La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— No sabía qué estaba pasando. Me sentía amenazado por todas las mord-sith debido a tu comportamiento. Cara debería saberlo.
— Y lo sabe pero cuando al final descubristeis qué pasaba y me liberasteis del hechizo, no os disculpasteis con Cara y Raina por haberlas tratado mal. Ellas no os amenazaron.
La oscuridad ocultó el rubor de Richard.
— Tienes razón. Me siento fatal. ¿Por qué no me dijo nada?
— Vos sois lord Rahl —respondió Berdine como si eso fuese suficiente explicación—. Si le propináis una paliza porque no os gusta cómo da los buenos días, no se quejará.
— ¿Y por qué no me dijiste tú nada?
Berdine lo siguió por un peculiar corredor con suelo de adoquines de apenas medio metro de anchura y paredes lisas y redondas, semejantes a tubos, cubiertas por oro.
— Porque sois un amigo.
Al mirarla de reojo para lanzarle una sonrisa y darle las gracias vio que Berdine se disponía a rozar el oro. Rápidamente la detuvo agarrándola por la muñeca.
— Si lo tocas, estás muerta.
— ¿Por qué nos decís que no sabéis nada sobre este lugar y luego camináis por él como si hubierais vivido aquí desde que nacisteis? —inquirió la mord-sith, ceñuda.
Richard parpadeó. Hasta entonces no había reparado en ello.
— Por ti.
— ¡Por mí!
— Sí —respondió Richard, sin salir de su asombro—. Mientras hablo contigo mi mente consciente está distraída. Escucho con atención lo que me dices y pienso sobre ello, por lo que me dejo guiar por el don. Ni siquiera era consciente de lo que hacía. Ahora que hemos llegado hasta aquí ya conozco los peligros y el camino de vuelta. Cuando quiera podemos regresar. —Le apretó un hombro y añadió—: Gracias, Berdine.
— ¿Para qué están los amigos? —repuso ella, sonriendo de oreja a oreja.
— Creo que ya hemos pasado por lo peor. Vamos por aquí.
Al final del túnel dorado se alzaba una torre redonda de al menos treinta metros de diámetro, con una escalera de caracol que ascendía por la parte interior del muro exterior. A intervalos irregulares la escalera quedaba interrumpida por pequeños descansillos en los que se abría una puerta. Unos pocos rayos de luz hendían el vasto y lúgubre espacio superior. Casi todas las ventanas eran pequeñas, aunque había una verdaderamente enorme. Richard no estaba seguro de cuánto medía la torre pero calculó que debían de ser unos sesenta metros. Abajo, el pozo circular descendía en la fría y húmeda oscuridad.
— Esto me da mala espina —dijo Berdine, asomándose por el borde de la baranda de hierro en uno de los descansillos—. Diría que ésta es la peor parte.
A Richard le pareció distinguir movimiento en las tinieblas del fondo.
— No te apartes de mí y mantén los ojos bien abiertos. —Richard hablaba con la vista clavada en el punto en el que le había parecido que algo se movía, tratando de verlo de nuevo—. Si algo me ocurre, trata de salir.
Berdine le echó una mirada de desaprobación por encima de la baranda.
— Lord Rahl, nos ha costado horas llegar hasta aquí. Hemos cruzado más escudos de los que puedo recordar. Si algo ocurre, ya puedo darme por muerta.
Richard consideró sus opciones. Tal vez sería mejor envolverse en su capa de mriswith.
— Espérame aquí. Voy a echar un vistazo.
Berdine lo agarró por la camisa y de un violento tirón lo obligó a darse la vuelta y mirarla directamente a sus encendidos ojos.
— No —dijo con furia—, no iréis solo.
— Berdine…
— Soy vuestra protectora. No iréis solo. ¿Entendido?
Berdine lo miraba con aquella penetrante mirada acerada que asustaría incluso al más pintado. Finalmente soltó un suspiro.
— De acuerdo. Pero no te apartes de mí y haz lo que te diga.
La mord-sith ladeó la cabeza.
— Yo siempre hago lo que decís.
37
Con su caballo balanceándose suavemente, Tobias Brogan contemplaba distraídamente a los cinco mensajeros del Creador, que caminaban algo adelantados y procurando mantenerse a un lado del camino. No era usual verlos. Desde que aparecieron, cuatro días antes, nunca se alejaban mucho pero raramente se dejaban ver, e incluso cuando se hacían visibles costaba distinguirlos: de día porque se confundían con la nieve, y de noche porque se confundían con la oscuridad. Era asombroso cómo eran capaces de desvanecerse ante sus mismos ojos. Ciertamente el poder del Creador era milagroso.
Pero no comprendía por qué había elegido a aquellos mensajeros. En sueños el Creador le había advertido que no cuestionara sus planes y, gracias a los espíritus, finalmente había aceptado las súplicas de perdón de Tobias por haber osado preguntar. Cualquier persona prudente temería al Creador, y desde luego Tobias Brogan era muy prudente. No obstante, no podía dejar de pensar que aquellos seres con escamas eran muy poco apropiados para ser los mensajeros de la voluntad divina.
De pronto se irguió sobre la silla de montar. Pues claro. El Creador trataba de ocultar sus intenciones a los profanos eligiendo discípulos que en nada revelaban su bondad. Los malvados esperarían sufrir el acoso de la belleza y la gloria del Creador, pero no pensarían en esconderse al ver a discípulos de esa guisa.
Brogan dejó escapar un suspiro de alivio mientras observaba a los mriswith deliberar entre ellos y con la bruja entre susurros. Por mucho que ella se hiciera llamar Hermana de la Luz, no era más que una hechicera, una streganicha, una bruja. Brogan podía llegar a entender que el Creador usara a mriswith como sus mensajeros, pero no que pudiera conferir a una streganicha tal autoridad.
Ojalá supiera de qué hablaban todo el tiempo. Desde que la streganicha se les unió, el día anterior, había buscado la compañía de los cinco mriswith y apenas había intercambiado dos palabras con el lord general de la Sangre de la Virtud. Los mriswith y la streganicha se mantenían aparte, como si fuesen dos grupos sin ningún tipo de relación entre sí que sólo por casualidad viajaban en la misma dirección.
Brogan había visto cómo un puñado de mriswith masacraba a cientos de soldados de D’Hara por lo que no se sentía muy seguro acompañado solamente por dos destacamentos de los suyos. El resto de sus fuerzas, más de cien mil soldados, esperaba a poco más de una semana de distancia de Aydindril. En la primera noche que Brogan pasó con su ejército el Creador le había ordenado en sueños que sus hombres debían quedarse atrás para participar en la conquista de Aydindril.
— Lunetta —dijo en voz baja sin quitar ojo a la Hermana, que gesticulaba con un mriswith.
Lunetta aproximó su caballo por la derecha. Siguiendo su ejemplo también procuró no alzar la voz.
— ¿Sí, lord general?
— Lunetta, ¿has visto a la Hermana usar su poder?
— Sí, lord general, cuando apartó los obstáculos del camino.
— ¿Pudiste evaluar su poder? —Lunetta asintió—. ¿Posee tanto poder como tú, hermana?
— No, Tobias.
— Es bueno saberlo —replicó Brogan con una sonrisa. Echó una mirada en torno para asegurarse de que no había nadie cerca y de que los mriswith seguían siendo visibles—. Me siento desconcertado por algunas de las cosas que el Creador me ha dicho estas últimas noches.
— ¿Quieres contárselas a Lunetta?
— Sí, pero no ahora. Ya hablaremos de eso más tarde.
Lunetta se acariciaba despreocupadamente sus «galas».
— Tal vez cuando estemos solos. Supongo que pronto nos detendremos.
A Brogan no se le escapó la implícita oferta asociada a la recatada sonrisa de la mujer.
— Esta noche seguiremos avanzando hasta tarde. —Brogan alzó la nariz al frío aire y olisqueó—. Está tan cerca que casi puedo olerla.
Richard fue contando los descansillos a medida que descendía para no perderse. Se veía capaz de recordar el camino de salida del Alcázar, pues el paisaje interior iba variando, pero en el interior de la torre era fácil desorientarse. Olía a podredumbre, como una profunda ciénaga, seguramente porque el agua que entraba por las ventanas abiertas se acumulaba en el fondo.