La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
En su opinión, el Creador no era una especie de rey sentado en un trono que escuchaba todas las insignificantes plegarias que le dirigían. Los espíritus también habían estado vivos en otro tiempo, por lo que comprendían las necesidades de los mortales, las exigencias de la carne y la sangre.
Zedd le había enseñado que el Creador no era más que otro nombre para denominar el equilibrio en todas las cosas, no un sabio que pronunciaba juicios.
Pero ¿qué más daba? Sabía que la gente se aferra con firmeza a las doctrinas y se niega a ver más allá. La hermana Verna tenía sus creencias, y él no conseguiría hacerla cambiar. Richard jamás había juzgado a nadie por sus creencias y no iba a empezar ahora. Tales creencias, verdaderas o falsas, podían ser un bálsamo.
Richard se quitó el bridecú por encima de la cabeza y tendió la espada a la mujer, diciéndole:
— He estado pensando en lo que dijiste antes y he decidido que ya no quiero la espada.
La Hermana levantó las manos, y el joven le entregó la espada, la funda y el bridecú.
— ¿Estás seguro de esto? —preguntó la mujer sin atisbo de emoción.
— Sí. He acabado con esto. Ahora la espada es tuya.
Dicho esto, dio media vuelta para comprobar la silla. Incluso sin llevar la espada seguía sintiendo el hormigueo de su magia. Podía entregar el arma, pero la magia permanecía en él; él era el verdadero Buscador y no podía librarse de ella. Pero, al menos, podía librarse de la espada y de los actos que cometía con ella.
— Eres un hombre muy peligroso, Richard —susurró la Hermana.
— Justamente por eso te entrego mi arma —replicó el aludido, mirándola por encima del hombro—. Yo ya no la quiero, y tú sí. Así pues, es tuya. Ahora veremos si te gusta mucho matar con ella.
Richard pasó el extremo de la correa de la cincha por la hebilla y apretó. Antes de dar media vuelta, dio a Bonnie una cariñosa palmada. La hermana Verna seguía sosteniendo la espada.
— Hasta ahora no me había dado cuenta de lo peligroso que eres.
— Ya no lo soy. Ahora tú tienes la espada.
— No puedo aceptarla —susurró la mujer—. Mi deber era quitártela cuando regresaras, para ponerte a prueba. Sólo podías hacer una cosa para evitar perderla y acabas de hacerla. Toma. —La Hermana le tendió la espada—. No hay hombre más peligroso que un hombre impredecible. Es imposible saber qué harás cuando se te presiona. Surgirán problemas tanto para nosotras como para ti.
Richard no tenía ni idea de lo que estaba hablando.
— No hay nada impredecible en lo que he hecho; tú querías la espada, y yo estoy harto de las cosas que hago con ella. Así pues, te la entrego.
— Lo comprendes porque así es como piensas. Pero otros piensan de un modo distinto. Eres un enigma, Richard. Y, lo que es peor, te comportas de manera inexplicable justo cuando lo necesitas. Eso es obra del don. Estás usando tu han sin entender qué haces. Eso es peligroso.
— Tú misma dijiste que una de las razones para llevar el collar es para que mi mente se abra al don. Si estoy usando el don, que es justo lo que tú quieres y lo que yo necesito, no veo el peligro por ninguna parte.
— Lo que necesitas y lo correcto no tienen por qué coincidir. El hecho de que quieras algo no significa que esté bien. Tómala. Ahora no puedo aceptarla. Debes quedártela.
— Ya te lo he dicho: no la quiero.
— En ese caso, arrójala al fuego. Yo no puedo tomarla. Está contaminada.
Richard se la arrebató de las manos.
— No pienso arrojarla al fuego. —Se pasó el bridecú por la cabeza y se ajustó la funda de la espada a la cadera—. Creo que eres demasiado supersticiosa, Hermana. No es más que una espada. No está contaminada.
La Hermana se equivocaba. Era la magia la que estaba contaminada y eso no se lo había ofrecido. Por mucho que deseara librarse de su magia, de todo tipo de magia, no podía. La magia era parte de él. Kahlan lo había comprendido y se había deshecho de esa magia, y de él.
La Hermana le dio la espalda y montó a Jessup. Cuando habló, su voz sonaba fría y distante:
— Debemos partir.
Richard montó y la siguió. Deseaba que, después de alimentarse, el pequeño gar tuviera una oportunidad para sobrevivir. Mientras se internaba en la noche en pos de la Hermana, se despidió de él en silencio.
Aunque su renuncia a la espada había ido en serio, se sentía extrañamente aliviado de que le hubiera sido devuelta. Le pertenecía y, si no la tenía, sentía como si le faltara algo. Zedd se la había entregado a él. La espada lo había hecho cambiar, pero también era un recordatorio de su amigo y de su hogar.
25
Pese a estar exhausta, la yegua seguía galopando con desenfreno. Zedd montaba inclinado sobre la cruz del caballo, agarrándose a sus crines, sintiendo los brazos de Adie que se sujetaba a su cintura. Los músculos del animal se contraían y se estiraban rítmicamente. Los árboles del denso bosque no eran más que una interminable mancha que desfilaba con fugacidad a ambos lados. El caballo saltaba por encima de rocas y troncos sin descanso.
El skrin les pisaba los talones. Al ser más alto que el caballo, chocaba contra las ramas al correr. Zedd las oía quebrarse y partirse. Había tratado de frenar al skrin haciendo caer árboles justo detrás de ellos, pero no había tenido éxito. El mago había probado trucos, encantamientos y sortilegios de todo tipo y, aunque ninguno había funcionado, se resistía a admitir la derrota. Si se daba por vencido entraría en un estado mental de resignación que la haría segura.
— Me temo que esta vez el Custodio va a atraparnos —gritó Adie a su espalda.
— ¡Todavía no! ¿Cómo nos ha encontrado? ¡Guardabas los huesos del skrin en tu casa desde hacía muchos años! Si te ocultaban, ¿cómo ha logrado encontrarnos?
Adie no tenía respuesta a eso.
El caballo galopaba por el sendero donde antes se alzaba el Límite, en dirección a la Tierra Central. Zedd daba gracias de que el Límite ya no existiera pues, si no, ya habrían penetrado en el inframundo sin darse cuenta. Pero, con o sin Límite, la persecución no podía prolongarse indefinidamente. El skrin iba a atraparlos y, entonces, caerían en manos del Custodio.
«Piensa», se ordenó a sí mismo el mago.
Zedd usaba su magia para transmitir fuerza y resistencia al caballo, pero incluso así pulmones, corazón y tendones tenían límites físicos. Él mismo estaba casi tan agotado como el asustado animal. La persecución ya no podía durar mucho más.
Tenía que dejar de pensar en frenar la carrera del skrin y concentrarse en hallar una solución al problema. Pero tal cambio de táctica podría ser peligroso. Era posible que, aunque lo que hacía no lograra detener al skrin, estaba impidiendo que los alcanzara.
Al mago le pareció vislumbrar un destello verde a la izquierda. Esa tonalidad verde era exclusiva de un lugar: el Límite. Le parecía imposible. Los cascos del caballo seguían golpeando el suelo del bosque.
— Adie, ¿llevas alguna cosa encima que el skrin pueda reconocer? —gritó Zedd.
— ¿Como qué?
— No lo sé. Cualquier cosa. Tiene que habernos encontrado por algo, algo que nos conecte con el inframundo.
— No llevo nada. Debe de habernos localizado por los huesos que guardaba en casa.
— Pero esos huesos te ocultaban.
El destello de luz verde fue clarísimo. Brilló a la derecha y luego a la izquierda.
— ¡Zedd! ¡Creo que el skrin está conjurando el inframundo y nos empuja hacia él!
Huesos.
— ¿Puede hacerlo?
— Sí. —Esta vez, la voz de la mujer no sonó tan fuerte.