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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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– ¡Ah! ¿Y quién sabe si a ella misma le faltará techo que cobije su cabeza dentro de pocos días, a no ser que yo…? ¿Qué te parece? ¿Debo yo conservarle el que ahora tiene? ¿Debo intentarlo… y salvar a todos los blancos con ella?

Debes hacerlo -aseveró el viejo Viola con voz firme. -Seguramente. Como lo hubiera hecho mi hijo.

– ¡Tu hijo, viejo!… Nunca ha habido un hombre como tu higo. ¡Ya! Conque debo procurar… ¿Y si sólo fuera una parte de la maldición para enredarme en la suprema desdicha…? De manera que ella me invocó para salvar… ¿Y después?…

– No habló más.

El heroico soldado de Garibaldi, al pensar en la inmovilidad y silencio eternos que habían caído sobre el amortajado cadáver, tendido en el lecho allá arriba, apartó a un lado la cara y se llevó la mano a las peludas cejas. Luego añadió:

– Murió antes que yo pudiera coger sus manos -balbució en tono lastimero.

Ante los ojos del capataz, que miraban fijamente a la entrada de la oscura escalera, flotó la forma de la Gran Isabel, semejante a un barco en peligro, cargado con una riqueza enorme y la vida de un hombre solitario. Le era imposible hacer nada. Sólo podía guardar silencio, ya qué no había nadie de quien fiarse. El tesoro se perdería probablemente… a no ser que Decoud… Y su pensamiento se interrumpió de pronto. Echó de ver que no podía conjeturar absolutamente nada de lo qué haría Decoud.

El viejo Viola no se movió. Y el capataz, en la postura que tenía, veló parcialmente la mirada bajo de sus largas y sedosas pestañas, que daban a la parte superior de su rostro fiero, con negras patillas, un dejo de candor femenino. El silencio había durado largo tiempo.

– ¡Que Dios haya dado el eterno descanso a su alma! -murmuró en tono lúgubre.

Capítulo X

La mañana del siguiente día pasó tranquilamente, sin otra novedad que el débil rumor de un tiroteo hacia el norte, en la dirección de Los Hatos.

El capitán Mitchell lo había oído con ansiedad desde su balcón. En la relación, más o menos estereotipada, de los "acontecimientos históricos", que en los años siguientes solía hacer a los distinguidos forasteros de paso por Sulaco, entraba indefectiblemente la siguiente frase: "En mi delicada posición de agente consular único en el puerto a la sazón, todo señor, todo me causaba gran inquietud." Después venía el sacar a cuento lo difícil que le era mantener la digna neutralidad de la bandera, "metido como estaba en el corazón de la lucha entre la arbitrariedad del pirata y vil Sotillo, y la tiranía, más legalmente establecida, pero no menos atroz de Su Excelencia don Pedro Montero." Aunque el capitán Mitchell no era hombre para extenderse mucho en hablar de meros peligros, insistía, no obstante, en que había sido un día memorable. En ese día, cerca del oscurecer, había visto "a ese pobre compañero mío, Nostromo, el marinero, cuyas singulares aptitudes descubrí y a quien puede decirse que formé yo mismo: el hombre del famoso viaje a Cayta, señor; un acontecimiento histórico, señor."

La Compañía O.S.N., que veía en el capitán Mitchell un empleado antiguo y leal, le permitió pasar los últimos años de su carrera con holgura y dignidad al frente del servicio, ampliado enormemente. La extraordinaria importancia adquirida por el tráfico exigió multiplicar los empleados y escribientes, establecer una oficina en la ciudad, además de la antigua del puerto, dividir la labor en departamentos -pasaje, fletes, carga y descarga, etc.-; todo lo cual procuró al señor Mitchell una posición elevada sin abrumadores quehaceres en la regenerada Sulaco, capital de la República Occidental. Bienquisto entre los naturales por su genio bondadoso y graves modales, solemne y sencillo, conocido durante años como "amigo de nuestro país," se sentía un personaje en la ciudad.

Levantándose temprano para dar una vuelta por la plaza del mercado, donde la gigantesca sombra del Higuerota velaba aun los puestos de flores y frutas, cargados de masas de suntuosos colores; atendiendo con facilidad a los negocios corrientes; bien recibido entre las principales familias; saludado por las señoras en la Alameda; con entrada en todos los clubs y un asiento reservado para él en la casa Gould, llevaba una vida mundana de viejo solterón privilegiado con gran regalo y pompa.

Pero, en los días en que llegaba un paquebote, bajaba a la oficina del puerto a primera hora, donde le aguardaba su esquife, tripulado por un brillante equipo uniformado de blanco y azul, pronto a lanzarse al encuentro del barco tan luego como asomara la proa en la boca del puerto.

A esa misma oficina conducía a cualquier pasajero distinguido llevándole en su bote; y en estando allí le invitaba a sentarse un momento, mientras él firmaba algunos papeles, sin dejar de conversar con el forastero afablemente desde el asiento de su escritorio.

– Tendremos que aprovechar el tiempo, si ha de verlo todo usted en un día. Saldremos inmediatamente. Almorzaremos en el Club Amarillo, aunque pertenezco también al Anglo-Americano -círculo de ingenieros de minas y hombres de negocios, ¿sabe usted?- y, además, al de Mirliflores, un nuevo club formado por ingleses, franceses, italianos de todas clases, gente joven y alegre en su mayor parte, que ha querido dar una prueba de estimación a este servidor de usted por llevar tantos años residiendo en el país. Pero almorzaremos en el Amarillo. Supongo que ha de interesarle a usted. Es el más importante del país. Hombres de las principales familias. El mismo Presidente de la República pertenece a él, señor. En el patio se ve la estatua de un anciano obispo, con la nariz rota. Creo que es una escultura notable. Cavaliere Parrochetti -ya tendrá usted noticia-, el famoso escultor italiano que estuvo trabajando aquí dos años, hacía grandes elogios de nuestro viejo obispo… ¡Ea! Estoy a la disposición de usted.

Orgulloso de su experiencia y penetrado de la importancia histórica de hombres, acontecimientos y edificios, hablaba con voz hueca, en frases breves, con leves gestos de su brazo corto y grueso, no dejando que se "escapara nada" a la atención de su afortunado cautivo.

– "Se están construyendo muchos edificios, como usted observará. Antes de la separación, esto era una llanura de hierba abrasada, envuelta de nubes de polvo, con un camino para carretas de bueyes hasta nuestro muelle. Nada más.

"Aquí tiene usted el arco de entrada al puerto. ¿Pintoresco, no? Anteriormente la ciudad terminaba aquí. Ahora entramos en la calle de la Constitución. Repare usted en las antiguas casas españolas. Majestuoso aspecto, ¿eh? Supongo que se conservan como en tiempo de los virreyes, excepto el pavimento de la calle, que ahora es de bloques de madera. Allí el Banco Nacional de Sulaco con las garitas de los centinelas a cada lado de la puerta. La casa Avellanos a este lado, con todas las ventanas del piso bajo cerradas. Ahí vive una mujer admirable -Miss Avellanos-, la bella Antonia. Un carácter, señor. ¡Una mujer histórica!

"Enfrente, la casa Gould. Notable portada. Sí, los Goulds, de la primitiva concesión de igual nombre, que todo el mundo conoce hoy. Yo tengo diecisiete acciones de mil dólares en la emisión consolidada de la mina de Santo Tomé. Todos los pobres ahorros de mi vida, señor, que bastarán para vivir con regalo mis últimos días en casa, cuando me retire. Piso terreno firme, ¿sabe usted? Don Carlos es gran amigo mío. Diecisiete acciones -una fortunita que dejaré cuando muera. Tengo una sobrina casada con un pastor protestante, excelente persona, encargado de una pequeña parroquia de Sussex…; una infinidad de chiquillos. Yo no me he casado; nunca. Un marino debe sacrificarse.

"De pie bajo esta misma puerta, señor, en compañía de algunos amigos ingenieros, dispuestos a defender esa casa donde habíamos recibido tan bondadosa hospitalidad, presencié la primera y última carga de la caballería de Pedrito contra las tropas de Barrios, que acababan de tomar la entrada del puerto. No pudieron resistir el fuego de los nuevos fusiles traídos por Decoud. Aquello fue una mortandad espantosa. En un momento la calle quedó abarrotada de masas de hombres y caballos muertos. No repitieron la embestida."

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