Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
No tuve tiempo de indicarle que se callara y ella no supo interpretar la mueca con que se lo ordené, ni mi subsiguiente irritación. En cuanto al señor Thomas Hunt, nos miró a los dos y en un instante comprendió que el peligro que corría procedía de mí y no de ninguna otra causa. Intentó apartarme, dándome un empujón con el hombro, pero yo me quedé donde estaba y lo detuve, agarrándolo por el brazo.
– Quédese tranquilo y callado y no le ocurrirá nada -le dije.
– Hijo de puta -replicó, aunque no en voz baja y tranquila, como podría parecer al verlo escrito en esta página. No, pronunció las palabras a gritos, ardientes y llenas de ira. ¡Hijo de puta!, o algo así, y él, el verdadero hijo de puta -si uno de los dos debía ser calificado de aquel modo-, trató de meterme los dedos en los ojos. Fue un golpe audaz, inesperado y hábil. Se lanzó contra mí con los dedos extendidos como garras de águila y, si no le hubiera clavado la rodilla en los testículos, hoy estaría ciego.
Como su compañero antes que él, el señor Thomas Hunt se encontró, sin más dilación, con las manos atadas a la espalda. No necesitaba su silencio porque teníamos la vivienda para nosotros solos, por lo que me concentré en las manos y en los pies y, una vez inmovilizado, lo llevé a rastras hasta la sala delantera y lo puse en un diván, ya que la casa se vendía con algunos de los muebles.
– Retenlo aquí hasta las dos de la tarde -le dije a la mujer-. Luego, lo sueltas. -Me volví hacia el hombre y añadí-: Cuando lo desate, ni se le ocurra ponerle un dedo encima como venganza porque volveré y le haré pagar por ello.
– Si he de estar prisionero -farfulló-, ¿puedo disfrutar al menos de los servicios de la mujer?
Era un hombre práctico y no podía reprochárselo. Me volví a la mujer.
– Si todavía está interesado en ello a las dos de la tarde, déjale que disfrute -concedí y, como sé que nunca va mal hacer saber a un hombre que su enemigo conoce su situación, añadí-: Y luego, que vuelva con su esposa.
Los rumores del éxito inminente del Banco del Millón habían corrido por la ciudad durante semanas, por lo que no puedo decir con certeza que, si yo no hubiera obstaculizado a Duer, él no hubiese tropezado de todos modos. Lo que ocurrió fue que llegó al hotel Corre's una hora más tarde, casi a las once. Nunca supe qué aconteció en su casa, pero me imagino la escena. Primero, Duer debía de haberse impacientado, esperando a que apareciera alguno de sus agentes, por lo menos, y no se había presentado ninguno. Después, habría entrado corriendo un criado con la noticia más horrorosa.
Al parecer, todos los vehículos de la casa habían sufrido la rotura de alguna rueda y las puertas de los establos habían sido forzadas, por lo que todos los caballos se habían dispersado. ¡Oh, qué descuido, y en un día tan señalado! Era casi como si un espíritu malévolo hubiese visitado Greenwich a medianoche para sembrar el caos. Como no tenían otra opción, Duer y su hombre, Whippo, se verían obligados a alquilar caballos y cabalgar hasta la ciudad. Supongo que albergaban la esperanza de encontrar a todos sus agentes en su sitio, comprando con decisión todas las acciones que podían, y de que su demora no supusiese más que haberse perdido el placer de presenciar una exitosa operación. Al llegar, se encontraron con la amarga realidad.
El hotel Corre's estaba atestado de gente enojada y agitada, una multitud contenida por una mesa tras la que se sentaban tres cajeros, demasiado pocos para lo que se les exigía. El Banco del Millón esperaba un lanzamiento de gran éxito, pero no tan frenético ni con el entusiasmo y la vitalidad que habían caracterizado a la inauguración del Banco de Estados Unidos el verano anterior. Sin embargo, allí había una horda de hombres airados y agresivos que esperaban comprar riquezas a precio de saldo.
Nueva York era una ciudad de extranjeros y, dispuestos a comprar acciones, había alemanes, holandeses, italianos, españoles y judíos. También estaban los especuladores, ruidosos y seguros de sí mismos, que frecuentaban el Café de los Mercaderes, pero había además otros hombres, tipos más tímidos y de negocios más respetables que, habiendo sido testigos del revuelo causado por el banco de Hamilton, ahora querían beneficios para ellos. También había hombres de categoría inferior, individuos que tal vez llevaban consigo los ahorros de su vida con la esperaza de que, en un solo movimiento, su destino cambiase para siempre.
Parecía que el único grupo de importancia ausente en aquella mezcolanza era el compuesto por los hombres de Duer. No encontrarlos allí, entre la multitud, me llenó de satisfacción. Yo estaba solo y abandonado, me habían apaleado y maltratado, y el mundo me despreciaba, pero había cumplido mi deber para con la nación.
Desde el otro lado de la sala me fijé en una cara nueva que acababa de entrar en el vestíbulo del Corre's. Era Pearson y parecía abrumado, como un niño que se ha perdido de la niñera en un mercado abarrotado de gente. ¿Sabía que yo ya había escapado de su encierro? Lo dudaba. Y allí estaba el hombre al que odiaba más que a ninguno, el hombre que había matado a mi mejor amigo, que me había arruinado la vida, se había casado con la mujer de la que estaba enamorado y había convertido mi existencia en una tortura insoportable. Allí estaba, después de haberme capturado de nuevo, decidido a invertir el poco dinero que le quedaba. Sin embargo, cuando echó un vistazo a la sala, quedó clara su consternación ante lo que veía. Aquello era un caos, una locura, y no había rastro de Duer ni de sus agentes. Cincuenta pasos y unos mil hombres me separaban de Pearson pero, entre los cuerpos apretujados y los gritos de impaciencia, nuestros ojos se encontraron por un instante.
No estoy muy seguro de lo que cruzó su rostro, quizá algo parecido al horror o a la sorpresa. Debió de entender muchas cosas a la vez: que yo había huido de su mazmorra inexpugnable, que era un enemigo más peligroso de lo que había creído y que, a partir de aquel momento, las cosas serían distintas. También debió de entender que el dinero invertido en el Banco del Millón era dinero perdido, que confiar en Duer había sido un monumental error. Y debió de entender algo más: que, sabiendo lo que yo sabía sobre quién era y lo que había hecho -a mí, a Fleet, a su propia esposa-, le había dado un buen consejo. Me miró fijamente, sin otra cosa que una expresión de desdén y de escarnio hacia el hombre que lo había salvado, y se marchó.
Quise seguirlo, pues no sabía cuándo tendría una mejor oportunidad que aquella, pero me pareció una decisión equivocada. Tenía que quedarme y ver cómo se desarrollaba el lanzamiento del banco, asegurarme de que Duer no encontraba la manera de volver las tornas para su provecho. Había sido más listo que él, sí, pero hasta que todo terminara no estaría seguro de que aquel individuo no tenía un truco para salir bien librado.
Al cabo de poco, lo vi. En realidad, a quien distinguí primero fue a Whippo, que era extraordinariamente alto, pues Duer pasaba inadvertido fácilmente entre el gentío. No los había visto llegar, pero ahora caminaban entre la multitud -que no los acogió con entusiasmo- llamando a gritos a sus agentes, unas llamadas que no obtuvieron respuesta. Duer miró consternado las largas colas formadas ante los cajeros, pero no tuvo más remedio que ponerse en una y Whippo en otra.
Sin embargo, no llevaban más de un cuarto de hora y apenas habían avanzado cuando se anunció que la emisión de títulos del banco había quedado suscrita en su totalidad. Se agradeció el interés a los que habían esperado sin éxito y se pidió a la gente que abandonara la sala. Algunos salieron con aire de triunfo y otros, desesperados. Un número considerable de ellos, que había acudido después de leer artículos en la prensa y de pensar que aquello era algo que no podían perderse, se marchó resignado. Duer y su hombre no se movieron en absoluto, sino que se quedaron como caballos aturdidos en medio de la carnicería de un campo de batalla.
Yo permanecí cerca de la puerta, arrimado a la pared, observando cómo se desarrollaban los acontecimientos. Duer apretó los labios en una fina línea exangüe. Por un momento, pensé que se echaría a llorar como un niño.