La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
»¿Quién es? —le preguntó con una amplia sonrisa, al tiempo que echaban a andar. Inmediatamente hizo un gesto negativo con la mano, avergonzado, pues teniendo en cuenta el extraño estado de ánimo que mostraba Berdine, se le ocurrió que estaba siendo indiscreto—. No me lo digas si no quieres. No tienes por qué. No te sientas obligada. Es cosa tuya y de nadie más.
Berdine tragó saliva antes de responder.
— Por todo lo que habéis hecho por nosotras quiero confesar.
— ¿Confesar? —replicó Richard, desconcertado—. Decirme de quién estás enamorada no es una confesión sino…
— Es Raina.
Richard se quedó sin habla. Volvió la cabeza y se fijó por dónde iban.
— Por las baldosas verdes, sólo el pie izquierdo. El pie derecho sólo en las blancas, hasta que crucemos este espacio. No te saltes ninguna verde ni blanca. Y antes de levantar el pie de la última baldosa toca el pedestal.
Con Berdine a la zaga, Richard fue pisando cuidadosamente las baldosas blancas y verdes hasta llegar al suelo de piedra del otro lado, tocó el pedestal y penetró en el alto y estrecho pasadizo de reluciente piedra plateada semejante a una hendidura en un enorme joyero.
— ¿Cómo lo sabíais, me refiero a pisar una baldosa verde y otra blanca?
— ¿Qué? —Era evidente que Richard no se esperaba aquella pregunta—. Pues no sé. Supongo que era una especie de escudo. —Cuando volvió la vista hacia ella vio que Berdine caminaba con los ojos clavados en el suelo—. Berdine, yo también quiero a Raina. Y a Cara, y a ti, y a Ulic y Egan. Somos como una familia. ¿Es eso a lo que te refieres? —Berdine negó con la cabeza sin atreverse a mirarlo—. Pero… Raina es una mujer.
Berdine le lanzó una fría mirada iracunda.
— Berdine —dijo Richard tras un largo silencio—, es mejor que no digas nada de esto a Raina o…
— Raina también está enamorada de mí.
Richard se puso muy rígido, sin saber qué decir.
— Pero ¿cómo es posible…?, no podéis… no entiendo cómo… ¿Berdine, por qué me dices esto?
— Porque vos siempre habéis sido sincero con nosotras. Al principio no creíamos que cumpliríais vuestra palabra. Bueno, al menos yo no lo creía. Cara siempre ha confiado en vos, pero yo no.
El rostro de la mujer adoptó la fría y distante expresión propia de una mord-sith para añadir:
— Cuando Rahl el Oscuro aún era nuestro lord Rahl lo descubrió y me obligó a compartir su lecho. Se rió de mí. A él… a él le gustaba tomarme porque lo sabía. Era su manera de humillarme. Yo creí que si vos lo sabíais me haríais lo mismo, por lo que traté de ocultarlo fingiendo que me gustabais.
Richard sacudió la cabeza.
— Berdine, yo jamás te haría algo tan horrible.
— Lo sé, ahora lo sé. Por eso quería confesároslo, porque vos siempre habéis sido sincero conmigo y yo no.
— Ahora ya no importa —la tranquilizó Richard—. Me alegro de que te sientas mejor. —Mientras doblaban un recodo y entraban en un serpenteante pasillo de paredes enlucidas, le preguntó—: ¿Es culpa de Rahl el Oscuro por haberte convertido en una mord-sith? ¿Por eso odias a los hombres?
Berdine lo miró frunciendo el entrecejo.
— Yo no odio a los hombres. Es sólo que… no sé, siempre me han atraído más las mujeres, desde muy joven. Los hombres no me interesan. ¿Me odiáis ahora?
— No, no, yo no te odio, Berdine. Sigues siendo mi protectora; eso no ha cambiado. Pero ¿por qué no intentas dejar de pensar en ella? No sé, es que no me parece que esté bien.
Berdine esbozó una nostálgica sonrisa.
— Cuando Raina me dedica una de sus sonrisas especiales, de pronto el día se ilumina, siento que eso está bien. Cuando me acaricia la cara y mi corazón late desbocado, siento que eso está bien. Sé que mi corazón está en buenas manos. Pero vos me despreciáis. —La sonrisa se marchitó.
Richard desvió la mirada y súbitamente se sintió muy avergonzado.
— Eso mismo siento yo por Kahlan. En una ocasión mi abuelo me aconsejó que la olvidara, pero fue imposible.
— ¿Por qué os aconsejó eso?
Richard no podía contarle que era porque Kahlan era una Confesora y Zedd pensaba solamente en el bienestar de Richard; se suponía que nadie debía amar a una Confesora. Ojalá pudiera ser totalmente sincero con Berdine, pero no podía.
— Él creía que no me convenía —dijo al fin.
Al final del corredor Richard la ayudó a cruzar otro de los escudos que causaban hormigueo. La habitación, triangular, tenía un banco. Richard la hizo sentarse junto a él y situó la esfera luminosa entre ambos.
— Berdine, creo que comprendo lo que sientes. Yo sentí lo mismo cuando mi abuelo me dijo que me olvidara de Kahlan. Nadie tiene derecho a decirte qué debes sentir. O sientes algo o no lo sientes. Aunque no te entiendo ni lo apruebo, todas vosotras os estáis convirtiendo en amigas mías. La amistad no se pierde porque seamos distintos.
— Lord Rahl, sé que nunca podréis aceptarlo pero tenía que decíroslo. Mañana regresaré a D’Hara, y así no tendréis que soportar entre vuestros guardaespaldas a alguien a quien no aprobáis.
Richard se quedó un momento pensativo.
— ¿Te gustan los guisantes hervidos?
— Sí —respondió Berdine, extrañada.
— Yo los odio. ¿Te gusto menos ahora porque odio algo que a ti te gusta? ¿Deseas por eso dejar de ser mi protectora?
Berdine hizo una mueca.
— Lord Rahl, no estamos hablando de guisantes hervidos. ¿Cómo podréis confiar en mí si no aprobáis lo que hago?
— No es que no lo apruebe, Berdine. Es sólo que no me parece bien. Pero eso no es cosa mía. Escucha, cuando era más joven tenía un amigo, Giles, que también era guardabosque y pasábamos mucho tiempo juntos, porque teníamos mucho en común.
»Pero entonces se enamoró de Lucy Fleckner. Yo detestaba a Lucy, porque se mostraba cruel con Giles. No entendía qué veía mi amigo en ella. A mí no me gustaba y no aceptaba que a Giles sí. Perdí a mi amigo porque no podía ser como yo deseaba que fuera. No lo perdí por culpa de Lucy, sino por mi culpa. Perdí todas las cosas buenas que compartíamos porque me negaba a aceptarlo como era. Siempre he lamentado lo que hice.
»Creo que esto es parecido. A medida que aprendas que eres más que una mord-sith, como yo fui aprendiendo a medida que me hice mayor, descubrirás que un amigo es alguien en quien puedes confiar, aunque haya partes de esa persona que no te gustan. En comparación con las razones por las que alguien es tu amigo, las cosas que no entiendes no importan. No es preciso que lo entiendas, ni que hagas lo mismo que él, ni que vivas su vida por él. Si realmente alguien te importa, deseas que sea quien es, que es justo por lo que os hicisteis amigos.
»Tú me importas, Berdine, y eso es lo que cuenta.
— ¿Es verdad eso?
— Sí.
La mord-sith le echó los brazos al cuello y lo abrazó.
— Gracias, lord Rahl. Después de salvarme temí que desearais no haberlo hecho. Ahora me alegro de habéroslo contado. Raina se sentirá aliviada al saber que no nos trataréis como lord Rahl.
Al ponerse de pie, una parte del muro de piedra se deslizó a un lado. Richard la cogió de la mano y la condujo fuera de aquella extraña sala, pasaron otra entrada, bajaron una escalera y entraron en una habitación fría y húmeda con un suelo de piedra que formaba una enorme chepa en el centro.
— Si ahora somos amigos, ¿puedo deciros las cosas que me disgustan de vos, lo que no apruebo? —Richard asintió—. Bueno, no me gusta la injusticia que cometisteis con Cara. Está enfadada por eso.
Richard miró hacia atrás en aquella extraña habitación que parecía absorber la luz.
— ¿Cara está enfadada conmigo? ¿Qué le he hecho?
— La habéis tratado mal por mi causa. —Al ver la expresión de desconcierto de Richard, se apresuró a explicar—: Cuando yo estaba bajo ese hechizo y os amenacé con el agiel al dar por finalizada la búsqueda de Brogan, os enfadasteis con todas. Tratasteis a Cara y a Raina como si también ellas os hubieran provocado, aunque sólo fui yo.