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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— ¿Cómo? —Adie se acercó un paso a él, cojeando.

— Sé el modo de lograr que los espíritus atraviesen el velo por un breve espacio de tiempo y poder hablar con ellos. —Zedd contempló con simpatía el acongojado rostro de la mujer—. Y, si no logro traer a Pell, hallaré el modo de hacerle llegar tu mensaje. Pero, Adie, tienes que escucharme: ahora no podemos hacerlo. Tenemos que esperar hasta que el velo se haya cerrado.

— ¿Cómo? —inquirió Adie, tocándole el brazo con dedos temblorosos—. ¿Cómo lo haces?

— Lo hago. Eso es todo lo que necesitas saber por el momento.

— Dímelo —lo apremió la mujer, apretándole el brazo—. Debo saber que dices la verdad. Debo saber que es posible.

Zedd reflexionó un largo instante. Había usado la roca de mago, legado de su padre, para conjurar los espíritus de sus progenitores. Pero éstos habían sido explícitos en que no volviera a llamarlos hasta que todo acabara, pues existía el riesgo de rasgar el velo. Usar la roca para eso era peligroso incluso en los mejores tiempos, y le habían advertido que no lo intentara, si no era por una emergencia.

Abrir un camino hacia los espíritus siempre entrañaba un grave riesgo, pues uno nunca sabía qué podría escabullirse sin querer. Ya había suficientes monstruos que lograban colarse sin que él los ayudara.

Aunque Adie era una hechicera, tampoco ella debía saber el modo en que usaba la roca de mago. Era uno de los muchos secretos que un mago debía guardar. Zedd sintió el peso de la responsabilidad en el corazón.

— Tendrás que confiar en mí. Te he dado mi palabra de que es posible, de que te ayudaré, pero cuando sea seguro.

Los dedos de Adie se hundieron con urgencia en su brazo.

— ¿Cómo es posible? ¿Estás seguro? ¿Cómo has descubierto el modo de hacerlo?

— Olvidas que soy mago de Primera Orden —respondió Zedd, irguiendo los hombros.

— ¿Estás completamente seguro?

— Adie, te doy mi palabra, y no la doy nunca a la ligera. No estoy seguro de que vaya a funcionar, pero creo que es muy posible. En estos momentos debemos usar lo que sabemos, lo que tú y yo sabemos, para evitar que el Custodio acabe de romper el velo. No estaría bien usar lo que sé por razones egoístas y poner así en peligro la seguridad de todo el mundo. Mantener el velo exige un delicado equilibrio de fuerzas, y de lo que yo estoy hablando podría perturbarlo. Incluso podría rasgar el velo.

La mujer retiró la mano y se apartó un mechón de cabellos grises de la cara.

— Perdóname, Zedd. Tienes razón. He estudiado las conexiones entre el mundo de los vivos y el de los muertos toda mi vida, y debería ser más sensata. Te pido perdón.

El mago sonrió mientras le pasaba un brazo alrededor de los hombros.

— Me alegro de que mantengas tus juramentos, pues eso significa que eres una persona de honor. No hay mejor aliado que una persona de honor.

— Es sólo que… —Adie se interrumpió para contemplar su hogar hecho trizas—… he dedicado toda mi vida a coleccionar los huesos. Los he guardado mucho tiempo. Otros me los han confiado.

— Esos otros han confiado en que usarías el don para proteger a quienes no poseen poder alguno —dijo Zedd, apartándola de los escombros—. Ellos son a quienes se refieren las profecías. Te encuentras en esta situación por una razón: hacer honor a esa confianza.

Adie asintió. Mientras se alejaba, junto con el mago, de los restos de su hogar, posó una mano en su espalda.

— Zedd, creo que faltan más huesos.

— Lo sé.

— Son peligrosos en manos equivocadas.

— ¿Y qué piensas hacer al respecto?

— Haré lo que, según las profecías, es la única oportunidad para cerrar el velo.

— ¿Y eso qué es, viejo mago?

— Ayudar a Richard. Debemos hallar el modo de ayudarlo, pues las profecías dicen que él es el único capaz de cerrar el velo.

Ninguno de los dos volvió la vista atrás cuando el fuego prendió con un rugido, consumiendo furioso las ruinas y los huesos.

26

La reina Cyrilla mantuvo la cabeza alta, negándose a demostrar el daño que le causaban en los brazos los rudos dedos de los brutos que la sujetaban. No se resistió cuando la obligaron a caminar por el corredor lleno de porquerías. No tenía sentido resistirse; nadie iba a ayudarla. Cyrilla se hizo la promesa de que se conduciría como siempre, con dignidad. Ella era la reina de Galea y soportaría con dignidad cualquier cosa que le sucediera. No demostraría el terror que la embargaba.

Además, lo que importaba no era lo que pudieran hacerle a ella, sino al pueblo de Galea, que se preocupaba por su reina.

Y lo que ya había sucedido.

Casi dos mil miembros de la guardia de Galea habían sido asesinados ante sus propios ojos. ¿Quién iba a prever que serían atacados justamente allí, en terreno neutral? No era ningún consuelo que algunos hubieran logrado escapar, pues probablemente se les daría caza y también serían asesinados.

La reina confiaba en que su hermano, el príncipe Harold, se encontrara entre quienes habían logrado huir. Si había escapado, tal vez podría organizar la defensa contra la auténtica carnicería que se avecinaba.

Las brutales manos que la agarraban por los brazos la obligaron a detenerse junto a una siseante antorcha colocada en un oxidado tedero. Los dedos de sus carceleros le retorcieron la carne tan dolorosamente que no pudo evitar que se le escapara un débil grito.

— ¿Acaso mis hombres os hacen daño, milady? —inquirió una voz socarrona a su espalda.

Cyrilla le negó con frialdad al príncipe Fyren la satisfacción de responder.

Un guardia hizo girar las llaves en una herrumbrosa cerradura. Cuando, por fin, el cerrojo cedió, un agudo sonido metálico resonó por el corredor de piedra. La pesada puerta giró sobre sus goznes con un crujido. Las manos que la agarraban fuertemente la obligaron a atravesar el umbral y a echar a andar por otro pasadizo largo y de techo bajo.

La reina oía el frufrú de su vestido de satén y, a ambos lados así como detrás, las botas de los hombres sobre el suelo de piedra, que de vez en cuando salpicaban al pisar agua encharcada y maloliente. Cyrilla sentía frío en los hombros por efecto del húmedo aire, pues no estaba acostumbrada a llevar descubierta esa parte de su cuerpo.

El corazón empezó a latirle desbocado cuando se imaginó adónde la llevaban, y rogó a los buenos espíritus que no hubiera ratas. La reina tenía un miedo cerval a las ratas, a sus afilados dientes, sus garras y sus ladinos ojillos negros. De pequeña solía tener pesadillas en las que aparecían ratas y se despertaba gritando.

En un esfuerzo por recuperar la calma, se obligó a pensar en otras cosas. Recordó a la extraña mujer que le había solicitado audiencia privada. Cyrilla no estaba segura de por qué se la había concedido, pero ahora deseaba haber prestado más atención a sus insistentes ruegos.

¿Cómo se llamaba? Lady no sé qué. Pero el cabello que le asomaba por debajo del velo era demasiado corto para tratarse de una dama. Lady… Bevinvier. Sí, eso era: lady Bevinvier de… algún sitio. Su mente no lograba recordar. De todos modos, eso era lo de menos; lo importante no era de dónde venía esa mujer, sino lo que le había dicho.

«Debéis marcharos de Aydindril enseguida», le había advertido.

Pero Cyrilla no había hecho un largo viaje en lo más crudo del invierno para marcharse antes de que el Consejo de la Tierra Central hubiera escuchado su queja y dictara una resolución. Cyrilla había acudido al Consejo para pedir que, tal como era su deber, pusiera fin de inmediato a las agresiones contra su país y su pueblo.

Ciudades saqueadas, granjas quemadas y gente asesinada. El ejército de Kelton estaba preparando una gran ofensiva. La invasión era inminente, si es que no había empezado ya. ¿Y para qué? Por puro afán de conquista. ¡Contra un aliado! ¡Era un ultraje!

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