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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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– ¿Porqué es disparate?

– ¡Ahí ¿No lo ve usted bien claro? -empezó Nostromo con ira, que se fue cargando de desprecio al proseguir. -Tres hombres en media hora verían que en ninguna parte de la isla se ha removido ni cavado el suelo. ¿Cree usted que tan gran cantidad de plata puede enterrarse sin dejar huella de la labor? ¿Eh, señor doctor? Por ese camino ni siquiera medio día ganaría usted, y Sotillo le cortaría el cuello sin aguardar a más. ¡La gran Isabel! ¡Qué estupidez! ¡Qué desdichada ocurrencia! ¡Ah! Ustedes, los hombres finos, las personas inteligentes, son todos iguales. Todos muy dispuestos a comprometer a los hijos del pueblo en empresas de riesgos mortales para fines y por motivos de que no están ustedes seguros. Si salen bien, para ustedes es el beneficio. Y si salen mal, no importa. El infeliz sacrificado no es más que un perro. ¡Ah, Madre de Dios! Querría…

Y levantó los puños amenazadores por encima de su cabeza. El doctor, en el primer momento, se quedó abrumado por aquella vehemencia feroz y amenazadora.

– ¡Bien! Me parece que, según sus mismas explicaciones, la gente del pueblo no es menos ruin y tonta -replicó en tono áspero. -Veamos, sin embargo, ya que usted es tan listo. ¿Tiene otro sitio mejor?

Nostromo se había calmado con la misma rapidez con que había montado en cólera.

– Soy bastante listo para eso -repuso tranquilamente casi con indiferencia. -Usted debe hablarle de un escondrijo tan grande, que tarde días en registrarlo; un sitio donde pueda enterrarse un tesoro de lingotes de plata sin dejar rastro alguno en la superficie.

– Y que esté bien a la mano -añadió el doctor.

– Precisamente, señor. Dígale usted que el tesoro ha sido echado a pique.

– Eso tiene el mérito de ser verdad -comentó desdeñoso el otro. -No lo creerá.

– Le dice usted que se le ha arrojado al fondo del mar, donde pueda esperar apoderarse de él, y le creerá a usted bien pronto. Sí: dígale usted que se halla en aguas del puerto, y que se le ha sepultado en él para sacarlo después con buzos. Añada usted que, según sus averiguaciones, yo tenía órdenes de don Carlos para echar suavemente las cajas por la borda en cualquier parte de una línea comprendida entre el extremo del muelle y la entrada del fondeadero. La profundidad ahí no es grande. Él no dispone de buzos, pero tiene un barco, botes, cuerdas, cadenas, marineros… de cierta clase. Déjele usted que se afane por pescar la plata. Déjele usted marchar a los necios puestos a sus órdenes que draguen de atrás adelante, a la inversa y en dirección transversal, mientras él vigila la faena sentado, con los ojos saliéndose de las órbitas.

– Realmente la idea es admirable -musitó el doctor.

– Si. Le dice usted eso, y veremos si no le cree. Gastará días y días, rabioso y atormentado; y, con todo, seguirá creyendo. No pensará en otra cosa. No abandonará la empresa hasta que le hagan dejarla por fuerza… ¿Qué digo? Y aun tal vez se olvide de matarle a usted. No comerá ni dormirá. Lo verá usted…

– ¡Magnífico! ¡Magnífico! -repetía el doctor, excitado, en voz baja. -Capataz, empiezo a creer que es usted un verdadero genio a su modo.

Nostromo callaba ahora, y luego continuó, sombrío, en otro tono, hablando consigo como si no pensara en el doctor:

– En todo tesoro hay algo que cautiva el espíritu del hombre. Rezará, blasfemará, maldecirá el día en que oyó hablar de él, y, a pesar de eso, perseverará en buscarle, y dejará que le sorprenda la última hora creyendo siempre que ha estado a dos dedos de dar con él. Le verá siempre que cierre los ojos. No le olvidará hasta después de muerto, y aun entonces… ¿No le han hablado a usted de los miserables gringos de Azuera que no pueden morir?, ¡Ja! ¡ja! Marineros como yo. No hay manera de sacudir la manía de un tesoro en habiéndosele clavado a uno en los sesos.

– Es usted el mismo diablo, capataz. No cabe imaginar nada mejor.

Nostromo le apretó el brazo.

– Será para él peor que la sed en el mar o el hambre en una ciudad abarrotada de gente. ¿Sabe usted lo que es eso? Padecerá mayores tormentos que los que ha hecho sufrir a ese desdichado, víctima de su terror e incapaz de inventar nada. ¡Absolutamente incapaz! ¡Ah! ¡Si hubiera sido yo! Sin aplicarme grandes torturas, hubiera oído de mi una historia que le hubiera sido fatal.

Rió con feroz rudeza y se volvió, ya en la puerta, hacia el cuerpo del difunto señor Hirsch, que formaba una mancha luenga y opaca en la semitransparente oscuridad del cuarto entre los dos altos paralelogramos de las ventanas, cubiertos de estrellas.

– ¡Tú, infeliz víctima del miedo! -exclamó-. Tú serás vengado por mí…, por Nostromo. ¡No me estorbe usted el paso, doctor! ¡Apártese usted o… por el alma atormentada de una mujer, muerta sin confesión, le estrangularé a usted con mis dos manos!

Bajó dando saltos al oscuro y humoso vestíbulo. Con un refunfuño de asombro el doctor Monygham se lanzó temerariamente en su persecución. Al final de las carbonizadas escaleras cayó en bruces con una violencia capaz de trastornar a cualquier otro menos resuelto a ejecutar una empresa inspirada en el amor, que no vacila en sacrificios. Levantóse en un momento, aturdido, tembloroso con la viva impresión de que en la oscuridad el globo terrestre había caído sobre su cabeza. Pero se necesitaba más que eso para detener al doctor Monygham, poseído de la exaltación de sacrificarse, resuelto a no desperdiciar ninguna ocasión que se le ofreciera. Corrió ciegamente tan deprisa como le permitía su cojera, agitando los brazos como aspas de molino de viento, en su esfuerzo por conservar el equilibrio sobre los lisiados pies. Perdió el sombrero, y los faldones de su desabrochada gabardina flotaban a su espalda. Anhelaba no perder de vista al hombre indispensable. Pero hasta después de un buen rato, y de recorrer un largo trecho desde la Aduana no logró coger por detrás, falto de aliento y con ruda violencia, el brazo del capataz.

– ¡Un momento! ¡Deténgase! ¿Está usted loco?

Para entonces Nostromo caminaba despacio, cabizbajo, agotado al parecer por la lasitud de la irresolución.

– ¿A usted qué le importa? ¡Ah! Se me había olvidado que me necesitaba usted para algo. ¡Siempre lo mismo! ¡Siempre Nostromo!

– ¿Qué quiso usted decir al hablar de estrangularme? -preguntó el doctor acezando.

– ¿Qué quise decir? Que el mismo Satanás le ha sacado a usted de esa ciudad de cobardes y lenguaraces para salirme al encuentro en la noche más terrible de mi vida.

Bajo el cielo estrellado el Albergo d 'Italia Una se alzaba, negro y achatado, sobre el sombrío nivel del llano. Nostromo se paró.

– Los curas dicen que es un tentador, ¿no es verdad? -añadió, apretando los dientes.

– Amigo mió, usted delira. El diablo no tiene nada que hacer en este asunto. Ni tampoco le interesa nada a la ciudad, llámela usted como se le antoje. Pero don Carlos Gould no es un cobarde ni un vano charlatán. En esto convendrá usted.

Aguardó un instante y prosiguió:

– ¿Y bien?

– ¿Podría ver a don Carlos?

– ¡Cielos! ¡No! ¿Por qué y para qué? -preguntó el doctor sobresaltado. -Sería una locura, se lo aseguro. Por nada del mundo le dejaré a usted entrar en la ciudad.

– Lo necesito.

– No lo necesita usted -replicó furioso el doctor, casi fuera de sí, temiendo que el hombre se inutilizara para el viaje a Cayta por una especie de antojo absurdo. -Le repito a usted que no irá a ver a don Carlos. Preferiría…

Se interrumpió sin saber qué decir, sintiéndose abatido, impotente, y asido a la manga de Nostromo para sostenerse en pie después de la carrera.

– ¡Me han vendido! -musitó para sí el capataz.

Y el doctor, que oyó la última palabra, hizo un esfuerzo para hablar con calma.

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