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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Mientras exploraba con la vista los alrededores, oyó un suave aleteo. La cría de gar aterrizó muy cerca con un ruido sordo. Richard masculló un sordo lamento, mientras el bebé plegaba las alas, se agachaba cómodamente delante de él y lo miraba con sus grandes ojos verdes.

Richard intentó volverlo a ahuyentar, pero esta vez no funcionó.

— No puedes venir conmigo. ¡Márchate! —exclamó, apoyando las manos en las caderas.

El gar se le acercó tambaleante y se le abrazó a las piernas. ¿Qué iba a hacer? No podía ir por ahí con un gar pegado a los talones.

— ¿Y tus moscas? Ni siquiera tienes moscas propias. ¿Cómo esperas cazar algo para cenar sin moscas de sangre? Bueno —añadió, meneando la cabeza con aire compungido—, eso no es cosa mía.

La pequeña faz arrugada asomó por detrás de sus piernas. Mientras retraía los labios para dejar al descubierto unos colmillos pequeños pero afilados, emitió un quedo gruñido. Richard miró alrededor. El gar gruñía a la mujer muerta. El joven cerró los ojos con un gemido. La cría estaba hambrienta y, si enterraba el cuerpo, ella lo desenterraría.

El gar brincó hacia el cadáver y lo tocó con sus zarpas, gruñendo con más fuerza. Richard trató de olvidarse de que sentía la garganta seca así como de sus escrúpulos.

La hermana Verna le había ordenado que se deshiciera del cuerpo, pues nadie debía saber que la centinela había muerto. Richard no soportaba la idea de que ese cuerpo fuese devorado. Pero, aunque lo enterrara, los gusanos se lo comerían. ¿Acaso los gusanos eran preferibles a un gar? Otra espantosa pregunta afloró en su mente: ¿quién era él para juzgar? Él también había comido carne humana. ¿Por qué era distinto en su caso? ¿Era él mejor que el gar?

Además, mientras la cría estuviera ocupada comiendo, él podría escabullirse y se alejaría antes de que pudiera seguirlo. Así se vería libre del pequeño gar.

Richard contempló cómo la cría inspeccionaba cautelosamente el cuerpo y probaba a tirar de un brazo con sus colmillos. El pequeño aún no sabía qué hacer con una presa muerta. Gruñó con más fuerza. Al verlo, Richard se sintió mareado.

El gar soltó el brazo y miró a Richard como si le pidiera ayuda. Aleteaba excitado. Tenía hambre.

Se le planteaban dos problemas.

En el fondo, ¿qué más daba? La mujer estaba muerta. Su espíritu había abandonado su cuerpo, y no se enteraría de nada. Así solucionaría dos problemas a la vez. Haciendo rechinar los dientes, pues era consciente de lo que debía hacer, desenvainó la espada.

Apartó al hambriento gar con una pierna, blandió la espada con toda su fuerza y abrió un profundo tajo. El pequeño gar se abalanzó sobre la mujer muerta.

El joven se alejó lo antes posible y sin mirar atrás. El ruido que hacía el gar le revolvía el estómago. Pero ¿quién era él para juzgar? Todavía mareado emprendió el regreso al campamento, trotando. El sudor le empapaba la camisa, y la espada nunca le había parecido tan pesada. El joven intentó por todos los medios quitarse el incidente de la cabeza. Recordaba el bosque del Corzo y añoraba regresar a su hogar; añoraba volver a ser quien era antes.

La hermana Verna justo había acabado de almohazar a Jessup y le colocaba la silla. La mujer le lanzó una mirada de soslayo mientras se acercaba a la cabeza del caballo y le dirigía suaves susurros, acariciándole la barbilla. Richard cogió la almohaza y cepilló con rapidez el lomo de Geraldine, a la que ordenó secamente que se estuviera quieta y dejara de dar vueltas. Quería alejarse de allí lo antes posible.

— ¿Te has asegurado de que no encontrarán el cuerpo?

— Si encuentran lo poco que queda, no sospecharán lo ocurrido —contestó Richard. El cepillo quedó inmóvil en un flanco de la yegua—. Unos gars me atacaron y se llevaron el cuerpo.

La Hermana ponderó en silencio la respuesta.

— Ya me pareció que oía gars. Bueno, supongo que funcionará. ¿Los mataste? —preguntó al joven, que de nuevo cepillaba a Geraldine.

— Maté a uno. —Richard consideró la posibilidad de callarse lo ocurrido, pero decidió que no importaba—. Había una cría. No la maté.

— Los gars son bestias asesinas. Deberías haberla matado. Tal vez deberías regresar y acabar con ella.

— No podría. No dejaría que me acercara lo suficiente.

— Tienes un arco, ¿no? —Con un leve gruñido, la Hermana tensó la correa de la cincha.

— ¿Y qué más da? vámonos de aquí. Seguramente no podrá sobrevivir sola.

La mujer se inclinó para comprobar que la correa no pellizcaba los ollares del caballo y repuso:

— Supongo que tienes razón. Lo mejor será que nos vayamos cuanto antes.

— Hermana, ¿por qué los gars no nos han molestado hasta ahora?

— Porque nos mantuvimos ocultos de ellos con mi han. A ti te atacaron porque te alejaste demasiado de mi escudo.

— ¿Y ese escudo tuyo mantendrá alejados de nosotros a todos los gars?

— Sí.

Bueno, al menos el han servía para algo bueno.

— ¿No consume mucho poder? Los gars son bestias enormes. ¿No te cuesta mantener el escudo?

— Sí, los gars son enormes, y hay otras bestias de las que también debo ocultarnos —contestó la mujer, sonriendo levemente—. Y sí, consume mucho poder. Pero uno tiene que buscar siempre el modo de lograr su objetivo usando el menos han posible.

»Lo que hago no es mantener alejados a los gars en sí, sino a las moscas de sangre —prosiguió la Hermana, acariciando el cuello del caballo—. Es mucho más sencillo. Si las moscas no logran atravesar el escudo, los gars no pueden localizarnos y no nos atacan. De este modo, consigo el objetivo que persigo usando muy poco poder.

— ¿Por qué no usaste tu poder para ocultarnos de la centinela?

— Algunos de los pueblos que habitan la Tierra Salvaje poseen amuletos que neutralizan nuestro poder. Es por esto por lo que tantas Hermanas han perdido la vida intentando atravesarla. Si supiéramos cómo funcionan esos amuletos o encantamientos, podríamos contrarrestarlos, pero no lo sabemos. Son un misterio.

Richard acabó de ensillar a Geraldine y a Bonnie en silencio, mientras la Hermana esperaba pacientemente. El joven pensó que la mujer no había dicho todo lo que deseaba decir sobre lo que estaban hablando antes de que fuera a enterrar a la centinela, pero la Hermana guardaba silencio. Finalmente, decidió abordar él el tema y dejarlo zanjado de una vez por todas.

— Hermana Verna, siento mucho las muertes de las hermanas Grace y Elizabeth. —El joven acariciaba con aire ausente el lomo de Geraldine, con la mirada fija en el suelo—. Quiero que sepas que pronuncié una oración junto a sus tumbas. Rogué a los buenos espíritus que velaran por ellas y las trataran bien. Yo no quería que muriesen. A pesar de lo que crees, no quiero que muera nadie. Estoy harto de tantas muertes. Ya ni siquiera puedo comer carne, porque no soporto la idea de que otro ser vivo muera sólo para que yo me alimente.

— Gracias por la oración, Richard, pero debes aprender que sólo debemos dirigir nuestras plegarias al Creador. Su Luz es la que nos guía. Rezar a los espíritus es de infieles. —La Hermana suavizó el duro tono de voz que empleaba para añadir—: Pero te perdono, porque aún no has sido instruido y no lo sabías. Estoy segura de que el Creador oyó tu plegaria y comprendió tus buenas intenciones.

A Richard le disgustó la intolerante actitud de la Hermana y se dijo que, muy probablemente, él sabía más acerca de espíritus que la mujer. Quizá no sabía demasiado acerca de ese Creador suyo, pero había visto espíritus tanto buenos como malos, y sabía que uno no debía menospreciarlos.

Los dogmas de la Hermana de la Luz se le antojaban tan estúpidos como las supersticiones de la gente campesina que había conocido en el desempeño de su trabajo de guía. Los campesinos tenían todo tipo de historias que explicaban el origen del hombre. Cada remota zona que visitó poseía una versión propia creada a partir de un animal o una planta. A Richard le gustaba escuchar esas historias mágicas y fabulosas, pero no eran más que leyendas que se inventaban para tratar de explicar dónde encajaba uno en el mundo. Richard no iba a aceptar fácilmente todo lo que las Hermanas le dijeran.

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