La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— ¿Qué significa eso?
— No lo sabemos.
— Profecías —masculló el joven—. Las profecías no son más que estúpidos acertijos, Hermana. Te preocupas demasiado por ellas. Admites que no sabes aún qué significan, pero te guías por ellas. Sólo un idiota sigue ciegamente algo que no entiende. Si fuese cierta, resucitaría a esta mujer, le devolvería la vida.
— Sabemos mucho más de las profecías de lo que crees. Me parece que lo mejor será que nos entregues la espada para que la pongamos a buen recaudo hasta que entendamos mejor lo que significa esa profecía en concreto.
— Hermana Verna, si alguien te quitara tu dacra, ¿seguirías siendo una Hermana?
— Pues claro que sí. El dacra no es más que un instrumento que nos ayuda a hacer nuestro trabajo. No nos hace quienes somos.
— Pues lo mismo ocurre con la espada —replicó Richard, con una fría sonrisa—. Con o sin la espada, sigo siendo el Buscador. Represento el mismo peligro para vosotras. Aunque me la arrebatéis, no os salvaréis.
— No es lo mismo —protestó la mujer, apretando los puños.
— No pienso entregaros la espada —declaró Richard, con firmeza—. Nunca entenderás cuánto odio esta espada, cuánto aborrezco su magia y cuánto deseo verme libre de ella, pero me fue entregada cuando fui nombrado Buscador. Me pertenece por derecho durante todo el tiempo que yo desee. Soy el Buscador y yo, no tú ni nadie más, decidiré cuándo renuncio a ella.
— ¿Me estás diciendo que fuiste nombrado Buscador? ¿No te la encontraste ni la compraste? ¿Afirmas que te la entregó un mago? ¿Un mago de verdad? ¿Un mago te nombró a ti Buscador?
— Sí.
— ¿Quién era ese mago?
— Ese del que ya te hablé: Zeddicus Zu’l Zorander.
— ¿Lo conociste cuando te entregó la espada?
— No. He pasado toda la vida junto a él. Pude decirse que me crió. Es mi abuelo.
Sobrevino un largo silencio. Finalmente, la mujer preguntó:
— ¿Y ese mago te nombró Buscador porque se negó a enseñarte a controlar el don, a ser mago?
— ¿Negarse? ¡Pero si casi me suplicó enseñarme a ser mago!
— ¿Él se ofreció a enseñarte? —susurró la Hermana.
— Eso es. Pero yo le dije que no quería ser mago. —Algo iba mal. La Hermana parecía muy alterada—. Y su oferta de enseñarme sigue en pie. ¿Por qué?
— Por nada… Es sólo poco habitual, eso es todo. Muchas cosas en ti son poco habituales —contestó la hermana Verna, con aire ausente.
Richard no supo si creerla. Tal vez el collar no había sido necesario. Tal vez Zedd podría haberlo ayudado sin él. Pero Kahlan quería que se lo pusiera. Kahlan quería que se alejara de ella. Al pensar en ello, las entrañas se le retorcieron.
Lo único que le quedaba de Zedd era la espada. El mago se la había dado en la Tierra Occidental, en su hogar. Richard echaba de menos su hogar, su bosque. La espada era lo único que le quedaba de Zedd y de su hogar.
— Hermana, fui nombrado Buscador y recibí esta espada para que la conservara durante todo el tiempo que deseara seguir siéndolo. Yo seré quien decida cuándo ha llegado el momento de cederla. Si pretendes arrebatármela, intenta hacerlo ahora.
»Si lo intentas, uno de los dos morirá. Ahora mismo poco me importa que seas tú o yo, pero te advierto que estoy dispuesto a luchar hasta la muerte. La espada me pertenece por derecho, y no podrás arrebatármela mientras conserve un soplo de vida.
Richard escuchó el lejano aullido de un animal que sufría una muerte súbita y violenta, así como el largo y vacío silencio que siguió.
— Puesto que la espada te fue entregada y no te la encontraste ni la compraste, permitiré que te la quedes. No te la pienso arrebatar. No puedo hablar por las demás, pero haré lo que esté en mis manos para que puedas conservarla. Nosotras debemos ocuparnos de tu don, de enseñarte a controlar la magia.
»Pero, si osas alzarla otra vez contra mí, te haré lamentar el día que el Creador te dio tu primer aliento —agregó. La mujer se irguió y lo contempló con tal expresión de fría cólera que Richard tuvo que resistirse al impulso de retroceder asustado—. ¿Nos entendemos? —preguntó, apretando los músculos de la mandíbula.
— ¿Por qué soy tan importante que hubieras matado para capturarme?
La fría serenidad de la Hermana resultaba más aterradora, que si, por el contrario, se hallara en un acceso de furia.
— Nuestra misión consiste en ayudar a los que poseen el don, pues éste es otorgado por el Creador. Las Hermanas servimos al Creador, y es por él por quien morimos. Por tu culpa he perdido a dos de mis más queridas amigas, lo cual me rompe el corazón. Esta noche he tenido que matar a esa mujer, y es muy posible que tenga que matar a otros antes de que lleguemos a palacio.
Richard tuvo el presentimiento de que más valía callarse, pero no pudo. La hermana Verna tenía un talento especial para avivar las llamas de su ira.
— No intentes lavar tu culpa por lo que supuestamente has hecho en mi nombre, Hermana.
La mujer se acaloró de tal modo que fue visible incluso a la luz de la luna.
— He intentado ser paciente contigo, Richard. Te he dado libertad de acción porque te he apartado de la única vida que conocías y te he arrastrado a una situación que temes y que no comprendes, pero mi paciencia tiene un límite.
»He hecho lo posible por no ver los cuerpos sin vida de mis amigas cuando te miro a los ojos, o cuando me acusas de no tener corazón. He tratado de no pensar que tú las enterraste, no yo, y en las palabras que hubiera pronunciado yo junto a sus tumbas. Están sucediendo cosas que superan mi comprensión, mis expectativas así como aquello en lo que me han enseñado a creer. Si dependiera de mí, te concedería tu deseo y te quitaría el rada’han para que murieras con insoportables dolores y sufrimientos.
»Pero no depende de mí. Yo sólo cumplo la misión del Creador.
Aunque las ardientes llamas de su ira no se habían apagado aún, ahora ardían con menos intensidad.
— Lo siento, hermana Verna. —Richard hubiese preferido que la mujer le gritara. Cualquier cosa hubiese sido mejor que esa airada calma, su silenciosa desaprobación.
— Estás enfadado porque crees que te trato como a un niño, no como a un hombre y, no obstante, no me has dado motivos para dejar de hacerlo. Sé qué sientes, cuáles son tus habilidades y el viaje que nos queda por delante. En el curso de éste, tú no eres más que un bebé que berrea para poder ir solo por el mundo cuando ni siquiera sabe aún caminar.
»Ese collar que llevas puede controlarte y también infligirte dolor. Mucho dolor. Hasta ahora me he abstenido de usarlo y, en vez de eso, he intentado alentarte de otros modos para que aceptes tu destino. Pero, si es necesario, lo usaré. El Creador sabe que he probado ya todo lo demás.
»Muy pronto llegaremos a una tierra mucho más peligrosa que ésta y tendremos que tratar con quienes la habitan para poder cruzarla. Las Hermanas han hecho pactos con esa gente para poder pasar. Si no me obedeces a mí y a esa gente, tendremos graves problemas.
— ¿Qué tendré que hacer? —preguntó un Richard súbitamente receloso.
— Esta noche no me pongas más a prueba, Richard —contestó ella, fulminándolo con su mirada.
— De acuerdo. Siempre que tengas claro que no pienso entregarte la espada sin luchar.
— Nosotras sólo queremos ayudarte, Richard. Pero si vuelves a amenazarme con esa espada, haré que lo lamentes. Las mord-sith no tienen el monopolio del dolor —añadió, lanzando una rápida mirada al agiel que le colgaba del cuello.
Ésa era la confirmación de sus sospechas. Richard sintió una gélida mano que le atenazaba las entrañas. Las Hermanas iban a entrenarlo de la misma forma que lo hicieran las mord-sith. Ésa era la verdadera razón para llevar el collar. Así es como pensaban enseñarle: con dolor. Por primera vez tuvo la impresión de que la Hermana le había revelado inadvertidamente sus verdaderas intenciones.