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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Zedd escrutó la cara de la mujer a la tenue luz. Por fin dijo suavemente:

— La historia no la escriben hombres razonables.

35

— No toquéis nada —les recordó Richard por enésima vez mirándolos ceñudo de reojo—. Lo digo muy en serio.

Las tres mord-sith no respondieron. Alzaron la vista hacia el alto techo de la entrada en forma de arco y a continuación a los enormes bloques de granito oscuro intrincadamente unidos, más allá del macizo rastrillo elevado que franqueaba el acceso al Alcázar del Hechicero.

Richard volvió la vista atrás hacia el ancho camino por el que habían ascendido la ladera de la montaña y que moría en un puente de piedra de casi ochenta metros de longitud colgado sobre un abismo cuyas paredes caían casi en vertical al vacío. No estaba seguro de la profundidad de la sima, pues las nubes que se arremolinaban alrededor de las paredes de roca, resbaladizas por efecto del hielo, oscurecían el fondo. Al cruzar el puente y bajar la mirada hacia las fauces oscuras y melladas de la montaña, la cabeza le dio vueltas. ¿Cómo había sido posible construir ese puente de piedra?

A no ser que uno tuviera alas, el puente era el único acceso al Alcázar.

La escolta oficial de lord Rahl, compuesta por quinientos hombres, esperaba al otro lado del puente. Su propósito inicial de entrar con él en el Alcázar se había desvanecido cuando, tras doblar una curva muy pronunciada, llegaron a su meta y todos, incluyendo Richard, contemplaron la inmensidad del Alcázar, sus excelsos muros de piedra oscura, sus murallas, sus bastiones, sus torres, sus pasarelas y sus puentes. En su conjunto transmitía una inconfundible sensación de siniestra amenaza surgida de la piedra de la montaña, como si estuviera vivo y los mirara. Al contemplar el Alcázar Richard notó que las piernas le flaqueaban, y cuando ordenó a los soldados que lo esperaran allí éstos apenas protestaron.

Richard tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para obligarse a entrar, pero la idea de que todos aquellos hombres presenciaran cómo lord Rahl, su mago, se arredraba ante el Alcázar del Hechicero le daba fuerzas. Además, tenía que entrar allí. Para armarse de valor recordó que Kahlan le había contado que el Alcázar estaba protegido por hechizos mágicos y que en algunos sitios ni siquiera ella podía entrar, pues los hechizos socavaban el valor de cualquiera que intentara entrar. «No es más que eso —se dijo—, no es más que un hechizo para alejar a los curiosos, es sólo una sensación y no una amenaza real.»

— Qué calor hace aquí —comentó Raina. Sus oscuros ojos lo contemplaban todo con absoluto asombro.

Tenía razón. Una vez que atravesaron el rastrillo de hierro, a cada paso que daban el aire se hacía menos frío. Dentro, la atmósfera era de un espléndido día de primavera. No obstante, el cielo sombrío y de un gris acerado que hendía la montaña así como el crudo viento que azotaba la carretera no tenían nada de primaverales.

La nieve acumulada en sus botas empezaba a fundirse. Todos se quitaron sus pesados mantos y los amontonaron contra el muro de piedra. Richard comprobó que tenía la espada lista para desenvainarla.

Atravesaron una imponente abertura arqueada de más de quince metros de longitud. Richard se dio cuenta de que no era más que una brecha en la muralla exterior. Más allá, el camino atravesaba una zona despejada antes de convertirse en un túnel que horadaba la base de un alto muro de piedra y desaparecía en la penumbra. Probablemente llegaba a las caballerizas, por lo que no había razón alguna para seguirlo.

Richard luchaba contra el impulso de envolverse en su negra capa de mriswith y volverse invisible. Últimamente lo hacía cada vez más a menudo, pues le reconfortaba no sólo la soledad que le proporcionaba sino que también despertaba en él una sensación placentera e indefinible, muy similar a la tranquilidad que le daba notar la magia de la espada en su cadera, siempre allí, siempre a su entera disposición, siempre su aliada y su defensora.

A su alrededor, las intrincadas junturas de los muros de mampostería creaban en el gris y deprimente patio de la fortaleza una escarpada cañada salpicada con numerosas puertas. Richard decidió tomar un sendero formado por pasaderas colocadas entre gravilla de granito que conducía a una de las puertas de mayor tamaño.

De repente Berdine le agarró un brazo con tanta fuerza que Richard se encogió de dolor y se dio la vuelta para tratar de desasirse.

— ¿Berdine, qué estás haciendo? ¿Qué pasa?

Pese a que logró soltarse, Berdine volvió a agarrarse a él como una lapa.

— Mirad —dijo al fin la mord-sith en un tono de voz que puso los pelos de punta a Richard—. ¿Qué se supone que es eso?

Todos se volvieron hacia donde apuntaba con el agiel.

Fragmentos de roca y piedra se ondulaban en forma de olas como si algún enorme pez de piedra nadara bajo ellas. Cuando el ser invisible se acercó al grupo, todos procuraron colocarse en el centro de una pasadera. La gravilla crujía y rechinaba a la par que se ondulaba como el agua de un lago.

A medida que la cresta de las olas se aproximaba, Berdine le apretaba más y más el brazo. Incluso Ulic y Egan ahogaron sendas exclamaciones, como el resto, cuando sintieron que la cosa pasaba bajo las piedras donde se hallaban. Pequeños fragmentos de gravilla lamieron las pasaderas sobre las que se encontraban. Luego las ondas se fueron alejando hasta que todo quedó quieto.

— Bueno, ¿qué era eso? —espetó Berdine—. ¿Qué nos hubiera sucedido de haber ido por ahí, hacia una de las otras puertas, en vez de tomar este camino?

— ¿Cómo quieres que lo sepa?

— Vos sois mago. Se supone que debéis saber esas cosas.

Berdine se hubiera enfrentado sin dudarlo contra Ulic y Egan, ella sola, sin dudarlo si Richard se lo ordenaba, pero la magia era algo muy distinto. Sus cinco guardaespaldas eran intrépidos cuando se trataba de combatir contra el acero, pero ninguno de ellos ocultaba el miedo que les inspiraba la magia. Se habían cansado de explicarle que ellos eran el acero contra el acero, y Richard la magia contra la magia.

— Escuchadme bien todos, os he dicho un montón de veces que no sé mucho de ser mago. Nunca he estado antes aquí, por lo que tampoco sé mucho de este lugar ni de cómo protegeros. ¿Haréis lo que os pido y me esperaréis con los soldados al otro lado del puente? Por favor.

Por toda respuesta Ulic y Egan se cruzaron de brazos.

— Vamos con vos —insistió Cara.

— Eso es —se reafirmó Raina.

— No podéis impedírnoslo —declaró Berdine, soltándole al fin el brazo.

— ¡Pero puede ser peligroso!

— Por eso mismo debemos ir. Para protegeros —dijo Berdine.

Richard puso mala cara.

— ¿Cómo? ¿Apretándome el brazo para que no circule la sangre?

Berdine se sonrojó.

— Lo siento.

— Escuchad, yo no sé nada de la magia de este lugar. No sé qué peligros oculta y mucho menos cómo evitarlos.

— Por eso debemos ir —le explicó Cara con paciencia exagerada—. Vos no sabéis cómo protegeros. Es posible que os seamos de ayuda. Quién sabe si vais a necesitar un agiel o la fuerza bruta —al decir esto señaló a Ulic y Egan—. Imaginad que caéis en un pozo, sin escalera, y nadie oye vuestros gritos de auxilio. Podríais sufrir un accidente que no tenga nada que ver con la magia.

Richard suspiró.

— De acuerdo, de acuerdo. En eso tienes razón. Pero después no os quejéis si un pez de piedra o algo parecido os muerde un pie, ¿entendido?

Las tres mord-sith sonrieron. Incluso Egan y Ulic sonrieron. Richard lanzó un suspiro de cansancio.

— Adelante, pues.

La puerta era de madera gris, erosionada por efecto de los elementos. Medía tres metros y medio de altura, y estaba incrustada en un hueco de la pared, sujeta con abrazaderas de hierro simples pero sólidas, aseguradas con toscos clavos tan grandes como sus dedos. En el dintel de piedra había grabadas unas palabras escritas en un lenguaje que ninguno de ellos entendía. Cuando Richard acercó la mano al picaporte, la puerta empezó a abrirse hacia adentro pivotando sobre silenciosos goznes.

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