La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Gratch escrutó su rostro, alzó la garra y le acarició el pelo. Entonces Kahlan vio que llevaba alrededor del cuello un mechón de su cabello sujeto a una cinta de cuero, junto con un colmillo de dragón. Lentamente Gratch volvió a negar con la cabeza. A Kahlan se le cayó el alma a los pies.
— ¿No está de camino? ¿Pero te ha enviado a buscarme?
Gratch asintió y acompañó el gesto con un leve aleteo.
— ¿Por qué? ¿Sabes tú por qué?
Gratch cabeceó. Se llevó una garra a la espalda y cogió algo que le colgaba sujeto a otra correa. Era un objeto rojo y largo, que le tendió a la mujer.
— ¿Qué es? —quiso saber Zedd.
Kahlan trataba ya de deshacer el nudo.
— Es una funda para llevar documentos. Tal vez contiene una carta de Richard.
Gratch asintió. Después de liberar el nudo Kahlan pidió a Gratch que se sentara. El gar obedeció sin protestar y se agachó al lado de Kahlan, que sacaba la carta enrollada de dentro de la funda.
Zedd fue a sentarse junto a Adie al lado del fuego.
— Oigamos las excusas del muchacho. Será mejor que sean buenas o va a oírme.
— Lo mismo digo —convino Kahlan en voz baja—. Aquí hay lacre suficiente para sellar una docena de cartas. Tendremos que enseñar a Richard cómo se sella un documento. —La examinó a la luz—. Es la espada. Ha presionado la empuñadura de la Espada de la Verdad sobre el lacre.
— Para que sepamos que realmente la ha escrito él —observó Zedd, al tiempo que alimentaba el fuego.
Una vez acabó de romper el sello, Kahlan desplegó la carta y se colocó de espaldas al fuego para poder leerla.
— «Mi queridísima reina —leyó en voz alta—, rezo a los buenos espíritus para que esta carta llegue a tus manos…»
Zedd se levantó de un salto.
— Es un mensaje —declaró.
— Pues claro que es un mensaje —replicó Kahlan, desconcertada—. Es su carta.
— No, no. Quiere decirnos algo. Conozco a Richard, sé cómo piensa. Nos está diciendo que teme que si alguien se apodera de esta carta, podría traicionarnos… a nosotros o a él. Nos avisa de que no podrá decirnos todo lo que quisiera decir.
Kahlan se mordió el labio inferior.
— Sí, tiene sentido. Richard no suele hacer nada sin pensar.
— Continúa —la invitó Zedd, que se dio media vuelta para asegurarse de que su huesudo trasero quedaría sentado sobre la silla.
— «Mi queridísima reina, rezo a los buenos espíritus para que esta carta llegue a tus manos y para que tanto tú como tus amigos estéis bien y a salvo. Han ocurrido muchas cosas, y debo pedirte que seas comprensiva.
»La alianza de la Tierra Central ya no existe. Siento sobre mí la furibunda mirada de Magda Searus, la primera Madre Confesora, y su mago, Merritt, porque ambos han sido testigos del final de la alianza y porque he sido yo el artífice de su fin.
»Siento sobre mis espaldas la carga de miles de años de historia, pero trata de comprender que, de no haber actuado como lo he hecho, nuestro único futuro habría sido como esclavos de la Orden Imperial, y en ese caso la historia de la Tierra Central quedaría relegada al olvido.»
Kahlan se llevó una mano a su desbocado corazón e hizo una pausa para inspirar una bocanada de aire antes de proseguir.
— «Hace meses la Orden Imperial empezó a destruir la Tierra Central al ganar nuevos aliados entre quienes la integraban y minar así su unidad. Mientras nosotros luchábamos contra el Custodio, ellos luchaban para arrebatarnos la seguridad de nuestros hogares. Si tuviéramos más tiempo, quién sabe si podríamos restablecer esa unidad, pero el tiempo es un lujo del que no disponemos pues la Orden sigue adelante con sus planes sin detenerse ni un segundo. Con la Madre Confesora muerta, he tenido que hacer lo debido para forjar una nueva unidad.»
— ¿Qué? ¿Qué ha hecho? —graznó Zedd.
Kahlan lo silenció con una iracunda mirada por encima de la carta, que temblaba en sus manos, y siguió leyendo.
— «La dilación es debilidad, y la debilidad significa muerte a las manos de la Orden. Nuestra amada Madre Confesora conocía el precio del fracaso y nos encomendó que condujésemos esta guerra hacia la victoria. Ella declaró la guerra sin cuartel a la Orden Imperial y, en su sabiduría, no se equivocó. No obstante, el egoísmo fragmentó la alianza y la ha conducido a su ruina. Me he visto obligado a actuar.
»Mis tropas han conquistado Aydindril.»
Zedd explotó.
— ¡Rayos y centellas! Pero ¿de qué está hablando? ¡Richard no tiene tropas! ¡No tiene más que una espada y esa alfombra voladora con alas!
Gratch se alzó con un gruñido. Zedd se encogió.
Con un parpadeo Kahlan alejó las lágrimas de sus ojos.
— Estaos quietos los dos.
Zedd miraba alternativamente a ella y al gar.
— Lo siento, Gratch, no pretendía ofenderte.
Ambos se calmaron y Kahlan siguió leyendo.
— «Hoy he reunido a los delegados de los países representados en Aydindril y los he informado de que he disuelto la alianza de la Tierra Central. Mis tropas han rodeado sus palacios y muy pronto habrán desarmado a sus soldados. Les he dicho lo mismo que te digo a ti: en esta guerra sólo hay dos bandos, el nuestro y el de la Orden Imperial. Nadie puede quedar al margen. Lograremos la unidad, de un modo u otro. Todos los países de la Tierra Central deberán rendirse ante D’Hara.»
— ¡D’Hara! ¡Recórcholis!
Kahlan no alzó la mirada. Las lágrimas seguían bañando sus mejillas.
— Si tengo que repetirte otra vez que te estés callado, tendrás que esperar fuera mientras acabo de leer la carta.
Adie agarró al mago por la túnica y tiró de él para que se sentara.
— Continúa.
Kahlan se aclaró la garganta y siguió leyendo.
— «He dicho a los representantes que tú, la reina de Galea, serías mi futura esposa y que tu rendición y nuestro enlace es muestra de que no se trata de una conquista sino de una unión forjada en paz, con objetivos comunes y basada en el respeto mutuo. Los diversos países conservarán su patrimonio y sus legítimas tradiciones pero deberán renunciar a su soberanía. Se protegerá la magia en todas sus formas. Seremos una sola nación con un ejército, bajo un mando único y bajo una sola ley. Todos los países que se unan a nosotros pacíficamente tendrán voz y voto a la hora de formular esa ley.»
A Kahlan se le quebró la voz.
— «Debo pedirte que regreses enseguida a Aydindril y que rindas Galea. Debo tratar con muy diversos países, por lo que tus conocimientos y tu ayuda me serían de gran valor.
»He informado a los delegados de que la rendición es obligatoria. No habrá favoritismos. Cualquier país que no se rinda, será sitiado y no se le permitirá que comercie con nosotros hasta que se produzca la rendición. Si no se rinde pacíficamente, con todos los beneficios que ello comporta, nos veremos obligados a lograr su capitulación con la fuerza de las armas. En ese caso, no sólo no se beneficiará de los beneficios sino que incurrirá en sanciones. Como he dicho, nadie puede quedar al margen. Estaremos unidos.
»Mi reina, yo daría mi vida por ti y no deseo otra cosa que convertirme en tu esposo, pero si a causa de mis acciones tus sentimientos hacia mí cambian, no te obligaré a casarte conmigo. Quiero que entiendas que la rendición de tu país es necesaria y vital. Debemos vivir todos bajo la misma ley. No puedo permitirme el lujo de conceder favores especiales a ningún país, o estaremos perdidos antes incluso de empezar.»
Kahlan tuvo que hacer una pausa para contener los sollozos. A través de las lágrimas apenas distinguía las palabras.
— «Los mriswith han atacado la ciudad. —A Zedd se le escapó un silbido. Kahlan no hizo caso y siguió leyendo—. Con la ayuda de Gratch los vencí y he ordenado clavar sus restos en picas para que decoren la explanada de acceso al Palacio de las Confesoras y todos vean qué aguarda a nuestros enemigos. Los mriswith son capaces de hacerse invisibles gracias a sus capas. Aparte de mí, sólo Gratch puede detectar su presencia. Temo que vayan a por ti. Por eso he enviado a Gratch a protegerte.