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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— ¡Cáspita! —masculló el mago. El viento frío le azotaba el rostro.

Entre los árboles titiló una fantasmagórica luz verde. Se acercaba. Si no pensaba en algo, estaban perdidos.

«Piensa.»

De pronto, la luz verde pareció inflamarse en un sólido muro a ambos lados. Al materializarse tan súbitamente en el mundo de los vivos, produjo un golpe muy fuerte que el mago acusó en lo más profundo del pecho. El caballo siguió galopando por la senda entre los muros, que se iba estrechando.

Huesos.

Huesos de skrin.

— ¡Adie, dame tu colgante!

Ahora estaban encajonados entre los luminosos muros verdes del Límite. No les quedaba mucho tiempo, ni opciones.

Adie se quitó el colgante, volvió a sujetarse a su cintura y se lo tendió. La mano de la hechicera resbalaba a causa de la sangre. Zedd se quitó el colgante que llevaba y cogió ambos con la misma mano.

— Si esto no funciona, lo siento, Adie. Quiero que sepas que ha sido un placer conocerte.

— ¿Qué vas a hacer?

— ¡Agárrate fuerte!

Los muros verdes del Límite se cerraron por delante de ellos. Zedd cogió con fuerza las riendas y envió a la yegua una orden mental.

Ésta hundió los cascos en el suelo, giró sobre sí misma y se detuvo justo donde el sendero acababa y empezaba el inframundo.

Zedd arrojó hacia la luz verde, entre un amplio hueco en los árboles, los dos colgantes hechos con hueso de skrin.

Ya casi tenían encima al skrin. Sin detenerse, la bestia siguió los colgantes que surcaban el aire en dirección al inframundo. Cuando el skrin atravesó el Límite hubo un fogonazo y un sonido muy intenso, como un trueno.

La luz verde y el skrin parpadearon y desaparecieron. El oscuro bosque quedó en silencio, sólo roto por los jadeos de los dos perseguidos.

Exhausta, Adie apoyó la cabeza contra la espalda del mago.

— Tienes razón, viejo mago. Tu vida es una sucesión de actos desesperados.

Zedd le dio palmaditas en una rodilla antes de desmontar del sudoroso caballo. El pobre animal estaba tan agotado que se hallaba a un paso de la muerte. Sosteniéndole la cabeza entre las manos, Zedd le transmitió su agradecimiento y una dosis de fuerza. El mago recostó una mejilla contra sus ollares, cerró los ojos y lo acarició un momento para tranquilizarlo. Enseguida se ocupó de Adie.

La sangre seguía rezumando de la herida en su brazo. La yegua era tan grande que la hechicera parecía más menuda de lo que en realidad era, y sus hombros caídos y la cabeza gacha reforzaban tal impresión. La mujer no se quejó ni una vez mientras Zedd inspeccionaba la herida.

— Soy una estúpida —dijo Adie—. Durante todo este tiempo he creído que me ocultaba bajo las mismas narices del Custodio cuando, en realidad, era él quien se ocultaba de mí. Todo este tiempo me ha tenido localizada.

— Podemos consolarnos pensando que no le ha servido de nada. Su inversión ha resultado fallida. Ahora quédate quieta; tengo que curarte la herida.

— No hay tiempo para eso. Tenemos que regresar a mi casa. Debo recoger mis huesos.

— He dicho que te estés quieta.

— Tenemos que darnos prisa.

— Regresaremos cuando acabe con esto —replicó Zedd, ceñudo—. La yegua está exhausta y no puede llevarnos a los dos. Si te portas bien, yo caminaré y dejaré que tú la montes. Ahora no te muevas o nos pasaremos el resto de la noche peleando.

Llegaron a casa de Adie al romper el alba. A la débil y fría luz observaron un espectáculo ciertamente triste. El skrin había hecho pedazos la casa. Sin hacer caso de las paredes torcidas y los boquetes en éstas, Adie se precipitó dentro pasando por encima de escombros, recogiendo huesos y sosteniéndolos en la parte interna del otro brazo, mientras se dirigía al rincón en el que había visto por última vez la esfera de hueso tallada.

Zedd estaba inspeccionando el suelo alrededor de la casa cuando Adie lo llamó.

— Ven a ayudarme a encontrar el hueso, mago.

— Creo que no vas a encontrarlo —sentenció Zedd, pasando por encima de una viga caída.

— Tiene que estar aquí, en alguna parte. —Adie apartó a un lado un tablón, se detuvo y miró por encima del hombro—. ¿Qué quieres decir con que no crees que vaya a encontrarlo?

— Alguien ha estado aquí.

— ¿Estás seguro?

Zedd hizo un vago gesto con el brazo hacia el suelo que había estado inspeccionando.

— He descubierto una huella allí que no es nuestra.

— ¿Pues de quién si no? —preguntó Adie, dejando caer al suelo los huesos que sostenía.

El mago apoyó una mano en una viga que colgaba del techo y cuyo extremo tocaba el suelo.

— No lo sé, pero alguien ha estado aquí. Parece la bota de una mujer, pero no es tuya. Me temo que se ha llevado el hueso redondo.

Adie rebuscó entre los escombros del rincón, sin darse por vencida. Al final, admitió:

— Tienes razón, viejo mago. El hueso ya no está. —La mujer dio media vuelta y pareció inspeccionar el mismo aire con sus blancos ojos—. Poseídos —murmuró entre dientes—. Te equivocaste al decir que los esfuerzos del Custodio no habían servido para nada.

— Me temo que así es. —Zedd se limpió la mano frotándola contra una pierna—. Será mejor que nos vayamos lejos de aquí. Muy, muy lejos.

— Zedd, tenemos que recuperar ese hueso. Es importante para el velo —dijo Adie en voz baja pero firme.

— La mujer ha cubierto su rastro con magia. No tengo ni idea de adónde ha ido. Sólo he visto una huella. Tenemos que marcharnos; es posible que el Custodio esperara que regresáramos. Cubriré nuestro rastro para que nadie pueda seguirnos.

— ¿Podrás hacerlo? El Custodio sabe siempre dónde estamos y nos envía sus secuaces cuando quiere.

— Nos ha encontrado por los colgantes. Durante un cierto tiempo no podrá localizarnos, pero debemos alejarnos de aquí. Es posible que la misma persona que ha cogido el hueso nos esté vigilando.

— Perdóname por haberte puesto en peligro, Zedd —se disculpó la hechicera, inclinando más la cabeza y cerrando los ojos—. He sido una estúpida.

— Tonterías. Nadie lo sabe todo. Es imposible recorrer el camino de la vida sin hundir los pies en el lodo de vez en cuando. Lo importante es mantener el equilibrio y no caer de bruces.

— ¡Pero ese hueso es vital!

— El hueso ha desaparecido y no podemos remediarlo. Por lo menos no hemos caído en manos del Custodio. Pero debemos alejarnos de aquí.

— Me daré prisa. —Adie se inclinó para recoger los huesos que había dejado caer.

— No podemos llevarnos nada, Adie —dijo Zedd, suavemente.

— Tengo que llevarme mis huesos. Algunos son importantes. Poseen una magia muy poderosa.

Zedd cogió una delgada mano de la mujer.

— Adie, el Custodio nos localizó a través de los huesos. Te ha estado vigilando. No podemos saber si también reconocerá alguno de éstos. Debemos dejarlos atrás. Pero no podemos arriesgarnos a que nadie más se los lleve; debemos destruirlos.

Adie movió unos segundos los labios en silencio antes de recuperar la voz para decir:

— No pienso dejarlos atrás. Son importantes y me ha costado mucho obtenerlos. Tardé años en encontrar algunos. Es imposible que el Custodio los haya marcado. No puede saber todas las molestias que me tomé.

Adie le dio palmaditas en la mano.

— Adie, el Custodio no habría colocado un hueso que hubiera marcado y que quería que tuvieras donde pudieras encontrarlo fácilmente. Te habría hecho luchar para conseguirlo, para que lo valorases y lo guardases celosamente.

— ¡Entonces podría haber marcado cualquier cosa! —exclamó la hechicera, retirando con brusquedad la mano—. ¿Cómo sabes que este caballo no te lo entregó un poseído?

— Porque no fue el que él me ofreció. Elegí otro —replicó el mago, con mirada serena.

— Por favor, Zedd —suplicó Adie, llorosa—. Son míos. Iban a ayudarme a llegar hasta mi Pell.

— Yo te ayudaré a transmitir el mensaje a Pell. Te he dado mi palabra. Pero no es así como vas a lograrlo; hasta ahora no ha funcionado. Yo te ayudaré a encontrar otro modo.

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