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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— ¿Eh? ¿A qué te refieres?

Kahlan se secó la última de las lágrimas.

— Bueno, cuando estábamos con la gente barro se le metió entre ceja y ceja convocar una reunión de espíritus. El Hombre Pájaro lo previno de que era peligroso. Incluso los espíritus trataron de avisarlo: una lechuza lo golpeó en la cabeza, haciéndole un corte en el cuero cabelludo, y luego cayó al suelo, muerta. El Hombre Pájaro lo interpretó como que los espíritus advertían a Richard que no convocara la reunión. Pero Richard siguió adelante. La reunión permitió a Rahl el Oscuro regresar del inframundo. Cuando Richard quiere algo, nada lo detiene.

Zedd se estremeció.

— Pero ahora mismo no quiere nada. No tiene ninguna necesidad de ir allí.

— Zedd, ya sabes cómo es Richard. Le gusta aprender. Es posible que decida ir simplemente a echar un vistazo, por pura curiosidad.

— Pues la curiosidad puede costarle la vida.

— En la carta decía que uno de sus guardaespaldas había muerto. Bueno, ahora que lo pienso, en realidad se refería a una mujer. ¿Por qué tiene guardaespaldas femeninas? —inquirió con desconcierto.

Zedd agitó los brazos con impaciencia.

— No lo sé. ¿Qué ibas a decir sobre la muerte de esa guardaespaldas?

— Por lo que sabemos, es posible que alguien de la Orden ya esté en el Alcázar y la matara usando magia. O es posible que Richard tema que los mriswith se apoderen del Alcázar y decida ir allí para evitarlo.

Zedd se frotó la imberbe mandíbula con un pulgar.

— No tiene ni idea de los peligros que acechan en Aydindril, y mucho menos de la naturaleza mortífera de lo que se guarda en el Alcázar. Recuerdo que una vez le dije que en su interior se guardaban objetos mágicos, como la Espada de la Verdad, y libros. Pero me olvidé de mencionar que muchos eran peligrosos.

— ¿Libros? —Kahlan le apretó un brazo—. ¿Le dijiste que en el Alcázar hay libros?

— Gran error, ¿verdad? —gruñó el mago.

— Eso me temo —suspiró Kahlan.

Zedd se echó las manos a la cabeza.

— ¡Tenemos que regresar enseguida a Aydindril! Richard no controla su don. —Zedd estaba frenético—. Si la Orden usa magia para apoderarse del Alcázar, Richard no podrá detenerlos. Podríamos perder esta guerra apenas empezada.

Kahlan apretaba los puños.

— No puedo creerlo —declaró—. Llevamos semanas huyendo de Aydindril y ahora tenemos que volver. Tardaremos semanas en llegar.

— Es inútil lamentarse de errores pasados. Debemos concentrarnos en lo que podemos hacer a partir de ahora. No podemos cambiar el pasado.

Kahlan miró a Gratch.

— Richard nos envió una carta. Podríamos enviarle otra de vuelta para avisarlo.

— Eso no lo ayudará a defender el Alcázar si la Orden utiliza magia.

Kahlan notaba que la cabeza le daba vueltas con pensamientos a medio formular y soluciones precipitadas.

— ¿Gratch, podrías llevarnos a uno de nosotros donde está Richard?

El gar los miró alternativamente deteniéndose especialmente en el mago y al fin negó con la cabeza.

Kahlan se mordió el labio inferior, frustrada. Zedd no dejaba de caminar delante del fuego, mascullando algo para sus adentros. Adie tenía la mirada perdida. De pronto Kahlan lanzó una exclamación.

— ¡Zedd! ¿Podrías usar magia?

El mago se detuvo y alzó la vista hacia ella.

— ¿Qué tipo de magia?

— Algo como lo que hiciste hoy con el carromato. Levantarlo con magia.

— Yo no puedo volar, querida. Sólo levanto cosas.

— ¿Pero podrías hacernos más ligeros, como el carromato, para que Gratch pudiera llevarnos?

Zedd retorció su arrugada faz.

— No. Costaría demasiado mantener ese esfuerzo. Esa magia funciona con cosas inanimadas, como rocas o vehículos, pero con seres vivos es muy distinto. Podría alzarnos a todos un poco pero por pocos minutos.

— ¿Podrías hacerlo sólo para ti? ¿Podrías hacerte tan ligero que Gratch pudiera llevarte?

El mago se animó.

— Sí, quizá. Será difícil mantener ese esfuerzo mucho tiempo pero creo que podría.

— ¿Y tú, Adie? ¿Podrías tú también?

— No. —La hechicera se hundió en la silla—. Yo no tengo el mismo poder que él. No podría.

— En ese caso —sentenció Kahlan, tragándose sus temores— tendrás que ir tú, Zedd. De ese modo podrías adelantarte varias semanas. Richard te necesita. No puede esperar. Cada minuto que pasa supone un peligro para nuestra causa.

— ¡No puedo dejaros indefensas! —protestó Zedd, alzando sus enjutos brazos.

— Tengo a Adie.

— ¿Y si los mriswith atacan, tal como teme Richard?

Kahlan lo agarró por una de sus negras mangas.

— Si Richard entra en el Alcázar, podría morir. Si la Orden se apodera del Alcázar del Hechicero y de su magia, todos moriremos. Eso es más importante que mi vida. Si dejamos que ganen, muchas personas morirán, como en Ebinissia, y quienes sobrevivan quedarán reducidos a la esclavitud. Toda magia se extinguirá. Se trata de una decisión de guerra.

»Además, aún no hemos visto a ningún mriswith. El hecho de que hayan atacado Aydindril no significa que vayan a atacarnos a nosotros. De todos modos, el hechizo oculta mi identidad. Nadie sabe que la Madre Confesora sigue viva, ni que sea yo. No tienen ningún motivo para atacarme especialmente a mí.

— Un razonamiento impecable. Ahora entiendo por qué fuiste elegida Madre Confesora. No obstante, sigo creyendo que es una locura. ¿Qué opinas tú, Adie? —Zedd apeló a la hechicera.

— Creo que la Madre Confesora tiene razón. Debemos considerar cuál es la acción más importante. No podemos poner en peligro a todo el mundo a cambio de la seguridad de unos pocos.

Kahlan se colocó delante de Gratch. Con el gar agachado, sus ojos quedaban a la misma altura.

— Gratch, Richard corre un gran peligro —dijo la mujer. Gratch agitó las empenachadas orejas—. Necesita la ayuda de Zedd y también la tuya. A mí no va a pasarme nada; no hemos visto a ningún mriswith. ¿Podrías llevar a Zedd hasta Aydindril? Él es mago y se hará muy ligero, para que puedas con él. ¿Lo harás por mí y por Richard?

Los relucientes ojos de Gratch se posaron alternativamente en los tres humanos. Pensaba. Finalmente se levantó, desplegó sus correosas alas y asintió. Kahlan abrazó al gar, y la bestia le devolvió el gesto.

— ¿Estás cansado, Gratch? ¿Quieres descansar o prefieres ponerte en marcha ya mismo?

Por respuesta Gratch batió las alas.

Zedd, cada vez más alarmado, miraba a uno y a otro.

— Córcholis. Esto será lo más insensato que haya hecho en mi vida. Si el Creador quisiera que volara, me habría dado alas.

— Jebra tuvo una visión de ti con alas —le recordó Kahlan, esbozando una sonrisa.

— Sí —replicó el mago, posando las manos sobre sus huesudas caderas— y también me vio cayendo en una bola de fuego. De acuerdo. Vámonos.

Adie se puso en pie y lo abrazó.

— Eres un viejo loco muy valiente.

— Sobre todo loco —rezongó Zedd. Pero al fin le devolvió el abrazo. Cuando la hechicera le pellizcó el trasero lanzó un gritito.

— Te ves muy guapo con esas ropas tan elegantes, viejo.

Zedd no pudo evitar sonreír.

— Sí, supongo que sí. Bueno, al menos un poco —se corrigió, ceñudo—. Cuida de la Madre Confesora. Cuando Richard descubra que me he dejado convencer para dejarla sola, hará algo más que darme un pellizco.

Kahlan echó los brazos alrededor del flaco mago. De pronto se sentía desolada. Zedd era el abuelo de Richard, y le gustaba tener al menos un poco de Richard junto a ella.

Cuando se separaron Zedd miró a Gratch con una mueca.

— Bueno, Gratch, será mejor que nos pongamos en marcha.

En el frío aire de la noche Kahlan agarró al mago por una manga.

— Zedd, trata de inculcar un poco de sentido común a Richard. No puede hacerme esto. —Kahlan se estaba acalorando—. Está siendo poco razonable.

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