Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– No, no lo es -dije en voz baja-. Es inteligente, pero tal vez carece de habilidad para explicarse.
No había mentira más grande que aquella, desde luego, porque Duer era un estúpido pero sabía muy bien lo que había que hacer para que los demás bailaran a su aire. Aquel había sido siempre su secreto. Sabía de finanzas lo mismo que cualquiera y menos que muchos.
– Usted sabe que lo aprecio, ¿verdad? -le pregunté en un tono dulce, pero no coqueto. Me odié a mí misma solo por la posibilidad de que, obrando de aquel modo, perjudicara a Cynthia, pero no permitiría que Pearson abandonara el plan, al menos de momento. Si se marchaba, otros tal vez lo seguirían y entonces Duer caería demasiado pronto. Tal vez Pearson no tenía por qué arruinarse con el lanzamiento del Banco del Millón. Encontraría la manera -a través de Saunders, quizá- de asegurarme de que no perdía hasta el último dólar en la operación pero, por ahora, necesitaba que siguiera involucrado en ella.
Mi pregunta pareció sorprenderlo. Se acercó un paso y me tomó la mano.
– Pues claro que sí, señora Maycott. Lo sé.
Detesté el desagradable tacto de sus manazas descomunales, que parecían impropias de un cuerpo humano. Sin embargo, sonreí.
– Creo que conozco a Duer mejor que nadie, ¿no le parece?
El siguió agarrándome la mano, pero habíamos pasado de lo amoroso a lo financiero y tal vez había olvidado que todavía me tocaba.
– Sí, creo que sí.
– Duer administra las informaciones a pequeñas dosis. Yo le diré lo que él no le cuenta. No venda sus cuatro por ciento, señor Pearson. Por más que baje el valor, por más dinero que pierda con ellos, no los venda. Volverán a subir. Se lo juro, rebotarán y, si espera, su paciencia se verá recompensada y no solo no será un perdedor, sino que además sacará beneficios. Duer no le cuenta esto a nadie porque no quiere que nadie interfiera en el plan, pero usted tiene derecho a saberlo.
– No sé cómo agradecérselo, señora. -Envolvió mi otra mano en su garra carnosa-. No solo ha tenido la bondad de calmar mis inquietudes, sino que también me ha demostrado que no he sido un idiota.
– Es nuestro secreto -dije, soltándome de una forma que espero que no resultase demasiado abrupta. Deseaba que se marchara y respiré aliviada cuando salió de la casa, aunque el alivio era ilusorio. Había corrido un riesgo. Había puesto en riesgo mi posición, la riqueza de mi banda de rebeldes del whisky e incluso el mismísimo plan, ya que, si Duer sospechaba por un instante que yo era algo más que una admiradora lista, me apartaría de su lado y, una vez eso ocurriera, no tendría ningún poder. Y, sin embargo, no me quedaba más alternativa. De mala gana, había hecho la vista gorda mientras Duer arruinaba a un especulador tras otro, incluso cuando mandaba a sus hombres a la calle para que arruinasen a sastres y tenderos, pero no le permitiría que destrozara a una esposa y madre con la que había trabado amistad. No lo haría y solo esperaba que mis amigos y yo no tuviéramos que pagar por mi lealtad.
De vuelta en Filadelfia, un descontento general se cernió sobre la casa de Elfreth's Alley. Al regresar de mi primera visita del año a Nueva York, encontré en la casa a Richmond y Skye -Dalton no estaba- visiblemente enfadados el uno con el otro.
– Pasa usted demasiado tiempo con Duer -me dijo Richmond.
Estábamos sentados en nuestra estrecha salita de la planta baja. En ella había un sofá y varias sillas. Skye me había traído un té y tomé unos sorbos, aunque ninguno de los dos me acompañó. Skye estaba sentado al otro lado de la estancia y observaba a Richmond, que deambulaba por la sala como un tigre enjaulado en una feria de pueblo.
– ¿Han olvidado por qué vinimos aquí? -pregunté-. Duer y Hamilton nos robaron el dinero que nos debían y nos mintieron. Nos lo cambiaron por miseria y privaciones en el Oeste. Luego, cuando convertimos en éxito esa miseria, nos expoliaron de nuevo, en esta ocasión bajo la forma de tasas impuestas a quienes no tenían dinero. Si paso tiempo con Duer, no es porque me encante estar en su vil compañía, sino porque quiero destruirlo y salvar de Hamilton a la nación.
– Unos dignos objetivos, los suyos -dijo Skye-, de lo cual me alegro, pero hay más, no lo olvidemos. No solo queremos vengarnos, también queremos una compensación por lo ocurrido. Nuestra Joan ha triplicado con creces nuestro patrimonio.
– Sí, pero ¿a qué precio? -declaró Richmond-. Está tan unida a Duer, que dudo de que ella misma sepa en qué bando está. Dígame, Joan, ¿le siguen importando el país y la justicia, después de triplicar nuestros bienes?
Si no lo hubiese conocido mejor, habría pensado que Richmond tenía celos, pero no se trataba de eso en absoluto. Siempre había sido un cínico y se había opuesto a cualquier proyecto que no fuera lamernos las heridas y buscar el mejor agujero posible donde escondernos. Me acusaba de lo peor porque temía lo peor.
– Me disculpará usted… -dijo Skye, poniéndose en pie.
– Siéntese, John, por favor -le indiqué en voz baja y, volviéndome a Richmond, añadí-: Sé que está harto de permanecer ocioso, pero ya llegará el momento de la acción y, si no llega, no habrá nada que hacer al respecto; en cualquier caso, de un modo u otro, todo terminará muy pronto. En marzo o abril habrá concluido, se lo prometo. Nos vengaremos, el impuesto sobre el whisky será abolido, y Hamilton y Duer serán destruidos. Entonces, nuestros caminos podrán separarse, si eso es lo que quieren, pero tendremos el dinero necesario para hacerlo. Sé que es difícil tener paciencia, pero hay que ser perseverantes. No nos queda otra alternativa.
Cuando un hombre está encendido, no hay nada que lo enfurezca más que una buena y sólida razón. Richmond agarró su chaqueta y abandonó la casa al momento. Tras unos instantes de silencio, Skye se acercó, recogió mi taza de té y salió de la sala para regresar al cabo de un momento con una botella de vino y dos vasos. Lo dejó todo en la mesa, llenó los dos vasos y se sentó frente a mí.
– Tendrá que darle algo que hacer a Richmond -dijo-. Se volverá loco y me hará enloquecer a mí. Siempre ha sido más bestia que hombre. No en el sentido de brutalidad que a veces clamos al término, pero está hecho para la acción, para la vida al aire libre y para cazar su propia comida. Pasar el día sentado en una casa intentando no llamar la atención no es vida para él.
– Tal vez todavía lo necesitemos -repliqué-, aunque rezo a Dios para que no sea así. Si llegamos a una situación crítica, nos alegraremos de tenerlo con nosotros y él se alegrará de sernos útil. Es inevitable que ahora esté nervioso esperando ese momento. Usted, John, no parece tener quejas.
– «También sirven los que son pacientes y esperan» -replicó, citando a John Milton-, y preparan la cena y limpian la casa. -Intentó esbozar una sonrisa.
Tomé un sorbo de vino y cerré los ojos. A mi espalda, el fuego ardía en la chimenea. Me gustó sentir el calor en la nuca. Había pasado todo el día en un carruaje y hallarme en un sofá confortable con un vaso de vino en la mano se me antojaba el colmo del lujo.
Sin embargo, solo disfruté de aquella paz unos momentos, pues alguien abrió la puerta enseguida, enérgica y ruidosamente. Me puse en pie de un salto sin saber qué esperar, pero temiendo que Duer nos hubiera descubierto o que Richmond estuviese de vuelta, más enfadado de lo que se había marchado.
Con la puerta abierta, el viento avivó las llamas hasta convertirlas en un infierno y arremolinó nieve procedente de la calle. En el umbral estaba Dalton, corpulento y vibrante. Bajo sus bigotes rojos se formó una amplia sonrisa.
– Esperaba que hubiese regresado, jovencita. Se están cociendo unas cuantas cosas interesantes.
– ¿De qué se trata?
Skye se acercó a Dalton, no por otra razón, me dije, que por hacer algo, algo que no estuviese relacionado con la incómoda conversación que estaba manteniendo conmigo.