto, quizá menos, Nate Nathanson iba a decir a Angelo y a los otros dónde estaba él. Volverían a buscarle.
Sintió que todo el cuerpo le temblaba, pero se esforzó en pensar. Salir por el vestíbulo del frente era imposible. Aun en el caso de que no encontrara a los hombres que bajaban, probablemente habrían dejado a alguno de guardia. ¿Por la salida de atrás, entonces? Rara vez se usaba y se abría junto a un edificio abandonado. Más allá había un descampado, y luego un paso de tren elevado. En el extremo de la línea ferroviaria había un laberinto de callejuelas miserables. Podía intentar escabullirse por esas calles, aunque la posibilidad de eludir la persecución era escasa. Podía haber varios perseguidores; algunos tendrían un auto, o autos; Miles no lo tenía. Su mente le mandó el mensaje: Tu única posibilidad. No pierdas tiempo. Vete ahora. Cerró de golpe la puerta del almacén y tomó la llave; tal vez los otros perdieran unos preciosos minutos echando la puerta abajo, al creer que él estaba dentro.