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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Mientras guardaba la espada en su vaina, inspiró hondo para recuperar la calma, cargó a la mujer muerta sobre un hombro y echó a andar. Aún oía los desconsolados sollozos del pequeño gar, que se aferraba a su madre. Richard no podía matarlo; simplemente, no podía. Además, se dijo a sí mismo, la espada no se lo permitiría, pues su magia sólo funcionaba frente a una amenaza. La Espada de la Verdad no le permitiría matar al bebé de gar.

Por supuesto, podría hacerlo si la volvía blanca, pero no podría soportar ese dolor. No pensaba someterse a tal tormento sólo para matar a una cría indefensa.

El joven cargó con la mujer muerta hasta la próxima colina, mientras los lamentos se iban haciendo más débiles. Entonces dejó el cuerpo en el suelo e hizo un alto para recuperar la respiración. A la luz de la luna, la enorme bestia era una mancha negra contra la roca clara, con una pequeña forma encima. Aún percibía los débiles sonidos de angustia y confusión. Richard se quedó mucho rato mirando y escuchando.

— Queridos espíritus, pero ¿qué he hecho?

Como siempre, los espíritus no tenían respuesta.

Por el rabillo del ojo percibió movimiento. Dos lejanas siluetas pasaron delante de la luna grande y brillante, describieron una lenta curva en el aire, e iniciaron el descenso. Eran dos gars.

Richard se levantó. Tal vez los adultos verían al bebé y lo ayudarían. Aunque era consciente de que no debería desear que gar alguno viviera, de pronto se encontró animándolos. Los monstruos empezaban a inspirarle una curiosa simpatía.

El joven se agachó para evitar que los gars, que se acercaban hacia él en el amplio círculo que dibujaban alrededor del gar muerto en la colina vecina, lo vieran. El círculo se fue estrechando.

La cría de gar se calló.

Las formas oscuras se zambulleron y aterrizaron a bastante distancia entre sí con un poderoso aleteo. Entonces se movieron cautelosamente alrededor de la madre muerta y su cría. Desplegaron las alas y, de repente, atacaron a la silenciosa cría. Ésta rompió su silencio con un grito. En el aire sonó un furioso aleteo, fieros rugidos y chillidos de terror.

Richard se irguió. Muchos animales comían crías de su misma especie, sobre todo machos y especialmente si la comida escaseaba. Los gars adultos no pretendían salvar a la cría, sino devorarla.

Instintivamente, Richard empezó a bajar la colina a todo correr, haciendo caso omiso de una vocecilla interior que le decía que iba a cometer una estupidez. Mientras ascendía la colina vecina hacia los gars, desenvainó su espada. Los aterrorizados lamentos del pequeño daban alas a sus pies, mientras que los salvajes gruñidos de los atacantes inflamaban la ira de la magia de su espada.

Acero por delante, el joven se lanzó de cabeza hacia la maraña de pelaje, garras y alas. Los dos adultos eran mayores que el que había matado, lo cual confirmaba sus sospechas de que se trataba de machos. Los gars esquivaron la arremetida de la espada saltando hacia atrás, pero uno de ellos soltó a la cría. Ésta corrió enseguida hacia la madre y se aferró a ella. Los gars rodearon al joven, al que lanzaban rápidos ataques con sus garras. Richard blandía la espada y daba estocadas. Uno de los gars intentó agarrar de nuevo al pequeño, pero Richard lo recogió con la siniestra y, rápidamente, retrocedió una docena de pasos.

Entonces, los dos adultos se abalanzaron sobre la madre muerta. El bebé lanzó un grito y extendió ambos brazos hacia su madre, haciendo batir las alas e intentando desasirse. Los gars empezaron a devorar a la madre en un frenesí.

Richard tomó una decisión: mientras el cuerpo de la madre siguiera allí, la cría no lo abandonaría. Pero tendría más oportunidades de sobrevivir, si nada lo retenía en ese lugar. El pequeño se retorcía entre sus brazos. Por suerte, aunque medía la mitad que él, era más ligero de lo que parecía.

El joven fingió un ataque para ahuyentar a los dos machos. Éstos trataron de clavarle los colmillos; estaban demasiado hambrientos para renunciar a un festín sin luchar. Lucharon. Con las garras empezaron a despedazar el cuerpo. Richard cargó de nuevo. La cría logró por fin desasirse y corrió hacia su madre lanzando un chillido. Los dos gars alzaron el vuelo, cada uno de ellos con una mitad del premio. Un segundo después, ya se habían ido.

El pequeño gar se quedó donde había estado su madre, lamentándose, mientras miraba cómo los machos desaparecían en el oscuro cielo.

Jadeando de cansancio, Richard envainó de nuevo la espada y se dejó caer sobre un corto saliente para recuperar el aliento. El joven lloró con la cabeza hundida en las manos. Debía de estar volviéndose loco. ¿Qué estaba haciendo? Había arriesgado su vida por nada. No, no por nada.

Alzó la cabeza. El pequeño gar estaba de pie en el charco de sangre de su madre, las temblorosas alas mustias, hombros caídos y las copetudas orejas marchitas. Sus grandes ojos verdes lo miraron. Humano y gar se contemplaron largo rato.

— Lo siento, pequeño —susurró.

La cría dio un paso hacia él, muy cautelosamente. Lloraba a mares, y Richard también lloraba. Sin dejar de mirarlo, el tembloroso gar dio otro pasito hacia Richard.

Richard le tendió los brazos. La cría vaciló apenas antes de lanzar un miserable lamento y lanzarse en ellos.

El gar se abrazó a él con sus largos y entecos brazos. Sintiendo las cálidas alas del pequeño sobre sus hombros, Richard lo estrechó a su vez con fuerza.

Entonces fue susurrándole palabras tranquilizadoras mientras le acariciaba el basto pelaje. El joven nunca había visto a ningún ser vivo en tal miserable estado, tan necesitado de consuelo que incluso estaba dispuesto a aceptar al causante de sus sufrimientos. O tal vez lo veía como quien lo había salvado de ser devorado por dos monstruos enormes. Tal vez, enfrentado a un terrible dilema, había decidido verlo como su salvador. Tal vez la última impresión, la de salvarlo de ser comido, era la más fuerte.

El pequeño gar no era más que un peludo saco de huesos. Estaba medio muerto de hambre. Richard oía los gruñidos de protesta de su estómago. La cría desprendía un débil olor a almizcle que, sin ser agradable, tampoco era repulsivo. Susurrándole palabras de consuelo, el gar fue calmándose.

Cuando al fin el pequeño se quedó en silencio tras soltar un profundo suspiro de cansancio, Richard se puso de pie. Unas pequeñas garras afiladas tiraron de la pernera de los pantalones, y una carita lo miró desde el suelo. El joven deseó tener algo de comida para dejársela, pero no llevaba la mochila y nada podía ofrecerle.

— Tengo que irme —le dijo, desenganchando sus garras—. Esos dos ya no volverán. Intenta cazar un conejo o algo así. Ahora tienes que apañártelas solo. Vamos, vete.

La cría lo miró parpadeando, estiró lentamente las alas y una pata, y bostezó. Richard dio media vuelta y echó a andar. Al mirar por encima del hombro, vio que el pequeño gar lo seguía, y se detuvo.

— No puedes venir conmigo. —Extendió ambos brazos y trató de ahuyentarlo—. Fuera. Márchate. —El joven echó a andar hacia atrás. El gar lo siguió. De nuevo, Richard se detuvo e intentó ahuyentarlo con más firmeza—. ¡Vete, te digo! ¡No puedes venir conmigo.

Otra vez, el pequeño gar dejó caer las alas y retrocedió unos cuantos pasos, indeciso, mientras Richard volvía a ponerse en marcha. Esta vez siguió avanzando sin echar la vista atrás.

Tenía que enterrar a la mujer y luego regresar al campamento antes de que la hermana Verna decidiera obligarlo a hacerlo con el collar. Richard no quería darle excusa alguna; ya encontraría alguna por sí misma muy pronto. Al mirar atrás, comprobó que esta vez el gar no lo seguía. Estaba solo.

Encontró el cuerpo, tirado de espaldas, donde lo había dejado. Por suerte, no había moscas de sangre alrededor. Ahora tenía que encontrar suelo blando para cavar un agujero o una grieta profunda donde ocultarlo. La hermana Verna había insistido en que debía esconderlo muy bien.

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