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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Tengo trabajo que hacer antes de marcharnos —dijo la mujer, sacándose el librito del cinturón—. Entiérrala y procura que su cuerpo esté bien oculto. Si la encuentran, sabrán lo ocurrido y nos perseguirán. Y en ese caso habremos matado en vano.

La Hermana se sentó frente a la fría leña del fuego. Con un suave gesto de la mano sobre las oscuras brasas, volvió a encenderlo.

— Cuando la hayas enterrado, quiero que des un paseo para que te calmes. No vuelvas hasta que estés más tranquilo. Si intentas escapar o si esa cabezota tuya no adquiere un poco de cordura cuando decida que es hora de partir, te traeré de vuelta con el collar. —Lanzándole una amenazante mirada, le prometió—: Si me obligas a hacerlo, te aseguro que no va a gustarte nada.

La mujer muerta era menuda y apenas pesaba. Richard casi no notaba que cargaba con ella mientras se alejaba del campamento en dirección a las escarpadas colinas bajas. Avanzaba lenta y pesadamente, dando de vez en cuando un puntapié a una piedra, sin dejar de dar vueltas en su cabeza.

Le sorprendía sentir de pronto lástima por la hermana Verna. Hasta ese momento, no había demostrado lo mucho que la habían afectado las muertes de la hermana Grace y la hermana Elizabeth, por lo que Richard la había tomado por un ser completamente insensible. Pero ahora sentía pena por ella, pena por su angustia. Ojalá que no le hubiera dicho cómo se sentía. Era más fácil maldecir de su situación cuando la creía sin corazón.

El joven se encontró muy lejos del campamento, en la cresta de una elevación, rodeado por paredes de roca y altas peñas. Entonces dejó de lado esos oscuros pensamientos para concentrarse en el cuerpo que llevaba a sus espaldas. Quizá no había sido la herida con el dacra lo que la había matado, pero la sangre le había fluido por la espalda, empapado el cabello y manchado su propio hombro. De repente, sintió repugnancia por el hecho de llevar una mujer muerta a cuestas.

Suavemente dejó el cuerpo en el rocoso suelo y miró en torno en busca de un lugar donde enterrarla. Del cinto le colgaba una pequeña pala, pero no veía lugar alguno que fuese fácil de cavar. Tal vez podría emparedarla en uno de los rocosos peñascos.

Mientras escrutaba los oscuros barrancos, se frotaba con aire distraído la quemadura en el pecho, que aún le dolía. Nissel, la curandera, le había dado un emplasto, y cada día el joven se lo aplicaba para luego volver a cubrir la herida con un vendaje. Evitaba en lo posible mirar la quemadura, pues le inquietaba ver la huella de una mano grabada en su piel.

Según la hermana Verna, podría habérsela hecho él mismo al quemarse en el fuego que ardía en la casa de los espíritus, o quizás habían invocado de verdad a los oscuros secuaces del Innombrable. Obviamente no era una quemadura causada por el fuego, sino la marca del inframundo, de Rahl el Oscuro.

Richard se avergonzaba de llevarla y se la ocultaba a la Hermana. La marca era un constante recordatorio de la verdadera identidad de su padre. Le parecía una afrenta hacia George Cypher, el hombre que él consideraba como su auténtico padre; el hombre que lo había criado, había confiado en él, le había enseñado y lo había amado, y a quien él había devuelto ese amor.

Esa marca era asimismo un constante recordatorio del monstruo que era en realidad, del monstruo que Kahlan había querido que llevara un collar y se marchara lejos de ella.

Richard dio un manotazo a una mosca que zumbaba alrededor de su cara. Bajó la vista y comprobó que otras más zumbaban sobre la mujer muerta. Antes incluso de sentir el dolor de una picadura en el cuello, se quedó helado de miedo: eran moscas de sangre.

Inmediatamente desenvainó la espada, al mismo tiempo que una enorme figura oscura se abalanzaba sobre él desde detrás de una roca. El vibrante sonido del acero quedó ahogado por un rugido. Con las alas completamente extendidas, el gar fue a por él. Por un breve instante, al joven le pareció vislumbrar un segundo gar, agachado en las sombras detrás del primero, pero su atención se centró enseguida en la formidable bestia que se le venía encima y lo atravesaba con sus fieros ojos de un verde brillante.

Era demasiado grande para ser un gar de cola larga y, por el modo de anticiparse a su primera estocada y eludirla, también era demasiado listo. Richard maldijo entre dientes; se trataba de un gar de cola corta. Era más delgado que los ejemplares con los que se había topado en otras ocasiones, probablemente porque en esa tierra desolada la caza era escasa, pero seguía siendo enorme y dos veces más alto que él.

Intentando esquivar un terrible zarpazo, Richard se tambaleó y cayó encima de la mujer muerta. Enseguida se puso de nuevo en pie, blandiendo furiosamente su espada, dejando que la magia de ésta brotara a través de él. Con la punta del acero abrió un profundo tajo en el liso, tenso y rosado estómago de la bestia. El gar aulló de rabia, arremetió de nuevo contra él e, inesperadamente, lo tumbó con un golpe de una de sus correosas alas.

Richard rodó sobre sí mismo antes de ponerse de pie, ejecutando un molinete con la espada. A la luz de la luna, el arma centelleó y cercenó el extremo del ala del monstruo, salpicando sangre. Con ello sólo consiguió enfurecer al gar, que cargó contra él. Sus largos y húmedos colmillos hendieron el aire de la noche, lanzando un aullante rugido que dolía en los tímpanos. Los ojos de la bestia eran dos relucientes y furiosas brasas verdes mientras atacaba al joven con sus poderosas garras.

La magia de la Espada de la Verdad latía en Richard, pidiéndole sangre. El joven se zambulló, se levantó de un salto y atravesó el pecho de la enorme y peluda bestia. Acompañado por un chillido de mortal dolor del gar, tiró del arma al tiempo que la giraba para cortar más carne.

A continuación retrasó la espada, preparándose para decapitar a la horrible bestia cuando atacara de nuevo, pero el gar no lo hizo. Con las garras se agarró la herida abierta en el pecho, por la que salía sangre a borbotones, se tambaleó y, al final, se desplomó pesadamente de espaldas. Los huesos de sus alas se quebraron al caer el monstruo encima.

De las sombras surgió un lamento. Richard retrocedió unos cuantos pasos. Una pequeña forma oscura corrió por el suelo hacia el monstruo vencido, sobre el que se abalanzó. Unas pequeñas alas abrazaron el pecho que aún respiraba con debilidad.

Richard contempló atónito la escena. Era una cría de gar.

La bestia caída alzó una temblorosa garra para estrechar débilmente a la lloriqueante cría. El gar inspiró con un gorgoteo, que alzó al pequeño gar despatarrado sobre el pecho. El brazo le cayó inerme a un lado. Los ojos verdes que ahora relucían apenas se posaron en su pequeño, como si quisieran embeberse de él, y luego alzó hacia Richard una mirada en la que se leía el dolor y la súplica. Mientras exhalaba su último aliento, se le formó sobre los labios una burbuja de espuma sanguinolenta. El resplandor de los ojos se apagó. El gar quedó inmóvil. Lanzando quejumbrosos quejidos, la cría agarró pequeños puñados del pelaje de la madre.

Por pequeño que fuera, era un gar. Richard se aproximó a él con la intención de matarlo. La rabia hervía en su interior. Alzó la espada por encima de la cabeza.

El pequeño gar se protegió la cabeza con un ala, temblando, y se encogió. Pese al miedo que lo invadía, no quería apartarse del lado de su madre. La cría gimoteaba, angustiada y asustada.

Una carita aterrorizada asomó por encima de la trémula ala. Unos grandes ojos verdes húmedos y brillantes se posaron en él. Mientras sollozaba, muy afligido, gimoteando en voz muy baja, las lágrimas le corrían por los profundos pliegues de su rostro.

— Queridos espíritus —susurró Richard, paralizado—, no puedo hacerlo.

El pequeño gar tembló al ver que la punta de la espada descendía hacia el suelo. Richard le dio la espalda y cerró los ojos. Se sentía asqueado por la magia de la espada, que le hacía sentir el dolor del enemigo derrotado, así como por el terrible acto que había estado a punto de cometer.

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