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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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El más fuerte de los dos, es decir, el que no era Pearson, me obligó a arrodillarme y me sujetó para que no me levantara. Pearson empezó a atarme los brazos a la espalda con una gruesa cuerda. Luego me ató los pies a la altura de los tobillos. Lo noté debatirse torpemente con las cuerdas y aunque tiró con fuerza para asegurarse de que los nudos quedaban bien apretados, era evidente que no era experto en aquellas artes.

Una vez completada la operación, me hicieron poner en pie y, con un rápido tirón, me quitaron la bolsa de la cabeza. La oscuridad era casi total, aunque a pocos dedos de mi cara vi la sonrisa malvada de Pearson. A su lado, también sonriendo, pero a la manera sencilla de los perros, estaba Reynolds.

– Así que todo esto lo ha ordenado Duer -dije-. Y usted, Pearson, ¿no es más que una de sus marionetas?

– Trabajo para Duer -explicó Reynolds-, pero cuando me sobra tiempo estoy dispuesto a trabajar para otros. En este momento, lo hago para el señor Pearson.

– Y la noche en que mi casera lo ahuyentó de su casa, ¿también trabajaba para Pearson?

– Sí -respondió.

Mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y eché un vistazo alrededor. Todo seguía confuso pero distinguí, en varios tonos de gris, unos cuantos detalles, ninguno de ellos alentador. El suelo era de fango, que se me había incrustado en las medias y los calzones mientras permanecía arrodillado, y me rodeaban los barrotes de hierro de una prisión, aunque aquella celda era muy pequeña, pues no tendría más de dos pasos de largo por dos de ancho. En ella había espacio para un hombre sentado, pero tumbado no cabría. De altura, medía poco más que yo y tenía una sola puerta de hierro que daba a una losa de piedra cuadrada. La jaula descansaba a apenas un palmo del río y sobre nosotros todo era negrura. Olí a madera vieja y podrida. Quizá estábamos bajo un muelle en desuso.

Pearson observó cómo intentaba situarme y decidió contestar a las preguntas que no había formulado en voz alta.

– Es un embarcadero viejo que utilizaron los británicos durante la ocupación, pero quedó dañado por la guerra y ya no lo han arreglado. Un coronel británico amigo mío me habló de esta jaula y pensé que tal vez algún día me sería útil.

– ¿Un coronel británico? ¿Amigo suyo? -inquirí-. Qué chocante…

– Haga todos los comentarios sarcásticos que guste, pero está en mis manos y haré con usted lo que quiera.

– ¿Y qué quiere? -pregunté-. ¿Por qué se toma tantas molestias?

– Mañana inicia su actividad el Banco del Millón -respondió-. Duer desea que invierta en él de manera cuantiosa, que despliegue a mis agentes para comprar todo lo que podamos, acaparando las acciones dentro de su círculo de conocidos. Sé que él ha querido disuadir a todo el mundo de invertir durante el lanzamiento del banco, pero usted ha estado alabando las virtudes de este. Quiero saber por qué y qué trama.

– Lo que tramo -respondí- es asegurarme de que Duer no se hace con el control del banco. Escúcheme, Pearson. No invierta su dinero en el Banco del Millón. Lo perderá todo. El banco quebrará en cuestión de meses.

– Duer no piensa eso.

– A Duer no le importa -repliqué-. El Banco del Millón puede caer en medio año, pero a él le dará lo mismo. Lo único que le importa es controlar el banco de momento, utilizando el crédito que esa acción le dará para obtener el control del mercado de bonos al seis por ciento y, después, del Banco de Estados Unidos. Pero usted eso no lo sabía, ¿verdad? Lo convenció de que utilizara su propio dinero para bajar el valor de los bonos al seis por ciento, de modo que él pudiese comprarlos baratos. Lo convenció de que comprara bonos al cuatro por ciento para que el precio subiera y los demás corrieran en tropel a vender los seis por ciento y comprar los cuatro por ciento. Ahora, sin embargo, los cuatro por ciento no valen nada. No pierda aún más en el Banco del Millón.

Hizo una pausa bastante larga, lo que denotó que mis palabras lo habían intranquilizado.

– ¿Y por qué tengo que creerle? ¿Por qué he de seguir sus consejos en estos asuntos?

– Por el bien de su esposa -respondí-. La única razón de que no haya huido de su lado es porque una mujer con dos niños sumida en la pobreza está expuesta a más peligros y malos tratos que incluso viviendo con usted. No soportaría verla hundida en la pobreza y con usted.

– Bueno, ya veremos. -Hizo cuanto pudo por fingir que no se inmutaba-. Esperaré a que transcurra una hora o así de la apertura del banco antes de decidir qué hacer y entonces, basándome en lo que haya averiguado, volveré y veré si tal vez usted ha estado ocultándome información importante.

– Con permiso, señor Pearson -dijo Reynolds, acercándose un paso-. Según mi experiencia, dejar al enemigo con vida siempre es una mala decisión, sobre todo si se trata de uno tan taimado como Saunders. No tengo nada contra él y me da lo mismo que muera o que siga vivo. Si me pagan para que lo hiera o lo mate, eso es lo que hago, pero ¿dejarlo aquí? Eso es una estupidez. Si escapa, le hará la vida imposible. Y a mí, también, posiblemente.

– Posiblemente -asentí-. Odio tener que darle la razón en algo tan perjudicial para mi bienestar, pero Reynolds está en lo cierto. Dejarme con vida no es buena idea.

– No permitiré que me incite a darle lo que quiere. -Pearson escupió en el suelo.

– Está loco si cree que Saunders quiere morir -señaló Reynolds-. Está jugando con usted. Intenta convencerlo de que no lo mate. No le dé lo que quiere.

– Lo que quiere es ocultarme información y, si cree que así ayudará a mi esposa, estoy seguro de que es lo bastante idiota como para preferir la muerte a decir la verdad. Todos esos soldados, con sus ideas románticas, desean morir. Pero no se lo concederé si no me cuenta todo lo que sabe. -Se volvió hacia mí y continuó-: Esta pequeña celda es un instrumento perfecto para sonsacar la verdad. Mi amigo, el coronel británico, me habló de este lugar. Como puede ver, esta puerta es tan pesada que un hombre solo no puede abrirla ni cerrarla, pero le echaremos el cerrojo de todos modos. Usted se quedará dentro, atado e inmovilizado de brazos y piernas. Sufrirá hambre, sed y frío y, cuando entre la marea, sufrirá terriblemente. El agua no lo ahogará pero tal vez le llegará a la cintura, algo que en enero debe de ser de lo más desagradable. Solo podrá aliviarse con los calzones puestos. Y cuando yo vuelva, dentro de un par de días, lo encontraré desmoralizado, desesperado y dócil.

– No me deje aquí -supliqué-. Máteme ahora o lo lamentará.

– Escuche lo que dice -terció Reynolds.

– Ya lo escucho -replicó Pearson-. Me dice que sabe algo que desea que yo no sepa nunca, pero descubriré lo que es. Dejaré que se lo sonsaquen el frío, el río y su propia infelicidad. Termine ya con la cuerda, Reynolds.

Con los tobillos inmovilizados y las muñecas atadas a la espalda, yo ya me hallaba en un estado lamentable, pero Reynolds me colocó una pelota de tela -por fortuna no demasiado sucia- en la boca y la sostuvo en su sitio con una tira de la misma tela, atada alrededor de la cabeza. No me ha gustado nunca que me amordacen porque es la sensación más terrible y la idea de que estaría amordazado un par de días se me antojó insoportable.

Vi que Pearson y Reynolds salían de la diminuta jaula y que juntos empujaban la puerta. Realmente parecía que tuviesen que emplear todas sus fuerzas para que la pesada puerta se moviera. Se apoyaron en ella con la espalda encorvada y, empujando con las piernas, consiguieron por fin ponerla en su sitio. Resollando del esfuerzo, Reynolds cogió una cadena de metal y la pasó alrededor de la jaula y la puerta, asegurándola con un candado. Era una precaución innecesaria, pero pensé que querían cerciorarse de que, aunque alguien me encontrase, no pudiera rescatarme fácilmente.

– Su aplomo da a entender que se cree en posesión de algún secreto -dijo Pearson, mirándome desde fuera de la jaula-, pero no escapará de esta prisión. Nadie lo ha conseguido nunca. El secreto que guarda no le da ninguna ventaja y, como los demás que han estado encerrados aquí, no podrá escapar.

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