La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— Y luego dice que no sabe nada de magia —se burló Berdine.
Por última vez Richard los miró a los ojos para asegurarse de que realmente estaban decididos a acompañarlo.
— Recordad —les dijo—, no toquéis nada.
Todos asintieron. Con un suspiro de resignación Richard se volvió hacia la entrada, rascándose la parte posterior del cuello.
— ¿La pomada que os traje no os ha quitado el sarpullido? —inquirió Cara mientras cruzaban el umbral y entraban en una triste sala. Olía a piedra húmeda.
— No. Al menos, de momento.
En el vasto vestíbulo sus voces resonaban en el techo provisto de vigas que se alzaba a casi diez metros de altura. Richard redujo el paso, examinó con la vista aquella sala casi desierta y se detuvo.
— La mujer a la que se la compré me prometió que os curaría el sarpullido. Me dijo que estaba hecha con los ingredientes habituales, como ruibarbo blanco, jugo de laurel, mantequilla y huevo pasado por agua. Pero cuando le dije que era muy importante, añadió otros ingredientes especiales y más caros. Me aseguró que le había puesto betónica, úlcera de cerdo, el corazón de una golondrina y, puesto que yo soy vuestra protectora, me hizo llevarle mi sangre menstrual. La mezcló en la pomada usando un clavo al rojo. Lo sé porque me aseguré de que lo hacía.
— Ojalá me hubieras dicho qué llevaba antes de ponérmela —masculló Richard mientras echaba a caminar por la sombría sala.
— ¿Qué decís? —Richard desestimó la pregunta con un ademán—. Bueno, le advertí que, por el precio que costaba, mejor sería que funcionara, y que si no era así regresaría y lo lamentaría. Ella me prometió que funcionaría. ¿Habéis recordado poneros también un poco en el talón izquierdo, como os dije?
— Pues no. Sólo me he puesto en el sarpullido. —«Y ojalá no lo hubiera hecho», pensó.
— Entonces no me extraña —replicó Cara, escandalizada—. Os dije que teníais que poneros también en el talón izquierdo. La curandera me explicó que seguramente el sarpullido es debido a un trastorno en la base de vuestra aura, y que debíais ponérosla también en el talón para completar la conexión con la tierra.
Richard la escuchaba a medias. Sabía que Cara estaba tratando de reunir valor escuchando el sonido de su propia voz y hablando de banalidades.
A su derecha, muy por encima de sus cabezas, la luz del día penetraba con largos rayos sesgados a través de una hilera de pequeñas ventanas. Al fondo, un par de sillas de madera bellamente trabajadas montaban guardia a ambos lados de un arco de entrada. Bajo la hilera de ventanas colgaba un tapiz con una imagen tan desvaída que no se distinguía. En la pared opuesta vio una serie de simples apliques de hierro que sujetaban velas. Casi en el centro de la sala, bañada por un brillante rayo de luz, había una pesada mesa con caballete. No había más.
Cruzaron la estancia oyendo el eco del sonido de sus botas sobre las baldosas. Richard vio libros encima de la mesa. Sus esperanzas se avivaron; para eso estaba allí. Podrían pasar semanas antes de que Kahlan y Zedd llegaran a Aydindril, y Richard se temía que antes de eso debería hacer algo para proteger el Alcázar. No podía esperarlos de brazos cruzados.
Con Aydindril ocupada por el ejército de D’Hara, la mayor amenaza era que se produjera un ataque contra el Alcázar. Richard esperaba encontrar algunos libros que le dieran algunas respuestas, quizás incluso que le enseñaran a usar su magia, para que si alguien con poderes mágicos atacaba, él pudiera repeler ese ataque. Se temía que la Orden, o los mriswith, trataran de apoderarse de la magia que se custodiaba en el Alcázar.
Vio casi una docena de libros sobre la mesa, todos del mismo tamaño. Pero las palabras de las portadas estaban escritas en un idioma que no entendía. Mientras él apartaba algunos para ver mejor los que había debajo, Ulic y Egan vigilaban con la espalda pegada a la mesa. Algo en los libros le resultaba familiar.
— Parecen el mismo libro pero escritos en diferentes lenguas —comentó medio para sí mismo.
Dio la vuelta a uno que le llamó la atención, y al leer el título de pronto se dio cuenta de que podía leerlo. Había visto antes ese idioma y reconoció dos palabras: la primera -fuer— y la tercera —ost—. Estaba escrito en d’haraniano culto.
Una de las profecías referidas a él que Warren le había mostrado en las criptas del Palacio de los Profetas lo llamaba fuer grissa ost drauka, que quería decir «el portador de la muerte». Así pues fuer era un artículo definido y ost significaba «de».
— Fuer ulbrecken ost Brennika Dieser -leyó Richard, y dejó escapar un suspiro de frustración—. Ojalá supiera qué significa.
— Las aventuras de Bonnie Day, creo.
Era Berdine quien había hablado. Al notar los ojos de Richard sobre ella, retrocedió y apartó la mirada, como si temiera haber hecho algo mal.
— ¿Qué has dicho? —susurró Richard.
Berdine señaló el libro que descansaba sobre la mesa.
— Fuer ulbrecken ost Brennika Dieser. Queríais saber qué significa. Creo que quiere decir Las aventuras de Bonnie Day. Es un antiguo dialecto.
Las aventuras de Bonnie Day había sido el libro preferido de Richard en su adolescencia. Lo había leído tantas veces que casi se lo sabía de memoria.
En el Palacio de los Profetas, en el Viejo Mundo, había averiguado que ese libro lo había escrito Nathan Rahl, profeta y antepasado de Richard. El mismo Nathan se encargó de explicarle que se trataba de un manual sobre la profecía destinado a jóvenes con potencial. Excepto Richard, todos los muchachos que habían recibido el libro habían sufrido accidentes fatales.
Cuando Richard nació, la Prelada y Nathan viajaron al Nuevo Mundo y robaron el Libro de las Sombras Contadas, que se guardaba en el Alcázar, para evitar que cayera en manos de Rahl el Oscuro. Luego se lo entregaron al padrastro de Richard, George Cypher, que tuvo que prometerles que Richard lo memorizaría, palabra por palabra, y luego lo destruiría. El Libro de las Sombras Contadas era necesario para abrir las Cajas del Destino, en D’Hara. Richard aún recordaba el libro, palabra por palabra.
También recordaba con gran cariño los felices tiempos de su adolescencia, cuando aún vivía en su hogar junto a su padre y su hermano. Richard quería a su hermano y lo admiraba. Quién hubiera podido imaginar entonces las traicioneras vueltas que daría la vida. Ya nunca podría regresar a aquella época feliz en su inocencia.
Nathan había entregado asimismo a su padre un ejemplar de Las aventuras de Bonnie Day. Seguramente habría dejado copias en otros idiomas en el Alcázar cuando estuvo allí justo después de nacer Richard.
— ¿Cómo sabes qué pone? —preguntó Richard.
Berdine tragó saliva antes de explicar.
— Es d’haraniano culto, pero un antiguo dialecto del idioma.
Por el modo en que la mord-sith lo miraba, con ojos muy abiertos, Richard supuso que su expresión debía de ser intimidadora e hizo un esfuerzo para adoptar otra más tranquilizadora.
— ¿Me estás diciendo que entiendes el d’haraniano culto? —Berdine asintió—. Tenía entendido que es una lengua muerta. Un erudito que entiende el d’haraniano culto me dijo que apenas nadie la conoce ya. ¿Cómo es que tú sí?
— Me enseñó mi padre —dijo con emoción—. Ésa fue una de las razones por las que Rahl el Oscuro me eligió para ser mord-sith. —No sólo su voz sonaba dura, sino que su cara ya no mostraba ningún sentimiento—. Queda muy poca gente que comprenda el d’haraniano culto. Mi padre era uno de ellos. Rahl el Oscuro empleaba el d’haraniano culto en algunos de sus conjuros y no le gustaba que otros lo conocieran.