Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– Todavía no ha llegado el momento de que sepa más -dije-. Pero será pronto.
Acto seguido, se apeó del coche. Si recordaba que le había prometido que en el carruaje se lo contaría todo, no me lo echó en cara. Por su actitud, creo que sí se acordaba, pero no quiso comentar nada porque sabía que era una promesa que yo no cumpliría nunca.
Capítulo 39
Ethan Saunders
Eran las nueve y media. Había perdido varias horas, pero no más que eso. Mis planes para torcer los designios de Duer seguían siendo tan sólidos como siempre y el odio que sentía por Pearson, igualmente intenso. Después de lo que le había hecho a su propia esposa, nada me haría despreciarlo más. Y por lo que se refería a la señora Maycott, sus acciones de aquella noche, su relación con el irlandés del whisky, solo confirmaban que era un personaje de más peso en aquellos asuntos de lo que ella estaba dispuesta a reconocer. Sin embargo, de momento al menos, parecía ser un personaje al que le interesaba mi éxito y la seguridad de Cynthia.
Solo había una persona en Nueva York que pudiera dar respuesta a mis preguntas, por lo que, después de asearme y de ocultar el grueso de mis heridas, fui a la casa del senador Aaron Burr, donde su criada me mandó a un café del barrio, y allí lo encontré, siendo el centro de atención de un gran grupo de clientes políticos suyos… o tal vez de hombres de los que él era cliente. No supe bien qué hacer, pero me satisfizo que me indicara con un gesto que tomase asiento y que me atendería cuando pudiese.
Burr no tardó en acercarse a mi mesa. Alrededor de la suya todavía quedaban varios hombres, pero parecían tener suficiente de que hablar como para no requerir la presencia del senador en aquel momento.
– ¿Puedo ayudarlo en algo, capitán?
– Sí, en algo importante, me temo, y ha de quedar entre los dos. Esperaba que pudiera contarme algo más de Joan Maycott.
– Sé poco de ella -dijo-. Apareció en escena hace menos de un año. Es una dama elegante y rica. Es viuda. Su esposo y ella cambiaron la deuda de guerra de él, que era soldado, por tierras en el Oeste, donde él triunfó con una destilería de whisky. No obstante, cuando el marido murió, ella regresó al Este. Si se la presiona al respecto, se manifestará en contra del impuesto del whisky de Hamilton. -Burr se encogió de hombros para indicar que no tenía nada más que añadir.
– ¿Cuándo se trasladó al Oeste?
– No lo sé -respondió-. Una vez me contó que, cuando se ratificó la Constitución, vivía en Nueva York con su esposo, por lo que no puede hacer tanto tiempo.
– ¿Y cómo murió el marido? -inquirí tras una pausa.
– Nunca ha querido explicarlo y ningún hombre desea preguntar demasiado a fondo sobre la muerte de un marido a una viuda bonita. En el Oeste no faltan las oportunidades para que un hombre encuentre la muerte y, sin embargo… -dejó la frase en el aire.
– … sin embargo, usted tiene la impresión de que ahí se oculta cierta amargura -sugerí-. De que ella cree que se cometió alguna suerte de injusticia.
– Exacto. -Sus ojos brillaron y miró hacia su mesa.
– Veo que tiene que regresar -dije-. Muchas gracias por su tiempo.
– Pero si no le he dicho nada… -Burr frunció el ceño.
Yo me encogí de hombros y aquello pareció bastarle. Nos pusimos en pie y nos estrechamos la mano. Fingió no ver los cortes y las abrasiones que tenía, y volvió a su mesa. Mientras lo hacía, pensé en lo interesante que resultaba aquello. Burr no podía desconocer mi fama, las cosas que se decían de mi pasado y, a pesar de ello, había accedido a entrevistarse conmigo en público. No había podido por menos de notar que apenas pasaba un día sin que me hicieran una herida nueva. Me pareció que Burr era un hombre como yo, que disfrutaba cortejando un poco el escándalo, siempre que fuera solo un poco. Esperé que aquella inclinación no le causara dificultades importantes.
Mientras tanto, aunque él creyera que no me había dicho nada, en realidad me había explicado muchas cosas de la señora Maycott. Su marido y ella no habrían cambiado deuda de guerra por tierras en arriendo de no haberse hallado necesitados y, sin embargo, ella había regresado del Oeste, al cabo de apenas unos años, convertida en una mujer rica. No se me antojaba posible que una destilería de whisky, por más éxito que tuviese, pudiera dar tantos beneficios en tan poco tiempo. O ella y su marido habían heredado una fortuna en esa época, o en su pasado había más de lo que estaba dispuesta a admitir. No obstante, algo parecía seguro: en el Oeste, a su marido le había sucedido algo terrible, y si había cambiado su deuda por tierras, era más que probable que, directa o indirectamente, hubiese tratado con el arquitecto más importante y activo de aquellas transacciones: William Duer.
Había alquilado un caballo con antelación, por lo que poco me quedaba por hacer, sino pasar el rato. No me atreví a dormirme, por si no me despertaba a tiempo, así que esperé, impaciente, hasta que el reloj dio la una y el resto del mundo se hubo acostado. Entonces, monté y cabalgué hasta la finca de Duer en Greenwich Village, donde hice, sin ser visto ni oído, unas cuantas travesuras para complicarle la vida. Regresé tarde, casi a las cuatro de la madrugada; era absurdo que me echase a dormir, pues tendría que entrar en acción al cabo de un par de horas como máximo, así que me senté en mi alcoba, bebí de una botella de oporto, y ensayé una y otra vez lo que iba a hacer.
Quizá me quedé traspuesto un cuarto de hora o así, pero cuando oí que el vigilante daba las cuatro, me espabilé, me refresqué la cara con agua fría y salí a frustrar las intenciones de Duer.
El plan era sencillo: visitaría a los agentes de Duer de uno en uno, y luego iría al hotel Corre s, un local famoso por su música donde tendría lugar la presentación del Banco del Millón. Allí, tal vez vería a Duer o tal vez no. No sabía qué prefería. Si Duer no aparecía, quizá Pearson tampoco lo haría. Si Pearson acudía, vería que el plan de Duer estaba a punto de fracasar y se abstendría de invertir. Todo lo cual dependía, por supuesto, de que yo hiciera lo que tenía que hacer.
Con esta idea en la cabeza, salí a la fría mañana.
Los especuladores son gente madrugadora, por lo que todavía no eran las cinco cuando visité al primero de los agentes, el señor James Isser, del que podría deshacerme sin dificultad. Era un hombre joven que vivía en una ruidosa casa de huéspedes de Cedar Street. Mis observaciones me indicaban que muchos hombres entraban y salían de la casa con regularidad, sobre todo a primeras horas de la mañana, por lo que, tras haber conseguido una llave por medio de una criada parlanchina que no prestaba atención a los bolsillos de su falda, pude entrar en la posada y subir a su habitación sin ser visto.
Llamé a la puerta y oí ruido en el interior. Al cabo de un momento, la puerta se abrió y allí estaba un hombre pequeño, quizá demasiado aficionado a la cerveza y a la ternera para su joven edad. Tenía los ojos entrecerrados, enrojecidos y empañados.
– Parece dormido -dije y le di un fuerte empujón en el pecho. Trastabilló hacia atrás, entré en la habitación y le propiné un puñetazo en su blanda tripa. No lo hice por crueldad, sino para impedir que gritara.
Saqué de la chaqueta un saco de arpillera y se lo puse en la cabeza rápidamente. Empezó a chillar de nuevo y, aunque no quería hacerle daño, tenía mis propias dificultades de las que ocuparme, por lo que le aticé de nuevo en el estómago. Lo hice con desagrado porque no soy un hombre brutal y sabía que más tarde lamentaría haber dañado a un inocente.