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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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– Se trata de ese tipo llamado Saunders -respondió-. Ahora, es seguro que está en el ajo.

– ¿A qué se refiere? -inquirí.

Dalton recobró la compostura, cerró la puerta y se acercó al tranquilizador fuego para calentarse las manos.

– ¿Sabe que Pearson ha huido de la ciudad?

– Lo vi en Nueva York -respondí-. Se esconde de los acreedores.

– Su esposa sospecha algo -asintió-. Mandó una nota a Saunders.

Sentí que algo cobraba vida en mi interior.

– ¿Qué clase de nota?

– ¿Cómo quiere que lo sepa? -preguntó a su vez.

– Consígala -dije-. Vaya a la casa de huéspedes y, si todavía no ha llegado, hágase con ella. Pague a la casera el dinero necesario para que se la entregue y mantenga la boca cerrada. Prométale más dinero por cada semana que nos ayude. Si cree que le daremos más, no nos traicionará.

– ¿Por qué quiere que Saunders no lo sepa todavía? -preguntó Skye-. Tarde o temprano lo descubrirá.

– Precisamente por eso -respondí y, dirigiéndome a Dalton, añadí-: Cuando pague a la casera de Saunders, diga que se llama Reynolds. Asegúrese de que la mujer oye el nombre y lo reconoce. Cuando Saunders lo sepa, porque lo sabrá, la tomará con Duer.

– Espero que sepa lo que se hace, Joan -dijo Dalton con un suspiro-. Si Saunders detiene a Duer demasiado pronto, lo que hemos hecho hasta ahora no habrá servido de nada.

– Tenemos que estar seguros de que podemos doblegar a Duer cuando necesitemos hacerlo, por lo que enviaremos a Saunders a husmear por ahí, pero lo encaminaremos hacia pistas erróneas. Eso pondrá nervioso a Duer y estará más dispuesto todavía a confiar en mí. Hemos estado pensando en utilizar a Saunders solo para evitar que Duer adquiera mucho poder demasiado deprisa, pero ahora veo que puede servirnos para bastante más. A través de Saunders manipularemos a Hamilton. Hemos de asegurarnos de que no se entera de nada antes de tiempo y de todo cuando nosotros queramos.

Los dos hombres se marcharon y me quedé sola en la casa. De pronto, me sentí tranquila y satisfecha. No sabía exactamente por qué, pero estaba segura de que lo tenía todo al alcance de la mano o pronto lo tendría.

Capítulo 37

Ethan Saunders

Me había quedado solo. Qué le iba a hacer. En el pasado había trabajado solo y volvería a hacerlo. Por mi cuenta, impediría que William Duer se hiciera con el control del Banco del Millón. Tendría que eliminar del juego a seis hombres en el transcurso de una mañana y para ello tendría que averiguar quiénes eran, dónde vivían y los detalles de su situación personal. Sería difícil, pero factible.

Volví a revisar los documentos de Freneau. El periodista había tomado unas útiles notas sobre los planes de Duer para el Banco del Millón. Ignoraba por qué Freneau no había divulgado todavía aquel descubrimiento y la única conclusión que pude sacar al respecto fue que, en vez de salvar a la nación de un peligroso derrumbe financiero, preferiría presenciar dicho derrumbe. Cuando Hamilton quedase humillado, Freneau se hallaría en condiciones de explicar lo sucedido. Afortunadamente, sin embargo, yo estaba en condiciones de evitar que ocurriera el colapso. La clave estaba en los agentes de Duer y estudié los papeles de Freneau para averiguar todo lo que pudiera de ellos, incluidos sus nombres y domicilios. Extraje algo más de información a través de las cartas. Uno estaba soltero y vivía solo, otro estaba casado y tenía dos hijos… Eran detalles pequeños, pero podían marcar la diferencia.

El tiempo que no pasaba averiguando información sobre los agentes de Duer lo pasaba en el Café de los Mercaderes, donde el aire temblaba de expectación, en parte debido a mis maquinaciones, pues nunca desaprovechaba una oportunidad, cuando se me presentaba, de hacer correr la voz de que la apertura del Banco del Millón era inminente y de que el propio William Duer opinaba que era la mejor inversión de la temporada. Aunque las cabezas más frías seguían creyendo que el nuevo banco era una empresa estúpida destinada a fracasar, había cierto número de agentes, alguno de ellos claramente recién llegados al mundo de la especulación, atraídos por una suerte de bancomanía.

Y cada vez me congratulaba a mí mismo porque las cosas me iban bien a solas. Leónidas había estado conmigo casi todo el tiempo que había durado mi desgracia y lo había considerado indispensable. No me aventuraba a decir que sin él estaba mejor, pero las cosas me iban bastante bien. Me sentía solo, sí, y odiaba, odiaba de veras no tener a nadie con quien compartir mis pensamientos, pero me las apañaba como podía.

Duer no se presentó en el Café de los Mercaderes y tampoco vi a Reynolds ni a Pearson, pero Whippo hizo su trabajo yendo de mesa en mesa, pronosticando la catástrofe del Banco del Millón y tratando de deshacer -sin éxito, pensé- el daño que yo había causado hablando constantemente del entusiasmo de Duer.

No fue la única vez que vi a Whippo. Me hallaba en los muelles, regresando a mi habitación después de averiguar las señas de uno de los hombres de Duer, cuando lo divisé a lo lejos, charlando animadamente con un tendero. Los observé y vi que el tendero sacudía la cabeza. Whippo habló un rato más y el tendero sacudió la cabeza de nuevo. Whippo se ruborizó y movió la mano con nerviosismo. En esta ocasión, su interlocutor asintió y sonrió, como hace un hombre que logra una pequeña victoria sobre alguien que socialmente es superior. Desapareció en su negocio, salió al cabo de unos instantes con una bolsa y se la dio a Whippo. A cambio, este le tendió unos papelillos. Se estrecharon la mano y Whippo se alejó.

Entonces me acerqué al tendero, me presenté de una manera un tanto vaga y enseguida le pregunté por sus tratos con Whippo.

– ¿Qué? -preguntó el hombre-. ¿Usted también quiere una parte?

– ¿Una parte de qué?

– De los préstamos. Ese hombre trabaja para Duer, que toma dinero prestado al seis por ciento.

– Es un buen interés, pero no tan extraordinario como para volverse loco -dije.

– El seis por ciento semanal.

Aquella idea era absurda, era como si Duer repartiera dinero, y no comprendí qué significaba.

Dejé al tendero y me dirigí de inmediato a la taberna de Fraunces, pero alguien me obstruyó el camino. Allí, delante de mí, se hallaba la forma cadavérica de Isaac Whippo. Estaba plantado con los pies separados, su hundido pecho echado hacia delante y la cabeza hacia atrás. Me miraba enojado, como si albergase la esperanza de intimidarme, y quizá en esa ocasión lo consiguió, porque el bueno del señor Whippo no iba solo. A su lado había un hombre de aspecto bravío, de anchas espaldas y aire grosero. Era James Reynolds, que me miraba con una expresión ofensiva.

– ¿De qué charco de vómitos ha salido? -preguntó Whippo.

– Caramba, buenas tardes, amigo -respondí-. Hoy le veo los ojos especialmente hundidos. ¿Cómo lo consigue?

– Le aconsejo que no insulte al caballero -dijo, señalando a Reynolds.

– Yo no insultaría jamás a un hombre con una esposa tan bella. No debió de ser sencillo convencer a una gema tal de que se casara con un hombre de su calaña.

– Es una puta -masculló Reynolds.

– ¡Vaya! -exclamé-. Esa es una buena noticia.

– Basta de chanzas, Saunders. ¿Por qué nos sigue?

– Yo no los he seguido -respondí-. Simplemente, lo vi a usted y luego fui a preguntarle al tendero por sus negocios privados y personales. No tiene nada que objetar, ¿verdad?

– Le recomiendo que no se meta en mis asuntos -dijo-. Si no, tendré que pedirle a Reynolds que lo mantenga apartado de ellos.

– Si me lo pide, lo haré, porque para eso me paga -intervino Reynolds-. Puede estar seguro de ello. Digo lo que pienso.

– ¿Pues sabe lo que pienso yo? -inquirí-. Pienso que es una mala política dar préstamos al seis por ciento semanal. A menos, claro está, que uno quiera perderlo todo. Estaría bien que se lo dijera al señor Duer, ¿no le parece?

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