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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Richard se rascó su nueva barba mientras empezaba a apagar el fuego echándole tierra. Últimamente, todas las noches habían sido cálidas, tanto que el joven se preguntaba qué le habría sucedido al invierno.

— Ni siquiera sabemos aún quiénes son. No podemos ir por ahí matando a cualquiera que se nos acerque —razonó Richard.

— Richard, no todas las Hermanas que intentan regresar lo consiguen. Muchas mueren tratando de cruzar estas tierras. En todos esos desafortunados casos, eran tres, y yo estoy sola. No pinta nada bien.

Los caballos relincharon y empezaron a rebullir, sacudiendo la testa y piafando. Richard se sujetó el bridecú por encima del hombro y comprobó que podía desenvainar con facilidad su espada.

— Te equivocaste al no marcharnos tan pronto como lo supiste, Hermana. Sólo deberíamos luchar cuando realmente no hay otro remedio. Pero tú ni siquiera intentaste evitarlo —le reprochó.

La Hermana, con las manos enlazadas, lo observó. Cuando habló, su voz sonaba suave pero firme.

— Esa gente desea matarnos, Richard. A los dos. De haber intentado huir, el centinela habría alertado a los demás, y centenares o miles de ellos habrían emprendido nuestra persecución. Al no huir, el centinela se habrá envalentonado e intentará atraparnos sin ayuda. Así nos será más sencillo neutralizar la amenaza.

— No pienso matar a nadie por ti, hermana Verna.

Mientras se miraban echando chispas, Richard oyó un grito; era un grito de mujer. El joven escudriñó la oscuridad, intentando distinguir algo en las sombras de las altas rocas y ver de dónde procedía ese grito. No vio a nadie, pero los gritos y chillidos sonaban cada vez más cerca.

Richard acabó de apagar las llamas arrojándoles tierra y corrió hacia los caballos, a los que calmó con palabras tranquilizadoras y caricias. Le daba igual lo que dijera la Hermana; él no pensaba matar a nadie. La mujer tenía que estar loca por no intentar escapar.

Probablemente deseaba que lucharan para ver cómo se desenvolvía. Siempre lo estaba observando, como si fuese un bicho en una caja, y lo interrogaba cada vez que intentaba alcanzar su han. Fuese lo que fuese el han, desde luego él no había sido capaz de sentirlo y mucho menos de tocarlo o conjurarlo. La verdad, le daba absolutamente igual.

Ya se dirigía hacia las alforjas para acabar de recoger el resto de sus cosas cuando una mujer emergió de la oscuridad corriendo. La capa flameaba a su espalda. Chillando aterrorizada, se precipitó hacia su campamento. Al verlo, lanzó un lamento y corrió desesperadamente hacia él.

— ¡Socorro! ¡Ayuda, por favor! ¡Por favor, no deje que me alcancen!

Llevaba el pelo suelto, que ondeaba al viento. Su rostro reflejaba tal terror que Richard sintió un escalofrío que le recorría toda la espalda. La mujer se lanzó sobre él, tambaleante, y Richard cogió su frágil cuerpo entre los brazos. En esa sucia cara se mezclaban las lágrimas y el sudor.

— Por favor, señor —sollozó la desconocida, alzando hacia él sus oscuros ojos—, por favor, no deje que me alcancen. No sabe qué me harían esos hombres.

Richard revivió el recuerdo de una Kahlan perseguida por las cuadrillas. Recordaba lo aterrorizada que estaba de esos hombres y cómo le había dicho casi las mismas palabras: «No sabes qué me harán si me atrapan».

— Nadie va a hacerte nada. Ahora estás a salvo.

La mujer sacó los brazos de debajo de la capa y le rodeó el cuerpo con ellos. Sus ojos negros no se apartaron de él, que la sostenía. Entonces abrió la boca como para decir algo, pero en vez de eso lanzó un leve gruñido y se sacudió. La luz pareció derramarse de sus ojos, y el cuerpo de la mujer quedó entre sus brazos, pesado y flojo.

Al alzar los ojos, Richard se topó con la fija mirada de la hermana Verna, que justo recuperaba el estilete plateado que acababa de clavarle en la espalda a la desconocida. Richard dejó caer el peso muerto al suelo. La mujer rodó sobre su espalda.

En el aire nocturno resonó el sonido del acero cuando Richard desenvainó la espada.

— ¿Qué pasa contigo? —preguntó entre dientes—. Acabas de asesinar a una mujer.

— Creí que dijiste que no tenías ningún estúpido escrúpulo en matar a mujeres —replicó la Hermana, sosteniéndole la mirada.

La cólera de la Espada de la Verdad latía en todo su cuerpo, pugnando por liberarse.

— Estás loca —declaró el joven, que se acercaba a pasos agigantados hacia un letal precipicio. Lleno de furia, alzó la punta de su espada.

— Antes de que pienses en matarme, deberías asegurarte de que no cometes error alguno —dijo la Hermana, hablando en tono comedido. Richard no respondió. La furia le impedía hablar—. Mírale la mano, Richard.

El joven posó la mirada en el cuerpo sin vida. Las manos de la mujer estaban tapadas por una pesada capa de lana. Con la punta de la espada apartó la capa del brazo, dejando al descubierto un cuchillo que seguía empuñando en su mano muerta. En la punta se veía una mancha oscura.

— ¿Te ha llegado a tocar?

— No. ¿Por qué? —inquirió a su vez Richard, respirando anhelante por la cólera.

— Porque está emponzoñado. Un simple rasguño, y estás muerto.

— ¿Qué te hace pensar que pretendía atacarme a mí? Probablemente era para defenderse de los hombres que la perseguían —exclamó Richard.

— Nadie la perseguía. Era una centinela. Tú siempre me dices que deje de tratarte como a un chiquillo, Richard. Pues deja de comportarte como tal. Conozco a esta gente y sé cómo actúan. Pretendía matarnos.

El joven sintió cómo los músculos de la mandíbula se le tensaban mientras hacía rechinar los dientes.

— Podríamos haber intentado escapar cuando nos localizó.

— Sí, podíamos. Pero, en ese caso, ya estaríamos muertos. Escúchame, Richard: yo conozco a esta gente. La Tierra Salvaje está habitada por multitud de tribus que no dudarían en matarnos, si nos encontraran. Si hubiésemos permitido que diera la alarma, nos habrían atrapado y matado.

»No dejes que la cólera de la espada te ciegue. Empuñaba un cuchillo emponzoñado en una mano, te lo había acercado a la espalda y se echó a tus brazos para poder acercarse lo suficiente a ti para usarlo. Y tú, actuando como un estúpido, se lo permitiste. —La Hermana se volvió ligeramente y señaló detrás de ella con un movimiento del brazo—. ¿Dónde están sus perseguidores? No hay nadie más —continuó, dejando caer el brazo a un lado del cuerpo—. Si hubiera alguien, mi han me lo diría. Esa mujer iba sola. Te acabo de salvar la vida.

— Pues no me has hecho ningún favor, hermana Verna —repuso el joven, envainando la Espada de la Verdad.

Richard no sabía qué creer. Sólo sabía que la magia le asqueaba y que ya estaba harto de tantas muertes.

— ¿Qué es ese estilete que llevas oculto en la manga? ¿Y la luz que se enciende en tus ojos cuando matas con él?

— Es un dacra. Supongo que podría compararse al puñal envenenado que llevaba ella. Cuando se usa el dacra, lo que mata no es la herida en sí, sino que el dacra extingue la chispa de la vida. —La Hermana bajó los ojos y añadió—: Es muy doloroso arrebatar una vida, pero, a veces, no hay más remedio. Esta noche, por ejemplo, era la única manera de salvar nuestras vidas, tanto si lo crees como si no.

— Hermana Verna, yo sólo sé que tú no vacilas en usarlo y que esta noche no has intentado hallar otra salida. Voy a enterrarla —anunció, dándole la espalda.

— Richard, espero que nos entiendas y no nos malinterpretes, pero cuando lleguemos a palacio tendrás que entregarnos la Espada de la Verdad. Es por tu propio bien.

— ¿Por qué? ¿Cómo puede ser eso por mi propio bien?

La Hermana juntó las manos y le explicó:

— La profecía que has invocado, esa que dice «Él es el portador de la muerte, y así se llamará a sí mismo», es una profecía muy peligrosa. Continúa diciendo que el portador de la espada es capaz de resucitar a los muertos, conjurar el pasado en el presente.

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