La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
En una intersección el pasillo comunicaba con otro corredor, más ancho y agradable. Era de piedra color rosa pálido, y a ambos lados se abrían cavernosas salas con bancos acolchados.
Al abrir los batientes de una amplia puerta doble que daba acceso a una de las grandes salas del corredor descubrió una biblioteca. El suelo de madera pulida, las paredes revestidas con paneles y el techo enjalbegado le daban un agradable aspecto que invitaba a entrar. Había mesas y cómodas sillas junto a las hileras de estanterías. En el extremo más alejado una ventana acristalada dominaba la ciudad de Aydindril y convertía la sala en un lugar luminoso y aireado.
Pasó a la siguiente sala del corredor, que resultó ser otra biblioteca. Parecía que aquel pasillo corría paralelo a la fachada del Alcázar y contenía una serie de enormes bibliotecas. Cuando llegaron al final, habían encontrado hasta doce.
Richard jamás hubiera imaginado que existiera tal cantidad de libros. Incluso las criptas del Palacio de las Confesoras, con todos los libros que contenía, palidecía al lado de lo que acababa de ver. Necesitaría todo un año para leer siquiera los títulos. De repente se sintió abrumado. ¿Por dónde empezar?
— Supongo que es esto lo que buscabais —comentó Berdine.
— No, no es esto. No sé por qué, pero no es esto. Es demasiado… corriente.
Con Berdine a su lado siguió recorriendo pasadizos y descendió varios niveles por una escalera. El agiel de la mord-sith se balanceaba colgado de la cadena que llevaba a la muñeca, siempre listo para usarlo. Al pie de la escalera encontraron un marco de puerta adornado con hojas de pan de oro que permitía el acceso a una estancia no de mampostería sino excavada en la oscura roca, tal vez una cueva natural ampliada. Allí donde faltaban trozos de roca se veían aristadas y relucientes facetas. A medida que se había ido excavando la roca se habían colocado unas gruesas columnas para aguantar el techo bajo y escarpado.
En el umbral Richard se topó con el cuarto escudo desde que había entrado en el Alcázar, aunque aquél era distinto a los tres primeros; le producía una sensación muy distinta. Al atravesarlo con una mano el plano vertical entre el marco de la puerta empezó a emitir un rojo resplandor que no provenía de ninguna fuente visible, y la sensación no era de hormigueo, sino de calor allí donde la luz roja incidía. Era el escudo más incómodo que había sentido. Temió incluso que le chamuscara el vello de los brazos, pero no fue así.
— Éste es distinto —anunció mientras retiraba el brazo—. Si quieres que me pare, dímelo. —Rodeó con sus brazos a Berdine para protegerla mejor. La mord-sith se puso tensa—. No te preocupes, si quieres que me detenga, avisa.
La mujer asintió y Richard la condujo al otro lado del umbral. Cuando la luz roja tocó el cuero rojo del brazo femenino, ella se encogió.
— No pasa nada, no pasa nada —dijo—. Sigamos adelante.
Richard acabó de cruzar con ella el escudo y la soltó. Berdine no se relajó hasta que Richard retiró los brazos que la rodeaban.
El resplandor de la esfera mágica generaba profundas sombras entre las columnas. Richard vio que alrededor de la estancia se habían excavado pequeños nichos en la roca, tal vez sesenta o setenta. Sin necesidad de distinguir qué contenían, supo que eran objetos de diferentes tamaños y formas.
Mientras recorría con la mirada hasta el último recoveco sintió cómo los pelillos de la nuca se le erizaban. No sabía qué eran esos objetos pero su instinto le decía que eran extremadamente peligrosos.
— Quédate junto a mí y, sobre todo, no te acerques a las paredes. —Con el mentón señaló una dirección a través de la vasta sala—. Por ahí. Debemos ir hacia ese pasillo.
— ¿Cómo lo sabéis?
— Fíjate en el suelo. —En la tosca piedra natural marcaba un serpenteante sendero surgido por el desgaste—. Será mejor que no nos apartemos de este sendero.
Los azules ojos de Berdine lo miraron con aprensión.
— Id con cuidado. Si algo os ocurre, nunca podría salir de aquí yo sola para pedir ayuda. Nos quedaríamos aquí atrapados.
Richard sonrió y echó a andar por la silenciosa sala semejante a una caverna.
— Bueno, ése es el riesgo que corres por ser mi favorita.
Pese a los intentos de Richard por alegrar el ambiente, la inquietud de Berdine no disminuyó.
— ¿Lord Rahl, puedo preguntaros algo? Es una pregunta importante. Una pregunta de tipo personal.
— Pues claro. Pregunta.
La mord-sith se echó la trenza de pelo castaño ondulado sobre un hombro y disparó.
— Después de casaros con vuestra reina seguiréis teniendo otras mujeres, ¿verdad?
Richard la miró con el entrecejo fruncido.
— Ahora no tengo otras mujeres. Amo a Kahlan y le soy totalmente fiel.
— Pero vos sois lord Rahl. Podríais tener a la mujer que quisierais. Incluso a mí. Lord Rahl siempre tiene muchas mujeres. No tenéis más que chasquear los dedos.
Richard sabía con certeza que Berdine no se le estaba insinuando.
— ¿Es porque te puse la mano encima, porque te toqué un pecho? —Berdine le hurtó la mirada y asintió—. Berdine, lo hice para ayudarte, no por… bueno, por ninguna otra razón. Espero que lo sepas.
Rápidamente la mord-sith posó una mano en su brazo para tranquilizarlo.
— Lo sé, lo sé. No es eso lo que quiero decir. Nunca me habéis tocado de otra forma. Lo que quiero decir es que nunca me habéis exigido determinados servicios. —Berdine se mordió el labio inferior antes de continuar—. El modo en que me tocasteis me hace sentir muy avergonzada.
— ¿Por qué?
— Porque arriesgasteis vuestra vida para ayudarme. Vos sois mi lord Rahl, y yo no he sido honesta con vos.
Con un gesto Richard la guió por el sendero alrededor de una columna tan ancha que ni veinte hombres podrían rodearla.
— Me confundes, Berdine.
— Bueno, lo que digo es que, si soy vuestra favorita, no pensaréis que me disgustáis, ¿verdad?
— ¿Estás tratando de decirme que no te gusto?
— Oh no —replicó ella, agarrándose nuevamente de su brazo—. Yo os amo.
— Berdine, ya te he dicho que Kahlan…
— No es ese tipo de amor. Os amo porque sois mi lord Rahl. Me habéis liberado. Vos veis en mí más que a una mord-sith y demostráis que confiáis en mí. Me salvasteis la vida. Gracias a vos vuelvo a ser la que era. Os amo por ser como sois, lord Rahl.
Richard sacudió la cabeza como si tratara de aclararse las ideas.
— No entiendo qué me estás diciendo. ¿Qué relación tiene eso con que siempre digas que eres mi favorita?
— Digo eso para que sepáis que, si me lo pidierais, acudiría voluntariamente a vuestro lecho. Temía que si sabíais que no lo deseo, entonces me obligaríais, por pura maldad.
Al llegar al corredor que nacía de aquella habitación, Richard extendió la luz para examinarlo. Parecía un simple pasillo de piedra.
— No te preocupes más por eso. —Con un gesto le indicó que podía seguir—. Ya te he dicho que yo no haría tal cosa.
— Lo sé. Y después de lo que hicisteis… —Berdine se llevó una mano a su seno izquierdo— os creo. Antes no os creía. Empiezo a comprender que realmente sois diferentes en más de un aspecto.
— ¿Diferente a quién?
— A Rahl el Oscuro.
— En eso tienes toda la razón. —Siguieron caminando por el largo corredor. De pronto a Richard se le encendió una lucecita—. ¿Estás tratando de decirme que estás enamorada de alguien y que solamente decías esas cosas para que no creyera que tratabas de evitarme y se me ocurriera obligarte?
La mord-sith apretó un momento la trenza y cerró los ojos antes de decir:
— Sí.
— ¿De veras? Eso es maravilloso, Berdine. —El pasillo desembocaba en una amplia sala cuyas paredes se adornaban con penachos de piel y pelo entrelazados que colgaban de paneles enmarcados. Richard los examinó a distancia. Uno de los penachos era de pelaje de gar.