Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– Manténgase alejado de nosotros y del señor Duer -dijo Whippo-, o le buscaré la ruina.
– Demasiado tarde para eso. Ya estoy arruinado.
– Entonces, Reynolds lo machacará.
Reynolds soltó un gruñido, descubriendo unos dientes amarillentos. Creyeron que sus amenazas habían eliminado cualquier posibilidad de réplica y se alejaron.
– Ya estoy machacado -grité, pero no se volvieron, pues estaban muy ocupados buscando comerciantes a los que ofrecer sus lucrativas tasas de interés.
Corría la tarde anterior a la puesta en marcha del Banco del Millón. Y era temprano, alrededor de las cuatro y media, quizá, pero ya había anochecido. Yo tenía trabajo que hacer, pero era pronto y lo más sensato habría sido que me hubiese retirado a mis aposentos a dormir hasta la madrugada. Sin embargo, sabía que me resultaría imposible conciliar el sueño. Toda la ciudad estaba tensa de expectación, a la espera de ver lo que ocurría. La mitad de los habitantes pronosticaba que el Banco del Millón sería un desastre; la otra mitad, que sería una máquina generadora de riqueza. Yo no sabía lo que sería ni me importaba, siempre y cuando el banco cumpliese sus objetivos sin ser controlado por Duer.
Como estaba demasiado nervioso y no podía parar quieto, decidí dar un paseo por la ciudad durante un par de horas con la esperanza de que el ejercicio me relajara y pudiese dormir. Quizá me había vuelto demasiado arrogante, pero no lo creo. En cambio, creo más seguro decir que había malinterpretado la maldad de aquellos a los que me enfrentaba. Caminé hacia el norte, en dirección al parque público y pensé en dar una vuelta por él, pero ya era media tarde y hacía frío, por lo que pocas distracciones encontraría allí. Sin embargo, miré las puertas al pasar ante ellas, con su elegante arco de piedra y sus estatuas femeninas seductoras y vagamente morbosas, en cuyos ojos había algo lascivo.
Supongo que estaba muy distraído y no presté atención a los vehículos que circulaban por la calle. No reparé, pues, en que uno de ellos, un carro cubierto con una lona, avanzaba prácticamente a mi paso, aunque se mantenía detrás de mí para que no me fijara en él. No obstante, cuando llegó a mi altura, lo vi y vislumbré al carretero. Lo primero que me chocó fue que iba mejor vestido que los hombres que conducían aquellos vehículos -llevaba el abrigo gris impoluto propio de un caballero- y, aunque mantenía el rostro vuelto hacia el otro lado deliberadamente, me sonó familiar. Apresuré el paso para echarle otra ojeada, pero solo le vi la parte trasera de la cabeza, aunque me fijé en sus manos agarrando las riendas. Eran unas manos macizas, bestiales, y por eso lo conocí. El que conducía al carro a mi lado era Jacob Pearson.
Me detuve, poniéndome tenso, pues necesitaba un momento de inmovilidad para tratar de comprender qué significaba aquello y qué iba a hacer. Entonces, como vi que no llegaría a ninguna conclusión inmediata, decidí aprehenderlo y ya pensaría qué hacer con él cuando lo tuviera. Me encogí para saltar adelante y todo se oscureció. Me habían echado una gruesa saca de cuero por encima de la cabeza. Unas manos poderosas me agarraron los brazos por debajo de los codos y me los presionaron contra los costados para inmovilizarlos. De pronto, olí a tabaco, sudor y ropa sucia. Quien me había apresado no solo iba más sucio que yo, sino que además era mucho más fuerte y, aunque no quería rendirme, vi que la violencia no iba a librarme de aquel encuentro.
Todo ocurrió muy deprisa… Tenían que actuar muy rápidamente si no querían llamar la atención de los otros transeúntes. El hombre que me agarraba los brazos me empujó hacia delante para que subiera a la parte trasera del carromato y, una vez allí, me lanzó contra el áspero suelo. Olí a heno y a estiércol. En aquel vehículo solían viajar otros animales distintos de los seres humanos, pero eso no me dio ninguna pista. Quienes me habían capturado debían de haber alquilado el carro a un granjero por una tarde. El hombre que me retenía me soltó un brazo un momento, me agarró por el pelo y me golpeó la cabeza contra el suelo. Lo hizo con dureza, pero no con brutalidad. El impacto me dolió y me invadió una oleada de náusea y aturdimiento. Sin embargo, me recuperé enseguida y, aunque estaba bajo la saca de cuero, comprendí varias cosas. Entendí que mi atacante había corrido la gruesa lona sobre el vehículo para que no se nos viera, envolviéndonos en una oscuridad sofocante. Comprendí que actuaba solo y que solo él se ocuparía de mí mientras Pearson conducía el carro. Se sentó a horcajadas sobre mis riñones y me sujetó los brazos por las muñecas. No dijo nada, por lo que no averigüé nada de él mediante su voz, pero entre sus muchos olores desagradables -y aquello me pareció significativo- no detecté el de whisky, por lo que no podía tratarse del irlandés que me había abordado junto a la Cámara Legislativa. Así que aquella fue la tercera cosa que comprendí: quienquiera que fuese que me había capturado era el mismo hombre que me había atacado en mi casa de Filadelfia y al que la señora Deisher había disparado.
– Buenas noches -dije, intentando disfrazar mi voz. Incluso a mí me resultaba difícil oír mis palabras, perdidas bajo la bolsa de cuero, la lona y entre el matraqueo de las ruedas en la carretera-. Soy el señor Henry Rufus y no puedo por menos de pensar que me ha secuestrado por error.
– Cállese, Saunders -replicó-. No soy imbécil.
Conocía aquella voz y estuve a punto de ubicarla, pero el cuero, que la amortiguaba, y el ruido de la carretera me impidieron saber a quién pertenecía.
– Dígame, ¿qué quiere de mí?
– Cállese -repitió-. No hablaré con usted. No sirve de nada y tiene lengua de diablo. Pearson ya se lo dirá cuando pueda.
«Cuando pueda» resultó ser al cabo de una hora, más o menos. Seguimos viajando un rato y no noté nada, salvo que los ruidos que nos rodeaban eran cada vez más tenues y menos frecuentes. Nos dirigíamos a un lugar despoblado, lo cual no fue una sorpresa ni un alivio. Finalmente, el vehículo se detuvo. Permanecimos quietos unos instantes y oí mi respiración en la capucha, noté el aliento maloliente de mi atacante en el cogote y, aparte de eso, algo más: el chapoteo del agua contra una orilla. A continuación, capté unos golpecitos, como de un bastón sobre madera. Sonaron cuatro veces, por lo que, sin duda, debía de ser una señal, y el hombre que tenía encima se levantó y alzó la lona, dejando entrar una bocanada de aire fresco. Luego, me agarró por un brazo solamente, como si estuviera seguro de que no intentaría huir. Si no sabía dónde me hallaba, ¿cómo iba a escapar? Me hizo saltar al suelo, donde un segundo hombre me asió por el otro brazo.
– El señor Pearson, supongo -dije-. Me siento halagado de que se haya tomado la molestia de buscarme, pero debo informarle de que en mi posada habríamos estado mucho más cómodos. Y allí tengo una línea de crédito de lo más conveniente, al menos por lo que al vino se refiere.
No dijo nada. Quizá quería atormentarme, pero no creo. Pienso más bien que tenía miedo, que sabía que era peligroso mantener una conversación conmigo y por eso no se arriesgaba a hacerlo. Lo intenté un par de veces más, pero se mantuvo callado. Caminamos, primero sobre hierba y después sobre un terreno blando. Tierra mojada, me pareció. Durante unos instantes, recorrimos un camino de piedra y, a continuación, un tramo de lisos escalones. Entonces oí con claridad el sonido del río y me llegó su olor: aguas, tanto limpias como estancadas, y el hedor de los peces muertos en la orilla. El aire era frío y húmedo, y enseguida me encontré caminando sobre barro. Al final, uno de los hombres me empujó hacia delante y capté diferencias sutiles. La oscuridad había cambiado y el viento había amainado, lo cual me llevó a creer que me hallaba en un espacio cerrado, una especie de habitación, aunque el suelo bajo nuestros pies seguía siendo blando y oía el río con la misma claridad.