Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– Le aconsejo que no hable -dije con voz firme pero tranquila.
Le agarré las manos y se las até a la espalda. El tipo apenas se resistió, pues no sabía quién era yo ni lo que quería. Creo que en ningún momento se le ocurrió pensar que tenía que plantarme cara. Una vez lo tuve inmovilizado y con los ojos vendados, lo amordacé por encima del saco que le había puesto en la cabeza.
– El esposo de la señora Greenhill me ha enviado a verlo, señor Jukes. Se trata de una venganza porque es cruel, verdaderamente muy cruel, violar el lecho de un hombre con su esposa.
El individuo murmuró y farfulló, diciendo, sin lugar a dudas, que no conocía a ninguna señora Greenhill y que él no era el señor Jukes. Yo, por supuesto, fingí no comprenderlo.
– Va a dejar en paz a esa mujer casada, bribón. Este será el último aviso.
Concluido mi trabajo, me marché. Cuando lo encontraran, como sucedería inevitablemente, el hombre contaría lo que le había acontecido y la agresión sería considerada un simple malentendido. Cuando todos los agentes de Duer sufrieran esos malentendidos, quedaría claro que lo que sucedía era algo más siniestro; sin embargo, para entonces ya sería demasiado tarde.
No describiré cada encuentro porque utilicé la misma técnica cuatro veces con los cuatro agentes solteros. Había planificado la acción para poder desplazarme con la máxima rapidez de uno a otro.
Los dos agentes que quedaban eran hombres casados y con hijos, y no pensaba entrar por la fuerza en sus casas y atacarlos en su propio hogar. Hacerlo sería peligroso e indecente. Por ello, me las hube con ellos guiándome por su personalidad.
Al señor Geoffrey Amersbury le gustaba ir cada día en coche a su lugar de trabajo. Aquel día tomaría el carruaje para dirigirse a la finca de Duer, por lo que no resultó difícil pagar al cochero para que se pusiera enfermo y pagar al sustituto para que lo llevase a un sitio donde lo asaltasen. Los ladrones que contraté -solo me bastó una visita a la zona de Peck's Slip para encontrarlos-, lo despojarían del dinero y de la ropa, y lo alejarían del vehículo, pero no le harían daño.
La última víctima, el señor Thomas Hunt, vivía en una casa inmensa con su esposa, cuatro hijos y su anciana madre, por lo que no sería fácil ni seguro retenerlo en su residencia. Dado que ignoraba cómo llegaría el hombre a casa del señor Duer, tuve que buscar una solución creativa para tratar con él.
El señor Hunt estaba en la flor de la virilidad. Era alto y fornido, y tenía un abundante cabello castaño y la suerte de rostro que las mujeres encuentran atractivo. No era extraño que un hombre como él se hubiera casado con una dama bonita y se decía que estaba entregado a su esposa, pero era tal su interés por el sexo débil que su entrega era demasiado grande para quedar limitada a una sola mujer, por valiosa que esta fuera. Imaginé que debía de ser así y un poco de chismorreo ocioso de café confirmó mis sospechas.
Por ello, me procuré el servicio de una mujer atractiva de un burdel de la zona. Cuando el señor Hunt salió de su casa, a las ocho de la mañana, fue abordado por la dama a la que yo había contratado. Lo paró en la calle y, con toda cortesía, le pidió por unas señas y, una vez iniciada la conversación, le preguntó si no era Thomas Hunt, el conocido inversor, del cual le habían hablado tan a menudo. La mujer pronunció aquellas palabras como si considerase las operaciones de bolsa solo un poco menos remarcables y heroicas que la lucha contra el minotauro. Dijo que tenía una importante suma para invertir y que no sabía qué hacer con ella, de modo que quizá un hombre tan importante y exitoso como él podía aconsejarle qué empleo dar a aquellos engorrosos dólares. El le dijo que estaría encantado de asesorarla en el asunto y que iría a visitarla al día siguiente o tal vez aquel mismo día, más tarde, pero que en aquel momento estaba ocupado. Por desgracia, replicó ella, solo estaba en la ciudad aquel día y regresaba a Boston por la noche. Necesitaba un agente en Nueva York de inmediato. Si pudiera dedicarle media hora, le estaría eternamente agradecida. El hombre sacó su reloj y lo estudió con gran nerviosismo pero, después de tomarse tiempo para calcular sus deberes y obligaciones, vio que sí tenía media hora para dedicarle, pero no más.
Yo observaba la escena desde una distancia prudencial y vi que la dama lo llevaba a una casa vacía, una casa que estaba en venta, cuyo uso había alquilado para pasar el día. Abandonado a sus propios recursos, el señor Hunt estaría ocupado con ella mucho más de media hora, no me cabía ninguna duda. Un hombre decide holgar un rato pero, cuando está con una dama dispuesta, las manecillas del reloj avanzan a un ritmo impensable. Un cuarto de hora se convierte en dos o tres. La cita de la mañana queda olvidada cuando llega el mediodía y la tarde. Si estos hechos se acompañan con una o dos botellas de buen clarete, mucho mejor. El señor Thomas Hunt no llegaría a tiempo a la cita con Duer y no podría culpar a nadie de ello excepto a sí mismo.
Así, no me resultó difícil procurarme un cubo de cerveza y una jarra y encontrar un sitio cómodo donde sentarme a vigilar la casa que había alquilado mientras el señor Hunter, cazador de furcias y de dólares, seguía donde yo quería. Hacía frío, sí, y me caían copos de nieve encima y en la cerveza, pero no me importaba. Era un hombre curtido por las tribulaciones de una revolución y el aire gélido no significaba nada para mí.
Cuando faltaban quince o veinte minutos para las nueve y Hunter todavía tenía tiempo de llegar a su destino sin demasiada dificultad, la puerta se abrió y apareció el hombre, pasando apresuradamente el brazo por la manga de su abrigo. Mi buena prostituta, mucho menos vestida que el hombre, con la camisa caída dejando al aire un hombro, trató de retenerlo, pero el señor Thomas Hunt se la quitó de encima de una manera ruda, con más violencia de la que me gusta ver en el trato con las mujeres. En aquel momento comprendí que el señor Thomas Hunt era una mala persona y, aunque me quedaba más de la mitad de la cerveza y abandonarla en la calle significaba que ya podía olvidarme de ella, seguí la llamada del deber y me puse en pie de un salto.
– ¡Dios mío, señor! -grité-. ¡Señor Hunt, señor Thomas Hunt, corre usted peligro! ¡No dé un paso más, no siga avanzando, señor Hunt, porque su vida pende de un hilo!
Alzó la vista y me vio corriendo hacia él, corriendo con preocupación en la cara, y debió de reconocer en mí la actitud de un héroe revolucionario, porque se detuvo para darme tiempo de alcanzarlo.
– Gracias a Dios que está a salvo -dije, entre jadeos, al tiempo que lo sujetaba por el brazo-. Ya vienen y debe esconderse.
Empecé a conducirlo de vuelta a la casa que había alquilado, pero se resistió.
– ¿Quién es usted, señor? -quiso saber-. ¿Quién me persigue? ¿De qué está hablando?
Tuve que afrontar el problema, no poco importante, de no saber qué decir y me estrujé la cabeza en busca de una réplica. No creo que tardara más de unos pocos segundos, si llegó a tanto, en contestar, señalando hacia la calle con la cabeza:
– Los hombres a los que ha engañado.
Era un especulador, por lo que me pareció probable que hubiese engañado a alguien y, de hecho, palideció y se encaminó hacia la puerta de la casa sin que fueran necesarias más explicaciones. Dentro, el vestíbulo carecía de pinturas y objetos decorativos, pero el empapelado de las paredes y los suelos, pintados como si fueran mosaicos holandeses, seguían allí. La casa se veía un poco aséptica, pero no precisamente vacía. Sin embargo, nuestros pasos resonaron conforme avanzábamos en ella.
Al final del pasillo estaba la prostituta, a la espera de ver qué ocurría a continuación.
– He intentado retenerlo, pero no se ha dejado -dijo. Parecía aburrida de sus propias palabras.