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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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La risa cortés del público ondeó en la sala, más tímida que el año anterior. Weber alzó la vista. La joven Sylvie se mordió el labio, los ojos en el cuaderno de apuntes. Tal vez sintiera lástima de él.

– La primera señal de que algo fallaba apareció cuando David, a quien de ordinario le gustaba escuchar a R.E.M., empezó a apasionarse por Pete Seeger.

Ninguna reacción del público. Tampoco la hubo el año anterior. Esos nombres habían caído en la amnesia cultural. Seeger nunca había existido. R.E.M. ya no era ni siquiera un sueño provocado por la fiebre.

– A su mujer le pareció muy raro, pero no se alarmó hasta un mes después, cuando David se puso a hablar mal de su autor preferido, J. D. Salinger, al que denunció como una amenaza pública. Empezó a adquirir, aunque nunca a leer, lo que él llamaba «libros reales», que se limitaban a novelas del Oeste y aventuras navales. Su estilo de vestir empezó a cambiar, a retroceder, según su mujer. Iba a la oficina con un mono de trabajo con tirantes. Su mujer trató de convencerle de que fuera al médico, pero él insistía en que estaba bien. Se mostraba tan lúcido que su mujer dudaba de que la angustia que le causaban los cambios de David estuviera justificada. Él hablaba a menudo de recobrar a la persona que había sido. Una y otra vez le decía a su mujer: «Así era como todos vivíamos antes».

»Empezó a padecer dolores de cabeza y vómitos, letargo y reducción de la actitud alerta. Una noche, volvió a casa tres horas más tarde de lo habitual. Su mujer estaba fuera de sí. Había regresado a pie desde la oficina, a unos veinte kilómetros de distancia, tras haber vendido el coche a un colega. Su mujer, asustada, le gritó. Él le explicó que los coches eran funestos para el medio ambiente. Podía ir al trabajo en bicicleta, con lo cual ahorraría enormes cantidades de dinero que podrían dedicar a la universidad de los hijos. Su mujer sospechó un trastorno de personalidad inducido por el estrés, algo que entonces se llamaba crisis aguda de identidad…

La joven Sylvie tomó una nota en el cuaderno equilibrado sobre el muslo. Algo en la manera de mover los codos, en la curvatura del cuello, fuerte y vulnerable al mismo tiempo. Las sensaciones bombardeaban a Weber, todas sus viejas claves, los millones de momentos que habían desaparecido, un acorde tras el otro: cuando estudiaban juntos en la biblioteca hasta la hora del cierre; las películas europeas de arte y ensayo el martes por la noche en el Cineclub; largos debates sobre Sartre y Buber; sexo más o menos continuo. Vendaba los ojos de Sylvie y le rodeaba el vientre desnudo con varias muestras de tela, para poner a prueba su afirmación de que podía sentir los colores. Ella siempre acertaba.

Vestigios, todavía intactos. Todo lo que él había sido seguía archivado en alguna parte. Pero había extraviado las sensaciones del recuerdo hasta que aquel espectro viviente se sentó ante él en el anfiteatro, garabateando todas aquellas notas erróneas en su propio y creciente historial.

– La mujer de David insistió en que al día siguiente llamara al comprador del coche y lo recuperase. Él lo hizo, pero unas semanas después no regresó a casa. Al cruzar el aparcamiento de su empresa, le absorbieron de tal manera los cambios del cielo por encima de su cabeza que se pasó allí la noche entera, sentado en el asfalto, contemplando el espacio. Cuando la policía lo encontró a la mañana siguiente, estaba desorientado. Su mujer lo llevó al hospital, donde ingresó en la sección de psiquiatría, que rápidamente lo pasó a neurología. Sin la moderna tecnología del escáner, ¿quién sabe cómo podrían haberlo tratado? Pero aquí tenéis el escáner: mirad esto, en la corteza orbitofrontal caudal. Lo que veis es un gran neoplasma circunscrito, un meningioma, que ha crecido durante años, presionando los lóbulos frontales e incorporándose gradualmente a su personalidad…

Weber se percató mientras hacía avanzar la diapositiva: la vacilación que había experimentado en Nebraska no era el primer borrón en un historial por lo demás perfecto. Técnicamente, jamás había traicionado a Sylvie. Pero, a intervalos de varios años, el fiel Gerald había avanzado cautelosamente hasta el borde. El año en que cumplió los cincuenta conoció a una escultora que vivía en la zona de la bahía. Intercambiaron correspondencia durante largo tiempo, tal vez año y medio, antes de que ella le obligara a admitir que no había nada entre ellos salvo una pura invención suya. Diez años atrás hubo una licenciada japonesa, investigadora ayudante, seria y expectante, de poco más de treinta años. Se midiera como se midiera, la cosa no llegó a concretarse por un pelo. Ella se alejó cuando él se volvió frío. La mujer, que apenas podía alzar los ojos para mirar los suyos cuando él le hablaba, le dejó una nota para que Weber la leyera después de su partida: «En Japón, los investigadores tienen por lo menos un día de luto por todos los animales que han sacrificado…». Cada una de estas aventuras amorosas teóricas había sido una excepción: media docena de excepciones, en total. Weber parecía ser un infractor repetitivo, que cometía la falta y echaba a correr. En cada ocasión se lo contaba a Sylvie, pero después del hecho, siempre minimizando lo que había estado a punto de ser un desastre. Nada de aquello formaba parte del historial permanente.

Mientras la siguiente diapositiva se colocaba en la ranura, comprendió la verdad: quería a Barbara Gillespie. Pero ¿por qué? La actuación de aquella mujer no tenía sentido. Algo en su vida le había salido tan mal como a él. Ella vivía ya en el vacío donde él estaba penetrando. Un vacío enorme, oculto. Barbara sabía algo que él necesitaba, tenía algo que le evocaba a sí mismo.

Pero había una explicación más cicatera. ¿Cómo, con los hechos de que disponían, podrían diagnosticarla aquellos estudiantes? ¿Crisis trivial de la mediana edad? ¿Puro y clásico autoengaño biológico, o algo más llamativo? Algún déficit que pudiera aparecer en un escáner, algún tumor que presionara implacablemente los lóbulos frontales, reestructurándole de una manera imperceptible…

Se aclaró la garganta y el sonido emergió de los altavoces.

– David no podía ver hasta qué punto estaba alterado, y no solo porque el cambio había sido tan gradual. Recordad la lección sobre la anosagnosia de hace dos semanas. La tarea de la conciencia es la de asegurar que la totalidad de los módulos distribuidos del cerebro parezcan integrados. Que siempre seamos familiares para nosotros mismos. David no quería restablecerse. Creía haber encontrado el camino de regreso a algo verdadero, algo que todos los demás habían abandonado.

La joven Sylvie alzó la cabeza y le miró detenidamente. Él se detestó a sí mismo. No podía perdonar al hombre con la lista de patéticas y frustradas infidelidades. Pero el hombre cuya intachable imagen de sí mismo borraba de un modo tan completo la lista: ¿qué podía merecer un hombre así, aparte de un lento y angustioso desenmascaramiento público? Encorvó los hombros y asió el atril. Se sentía anémico, y lo contrarrestaba con más análisis estructural, más anatomía funcional. Se perdía en lóbulos y lesiones. Un tenue pitido de su reloj le indicó que era hora de finalizar la clase.

– Así pues, tenemos los relatos de dos déficits muy diferentes, dos hombres muy diferentes, uno que no podía convertirse en su siguiente yo consecutivo y otro que se sumía en ese yo sin control. Uno que no podía tener nuevos recuerdos y otro que los creaba con excesiva facilidad. Creemos tener acceso a nuestros estados, pero en neurología todo nos indica que no es así. Nos consideramos una nación unificada y soberana. La neurología sugiere que somos un jefe de Estado ciego, atrincherado en los aposentos presidenciales, que solo escuchamos a unos asesores elegidos a dedo mientras en el país se van produciendo movilizaciones…

Miró a su embotada audiencia. No parecían convencidos. Bhloitov estaba furioso. Los ojos de la mujer con el ceñido jersey de cuello de cisne vagaban. La señorita Nurfraddle parecía dispuesta a llamar por su Black Berry para que detuvieran a Weber por haber violado la Ley Patriótica. Él no podía mirar a la joven Sylvie. Se veía reflejado en los rostros de los jóvenes, una rareza neurológica de caseta de feria, un caso.

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