Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
Me encogí de hombros para indicar que no me importaba demasiado, o quizá que le daba la razón sin creerme del todo su argumento. Los dos hombres se adentraron en la noche y, aunque pensé que Pearson se volvería a mirarme, fue Reynolds quien lo hizo, deteniéndose unos instantes. Como estaba tan oscuro, no pude descifrar su expresión ni el significado de aquella mirada, si es que me estaba transmitiendo alguno. Me miró unos momentos y luego siguió caminando, dejándome solo, aterido de frío y atado.
¡Qué situación tan terrible! Ojalá hubiera tenido un reloj para ver lo deprisa que conseguía liberarme… Me habría venido muy bien para contar la historia más tarde. Sí, afronté el desafío con una cierta confianza, pues contaba con muchas ventajas, que el señor Pearson no se había tomado la molestia de considerar. Primera: durante la guerra, me habían capturado muchas veces y siempre había escapado cuando había querido. Segunda: con seguridad, Pearson no había apresado nunca a nadie y mucho menos a alguien con mi historial de fugas. Tercera: no creía que el universo estuviera ordenado de manera que él pudiera derrotarme tan fácilmente.
Así pues, cuando estuve seguro de que me habían dejado solo y de que nadie vería mis acciones, empecé. El primer paso consistió en poner las manos delante de mí y eso lo conseguí con facilidad, aunque en absoluto la misma que diez o quince años antes, cuando era joven y más flexible. Sentado en el suelo, puse el lazo de mis brazos debajo de las nalgas, doblé las piernas y, tensando considerablemente los hombros, levanté los brazos hacia arriba. Noté un desagradable estallido y, por un momento, temí haberme dislocado algo, lo que habría sido una buena lección para mi arrogancia, pero fue simplemente la tensión de unas articulaciones agarrotadas por falta de uso. Di un último empujón y me encontré las manos delante.
Cuando se captura a alguien, si uno quiere asegurarse de que no escapará, aconsejo vivamente atarle los pulgares porque son elementos valiosos a la hora de desatarse. Además, al atar las cuerdas, hay que asegurarse de que las muñecas queden lo más juntas posible. Si el prisionero es listo, mantendrá las muñecas lo más separadas que pueda sin llamar la atención sobre este hecho. Aquello no era nuevo para mí por lo que, cuando empecé a concentrarme en las cuerdas, estas ya estaban bastante sueltas y manejables. Si no me hubiesen amordazado, todo habría resultado más fácil pues podría haber utilizado los dientes, pero la cuerda estaba lo suficientemente floja como para permitirme girar la muñeca derecha hacia el cuerpo, y utilizar el pulgar y el índice en la muñeca izquierda. No me proponía soltar la cuerda, puesto que el nudo estaba muy bien hecho. En vez de eso, tiré de ella, aflojándola todo lo que pude. Entonces, la agarré con fuerza y tiré hacia arriba con la muñeca derecha y hacia atrás con la izquierda. La cuerda me excorió la piel, pero enseguida quedó por debajo de los nudillos, la parte más ancha de la mano. La experiencia me ha enseñado que incluso la cuerda más prieta puede moverse poco a poco, si no toda a la vez, pero en este caso un gran tirón resolvió el asunto y la cuerda se escurrió.
Con las manos libres, me quité la mordaza de la boca y el resto de la cuerda de la otra muñeca. Los tobillos no representaron mayor dificultad, ya que solo necesité quitarme las botas para librarme de las ataduras. Antes de calzármelas de nuevo, saqué de su interior mi útil juego de pequeñas ganzúas y empecé a concentrarme en el cerrojo de la puerta de hierro. Hacerlo no entraña ninguna dificultad y la oscuridad no es impedimento, ya que la manipulación del cerrojo se hace mediante el tacto y el sonido. Al cabo de un momento, oí un clic y noté que la cerradura cedía.
Estaba satisfecho de mí mismo, y con razón, pero todavía quedaba un gran obstáculo ante mí. La puerta. Volví a guardar las ganzúas en las botas y traté de abrirla empujando, pero no se movió. Cargué contra ella con el hombro y reverberó, pero no se movió. Me tumbé boca arriba y traté de empujar con los pies, pero no sucedió nada. Pearson había dicho que se necesitaban dos hombres como mínimo para desplazarla y parecía que era verdad.
Hice una pausa para estudiar la situación. No todo estaba perdido, por supuesto. Por la mañana, vería mejor en qué entorno me encontraba. Quizá oiría a gente caminando en las proximidades y podría gritar. Si era necesario, podía volver a poner el candado y, cuando Pearson y Reynolds regresaran, fingir que seguía atado. Si lograba convencerlos de que abrieran la puerta, tendría a mi favor el factor sorpresa.
Esas eran mis opciones, pero ninguna de ellas me resultaba aceptable porque, más que desear simplemente la libertad, la deseaba de inmediato. Tenía trabajo que hacer y, si no conseguía salir de allí, tal vez Duer lograse controlar el Banco del Millón. Si lo lograba, en el peor de los casos se haría con el Banco de Estados Unidos y, en el mejor, provocaría un pánico financiero. Necesitaba salir de aquella jaula y no se me ocurría cómo hacerlo sin la ayuda de otra persona, como mínimo. Atrás habían quedado los días en los que podía esperar la repentina y fortuita aparición de Leónidas.
Me senté en el suelo y pensé que me convenía disfrutar de la situación antes de que la jaula empezara a inundarse. Lo repasé todo y, aunque estaba seguro de que no había olvidado ninguna posible vía de alcanzar la libertad, me obligué a revisarlo todo una y otra vez. Fue en lo único que pensé y todavía le daba vueltas cuando vi tres siluetas que emergían de la oscuridad. Una era alta y corpulenta, y otra bastante menuda -una mujer, imaginé- y no los reconocí por completo hasta que estuvieron a un paso de distancia. Eran Reynolds, el irlandés de la Cámara Legislativa y la señora Joan Maycott.
Capítulo 38
Joan Maycott
Enero de 1792
Todavía no había anochecido, pero ya había cenado y me hallaba sola en mi habitación, leyendo tranquilamente y dando sorbos de un vaso de vino rebajado con agua, cuando la casera llamó a la puerta. Abajo había un visitante, pero era de esos que no podía admitir en la casa si no quería recibir quejas de los otros huéspedes. Me disculpé por haberle dado aquella molestia y bajé la escalera. Me mostré tranquila aunque, a decir verdad, estaba muy nerviosa porque temía que mi visitante pudiese ser uno de los rebeldes del whisky, que se hubiera metido en un lío lo suficientemente grave como para venir a verme a casa.
Cuando encontré al señor Reynolds en el porche, apoyado en la barandilla de piedra y escupiendo tabaco a la calle, no supe si tenía que sentirme aliviada o consternada.
– Si me concede unos minutos de su tiempo, señora Maycott.
– Imagino que serán unos minutos desperdiciados.
– No tiene que ser tan dura con un hombre que tal vez haya venido a ayudarla. Solo tal vez, no lo sé con seguridad, pero tengo la sensación de que sí. Me conoce lo suficiente como para saber que no soy leal a nadie ni a nada. Lo único que me importa es que me paguen. Y si lo que sé es verdad, creo que aquí tengo la oportunidad de ganar dinero.
– Si es verdad, ¿el qué?
– Lo del capitán Saunders. Está en contra de Duer, y usted también.
– Si cree usted que no soy amiga del señor Duer, es que me ha malinterpretado.
– Y usted me ha malinterpretado a mí, si cree que estoy de una parte o de otra. Trabajo para Duer, pero no es amigo mío. Y usted olvida lo que ya sé, así que, dígame, ¿quiere ayudar a Saunders o quiere dejarlo donde está?
– ¿Dónde está?
– En un sitio del que no puede salir -respondió Reynolds-. Y a merced de Pearson, lo cual no es una buena cosa para él.
– ¿Me está diciendo que, en cierto modo, está secuestrado?