El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
¿Cómo podría contárselo? Sobre una antigua célula incidió la energía; esta lo detectó. Ciertos estímulos causaron una cascada química que practicaron una incisión en la célula y cambiaron su estructura, formando un molde de las señales que incidían en ella. Millones de años después, dos células se unieron, se hicieron señales mutuamente, elevaron al cuadrado el número de estados que podían inscribir. El vínculo entre ellas se alteró. Las células se activaban con más facilidad cada vez, sus cambiantes conexiones recordaban un vestigio del exterior. Unas pocas docenas de estas células se unieron para formar una humilde babosa, ya una máquina que se reestructuraba infinitamente, a medio camino del conocimiento. Materia que trazaba el mapa de otra materia, un registro plástico de luz y sonido, espacio y movimiento, cambio y resistencia. Varios miles de millones y centenares de miles de millones de neuronas después, aquellas células conectadas compusieron una gramática: una noción de sustantivos, verbos e incluso preposiciones. Esas sinapsis registradoras, dobladas sobre sí mismas, a lomos del cerebro e interpretándose mientras interpretaban el mundo, estallaron en esperanzas y sueños, recuerdos más minuciosos que la experiencia que los había cincelado, teorías de otras mentes; inventaron lugares tan reales y detallados como cualquier cosa material, siendo ellas mismas materia, mundos microscópicos dentro del mundo grabados eléctricamente, una forma para cada forma ahí fuera, con infinitas formas sobrantes: todas las dimensiones surgiendo de esa cosa en la que flota el universo. Pero nunca caliente o frío, sólido o blando, izquierda o derecha, alto o bajo, sino solo la imagen, el depósito. Solo el juego de parecidos cortados por cascadas químicas, siempre deshaciendo el estado que permitió la depositación. Semáforos nocturnos, adoquinando incluso el precipicio desde el que emitían señales. Como Weber escribió cierta vez: «Sin respaldo, imposibles, casi omnipotentes e infinitamente frágiles…».
No había ninguna posibilidad de demostrárselo. Lo mejor que podía hacer era revelarles las innumerables maneras en que las señales se perdían. Destrozadas en cualquier enlace: espacio sin dimensión, efecto antes de la causa, palabras separadas de su referencia. Mostrar cómo cualquiera podría desvanecerse en el abandono espacial, podría cambiar arriba por abajo y antes por después. Visión sin conocimiento, recuerdo sin razón, eventos sociales de personalidades que compiten por controlar al perplejo cuerpo, pero siempre continuas, sintiéndose intactas. Tan constantes y completas como ahora se sentían aquellos alumnos brillantes y escépticos.
– En el poco tiempo que nos queda, vamos a ver un último caso. Aquí tenéis una sección transversal lateral, en la que la circunvolución cingulada anterior presenta una lesión. Recordad que esta zona recibe información de muchas regiones sensoriales superiores y conecta con áreas que controlan funciones motoras de nivel superior. Crick escribe acerca de una mujer con semejante lesión, que perdió la capacidad de actuar en consecuencia e incluso de formar intenciones. Mutismo acinético: todo deseo de hablar, pensar, actuar o elegir había desaparecido. Con perdonable entusiasmo humano, Crick afirmó que habíamos localizado el asiento de la voluntad.
Sonó el timbre, salvándole y condenándole a la vez. Los alumnos empezaron a desfilar, incluso mientras él se apresuraba a concluir.
– Así pues, hemos tenido una visión preliminar del tema enormemente complejo de la integración mental. Sabemos algo de las partes. Sabemos mucho menos de la manera en que constituyen un todo. En nuestra última sesión, echaremos un vistazo a los principales candidatos a un modelo de conciencia integrado. Si no tenéis el artículo sobre el problema de la vinculación, pedídselo a vuestro moderador de debates antes de marcharos.
Se oyeron los sonidos de pupitres abatidos y libros cerrados mientras los estudiantes se disponían a salir. ¿Qué diría Weber a la semana siguiente para resumir una disciplina que se le escapaba? Mucho después de que su ciencia presentara una teoría integral del yo, nadie estaría un solo paso más cerca de saber lo que significa ser otro. La neurología jamás comprendería desde fuera algo que solo existía en lo más profundo del interior impenetrable.
Los alumnos abandonaron la sala, enfilando por los pasillos en grupitos que abrigaban una semilla de rebeldía. Una sensación embargó a Weber, el deseo de complementar la auténtica neurociencia con seudoliteratura, una ficción que por lo menos reconociese su ceguera. Les haría leer a Freud, el príncipe de los narradores: «Los histéricos padecen sobre todo de recuerdos». Les pediría que leyeran a Proust y Carroll. Les asignaría «Funes el memorioso», de Borges, el hombre paralizado por la memoria perfecta, destruido por el hecho de que un perro visto de perfil a las tres y cuarto tenía el mismo nombre que un perro visto de frente un minuto después. «El presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido.» Les contaría la historia de Mark Schluter. Les diría lo que había provocado en él aquel encuentro con el joven. Haría algún movimiento que sus neuronas motoras se verían obligadas a imitar. Les haría perderse en el laberinto de la empatía.
Los habituales rezagados se arracimaron alrededor del atril. El intentó escuchar cada pregunta, prestar toda su atención a cada una de las observaciones. Cuatro alumnos, que padecían las inquietudes del final de trimestre. Detrás de la primera ola, otros cuatro aguardaban. Exploró la sala sin saber qué buscaba. Entonces la vio, inmóvil a mitad del pasillo a mano izquierda. La joven Sylvie, que le miraba a su vez. Se debatía consigo misma. Tenía un mensaje para él, para el joven que había sido, pero no podía esperar. Tenía que ir a algún lugar futuro.
Trató de apresurar a quienes le interrogaban, con una sonrisa tranquilizadora para cada uno. Los alumnos empezaron a dispersarse y, al alzar la vista, Weber se sorprendió al encontrarse delante a Bhloitov. Visto de cerca, era evidente que el cabello del anarquista estaba teñido. Llevaba un brazalete de cuero con tachones, y por debajo de la manga izquierda le asomaba una Virgen de Guadalupe rojo brillante y azul verdoso. El sedoso bigote estaba dividido por una tenue cicatriz, la de un labio leporino imperfectamente restaurado. Weber dirigió la mirada a la sala. La joven Sylvie, vacilante, empezó a alejarse. Miró de nuevo al anarquista, tratando de dominarse.
– ¿En qué puedo ayudarle, señor?
Bhloitov dio un respingo, parpadeó y retrocedió un poco.
– Lo que ha contado de ese… ese meningioma. El caso de David. -Su voz tenía un tono de disculpa. Weber le hizo un gesto de asentimiento para que prosiguiera-. Me estaba preguntando… Creo que tal vez mi padre…
Weber alzó la vista, un acto reflejo desesperado. Sylvie se había puesto la mochila a la espalda y ascendía por la escalera hacia la salida del auditorio. La observó durante todo el camino, mientras Bhloitov murmuraba y se alejaba discretamente. Ella no se volvió a mirarle. ¿Adónde vas?, le preguntó Weber en el espacio simbólico. Vuelve. Soy yo. Aún estoy aquí.
Era hora de retirarse. Ya no podía confiar en su comportamiento en el aula, y no digamos el laboratorio. Podría encontrar algún trabajo como voluntario, clases de alfabetización para adultos o como profesor particular de ciencias. En los veinte años que le quedaban, podía aprender otra lengua extranjera o escribir una novela de tema neurológico. En cualquier caso, tenía suficientes argumentos. Y no sería necesario que la publicara.
Permaneció en el campus hasta que empezó a anochecer, entregado a un trabajo que se había sacado de la manga, el constante trueque de cartas de recomendación que constituía la existencia académica. Parecía una expiación, una tarea impuesta como castigo. Se recetaba a sí mismo una docena de tabletas de chocolate para obtener una dosis de feniletilamina. Recientemente eso le había ayudado a alzar el manto de las noches invernales.