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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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También Kahlan había tratado de prevenirla de la amenaza de Kelton. Había sido unos años atrás, en el festival del solsticio de verano que se celebró el primer verano tras la muerte de la reina Bernadine. Era el primer verano tras la subida al trono de Cyrilla, y también el primero en el que Kahlan era la Madre Confesora.

El hecho de que se convirtiera en la Madre Confesora a una edad tan temprana demostraba tanto la fuerza de su poder como de su carácter. Y, tal vez, una necesidad. Puesto que la elección de la Madre Confesora era secreta, Cyrilla apenas sabía nada de cómo se llevaba a cabo, excepto que no había animosidad alguna ni rivalidad, sino que se valoraba la fuerza del poder teniendo en cuenta la edad y la instrucción recibida.

Para la gente de la Tierra Central, la edad era irrelevante. En general temían a las Confesoras, sin importar su edad, y a la Madre Confesora en particular. Sabían que era la más poderosa de las Confesoras. Pero, a diferencia de casi todo el mundo, Cyrilla sabía que el poder en sí mismo no era algo que debiera temerse y que Kahlan siempre se había mostrado justa. Su único objetivo había sido la paz.

Ese día, las calles de Ebinissia, capital del reino, eran el escenario de todo tipo de celebraciones. Incluso el más humilde mozo de cuadra era bienvenido a las mesas de la feria, en los juegos o alrededor de los músicos, los acróbatas y los malabaristas.

La joven reina había presidido las competiciones y había otorgado las bandas a los ganadores. Cyrilla nunca había visto tantas caras sonrientes, tanta gente alegre y feliz. Y nunca se había sentido tan contenta por su pueblo ni tan amada por él.

La noche del solsticio se celebraba un baile real en el palacio. Casi cuatrocientas personas llenaban el gran salón central. Era un espectáculo deslumbrante ver a todo el mundo ataviado con sus mejores galas. En las largas mesas se ofrecían vino y viandas en una abundancia y una variedad asombrosas, tal como correspondía al día más importante del año. Nunca se había celebrado un baile tan espléndido, pues había mucho por lo que dar las gracias. Galea vivía una época de paz y prosperidad, de progreso y promesas de futuro, de nueva vida y prodigalidad.

Cuando la Madre Confesora hizo acto de presencia en el gran salón, avanzando resueltamente, la música se fue apagando hasta convertirse en unas pocas notas discordantes, y el fuerte zumbido de las conversaciones murió de golpe. Un mago, vestido con túnica plateada que ondeaba detrás de él, seguía a la Madre Confesora. Ésta llevaba un vestido blanco digno de una reina, que contrastaba entre la confusión de colores como la luna llena entre las estrellas. Nunca hasta entonces los colores vivos y los vestidos elegantes habían parecido tan triviales. Todo el mundo inclinó la cabeza al paso de Kahlan. Cyrilla esperó con sus consejeros junto a una mesa en la que había un gran cuenco de cristal tallado lleno de vino especiado.

Kahlan atravesó el salón en silencio seguida por todas las miradas y se detuvo delante de la reina, a la que saludó con una rápida inclinación de cabeza. Su expresión era de fría calma. No esperó a que la reina le devolviera el saludo, sino que enseguida preguntó:

— Reina Cyrilla, ¿tenéis un consejero llamado Drefan Tross?

— Sí —repuso Cyrilla, extendiendo una palma hacia un lado—. Éste es.

La impasible mirada de Kahlan se posó en Drefan.

— Quiero hablar contigo a solas.

— Drefan Tross es mi consejero de confianza —protestó Cyrilla. De hecho era más que eso; era un hombre que le gustaba mucho y del que empezaba a enamorarse—. Si deseáis hablar con él, hacedlo en mi presencia. —Cyrilla no sabía qué se traía Kahlan entre manos, pero creyó conveniente enterarse. Las Confesoras no tenían por costumbre interrumpir un banquete, si no era por algo grave—. Éste no es el lugar ni el momento para tratar este tipo de asuntos, Madre Confesora. Pero, si no puede esperar, hablad y acabemos de una vez con esto.

Cyrilla creyó que Kahlan aplazaría el asunto hasta un momento más adecuado. Con rostro inexpresivo, Kahlan reflexionó un momento. La expresión del mago que la acompañaba era todo menos impasible. De hecho, parecía muy agitado y se inclinó hacia Kahlan para decirle algo, pero ésta alzó una mano para silenciarlo.

— Como deseéis. Lo siento, reina Cyrilla, pero no puede esperar. Acabo de oír la confesión de un asesino —prosiguió, dirigiéndose a Drefan—. Asimismo ha confesado ser el cómplice de un asesinato. Te acusó a ti de ser el asesino y nombró a la reina Cyrilla como víctima.

Se oyeron susurros de asombro de quienes estaban lo suficientemente cerca para oírlo. Drefan se puso colorado. Los susurros murieron y sobrevino un tenso silencio.

Los acontecimientos se precipitaron. En un abrir y cerrar de ojos, todo cambió. Un segundo antes, Drefan estaba junto a la reina, con la mano en su capa dorada y azul, y un momento después empuñaba un cuchillo que pretendía clavar en la Madre Confesora. Kahlan sólo movió un brazo y agarró al consejero por la muñeca. Casi simultáneamente hubo un violento impacto en el aire, un trueno silencioso. El cuenco de cristal tallado se hizo añicos, y el vino tinto se derramó por la mesa y en el suelo. Cyrilla se estremeció por la súbita punzada de dolor que sintió en todas las articulaciones del cuerpo. El cuchillo cayó al suelo con un repiqueteo. Drefan abrió mucho los ojos y relajó la mandíbula.

— Mi ama —susurró, con reverencia.

La conmoción de ver a una Confesora usar su poder dejó a Cyrilla anonadada. Ella sólo conocía las secuelas, pero nunca había presenciado cómo se usaba. Pocos lo habían visto. La magia siguió zumbando en el aire un largo minuto.

La multitud se acercó, pero una mirada iracunda del mago bastó para tornar su curiosidad en timidez, y aquélla retrocedió.

Kahlan parecía agotada, pero su voz no delataba debilidad.

— ¿Pretendías asesinar a la reina?

— Sí, mi ama —respondió Drefan, con entusiasmo, y se humedeció los labios.

— ¿Cuándo?

— Esta noche. En la confusión que se crearía cuando los invitados se marcharan. —Drefan parecía atormentado. Sus ojos se llenaron de lágrimas que le corrían por las mejillas—. Por favor, ama, ordenadme. Decidme qué deseáis de mí. Permitidme que os sirva.

La reina seguía conmocionada. Acababa de presenciar lo mismo que le había ocurrido a su padre. De ese modo se había convertido en la pareja de una Confesora. Primero su padre y, ahora, un hombre al que amaba.

— Espera en silencio —ordenó Kahlan. Entonces se volvió hacia Cyrilla con las manos colgándole a ambos lados. Sus jóvenes ojos reflejaban pesar—. Pido perdón por interrumpir vuestra celebración, reina Cyrilla, pero no podía perder ni un segundo.

Con el rostro ardiendo, la reina miró a Drefan, que no apartaba los ojos de Kahlan, y le preguntó bruscamente:

— ¿Quién ha ordenado esto, Drefan? ¿Quién te ordenó que me mataras?

Pero Drefan ni siquiera pareció darse cuenta de que Cyrilla había hablado.

— A vos no os responderá, reina Cyrilla —dijo Kahlan—. Sólo me responderá a mí.

— ¡Pues preguntádselo!

— No es recomendable —aconsejó el mago, hablando en voz baja.

Cyrilla se sentía como una estúpida. Todo el mundo conocía sus sentimientos hacia Drefan y todo el mundo sabría que la había engañado. Nadie olvidaría nunca ese festival del solsticio de verano.

— ¡No te atrevas a darme consejos!

— Cyrilla —dijo Kahlan suavemente, inclinándose hacia la reina—, creemos que puede estar protegido con un hechizo. Cuando hice esa misma pregunta a su cómplice, éste murió antes de poder responder. Pero creo conocer la respuesta. Hay modos indirectos para obtener la información y burlar el hechizo. Si puedo interrogarlo a solas a mi modo, obtendré la respuesta.

Cyrilla estaba tan furiosa que casi lloraba.

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