Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:
Encyclopædia Britannica
El resto de la noche se le pasó en absoluto silencio. La oscuridad se tornó gris, y en la aurora de claridad incolora y glaseada la sierra de perfil se alzaba plana y opaca, a manera de un cartón recortado.
El alma austera y entusiasta del viejo Viola, marino, campeón de la humanidad oprimida, enemigo de los reyes y, por merced de la señora de Gould, hotelero del puerto de Sulaco, había descendido al profundo abismo de la desolación entre los arruinados vestigios de su pasado. Recordó sus relaciones amorosas entre las dos campañas; una sola y breve semana en la estación en que se recoge la aceituna. A la intensa pasión de entonces sólo podía compararse la honda y viva conciencia de su soledad y abandono. Comprendió ahora la confortadora influencia de la voz de aquella mujer, enmudecida ya para siempre. Su voz era lo que echaba de menos. Las niñas le causaban inquietud por su suerte futura; no le servían de verdadero consuelo. La voz extinta de la finada era la que dejaba un lúgubre vacío en su alma. Y se acordó también del otro hijo -del niño que había muerto en el mar. ¡Ah! Un hombre hubiera sido el báculo de su ancianidad. Pero ¡oh desgracia! El mismo Gian Battista -aquel de quien su mujer había hablado con tan ansioso anhelo, asociando a su nombre el de Linda, antes de sumirse en su ultimo sueño sobre la tierra; aquel a quien había invocado en voz alta para que salvara a sus hijas, un momento antes de exhalar el último suspiro…- ¡también había muerto!
Y el anciano, doblado el busto y la cabeza apoyada en la mano, pasó el día entero sentado en la inmovilidad y el aislamiento. No oyó el broncíneo estruendo de las campanas de la ciudad. Cuando éste cesó, el filtro de barro cocido, situado en el rincón de la cocina, continuó su dulce goteo musical, dejando caer el agua en el gran cántaro poroso, de donde se tomaba para el consumo.
Cuando el sol se acercaba para el ocaso, se levantó y a paso lento empezó a subir por la estrecha escalera. Apenas cabía en ella; y el roce de sus hombros contra las paredes producía un rumor suave, semejante al de un ratón al correr detrás de un delgado tabique de yeso. Mientras permaneció en el piso superior, la casa estuvo silenciosa como una tumba. Después bajó con el mismo rumor apagado. Para volver a su asiento, tuvo que asirse a las sillas y las mesas. Tomó la pipa de la alta repisa de la chimenea, pero sin buscar el tabaco, se la puso vacía en el ángulo de la boca y se sentó de nuevo, quedando en la anterior postura extática. El sol de la entrada de Pedrito en Sulaco, el ultimo sol de la vida del señor Hirsch, y el primero de la soledad de Decoud en la Gran Isabel, pasó sobre el Albergo d 'Italia Una en su camino hacia el poniente. El dulce son del goteo del filtro había cesado; la lámpara de la habitación superior estaba apagada; y la noche envolvió a Giorgio Viola y su difunta esposa en una oscuridad y silencio que parecían invencibles, hasta que el capataz de cargadores, vuelto de las regiones de la muerte, las disipó con el chisporroteo y fulgor de un fósforo.
– Si, viejo. Soy yo. Aguarda.
Nostromo, después de trancar la puerta y cerrar cuidadosamente los postigos, palpó en un anaquel buscando una candela y la encendió.
El viejo Viola se había levantado, y siguió con la vista en la oscuridad los ruidos hechos por su paisano. La luz le dejó ver, de pie, sin apoyarse en ninguna parte, como si la mera presencia de aquel hombre, leal, valiente, íntegro, que era todo lo que su hijo hubiera sido, bastara para reanimar sus decaídas fuerzas.
Llevó la mano a la boca para retirar la pipa de agavanzo, asiéndola por la cazoleta de carbonizados bordes, y frunciendo las hirsutas cejas ante la luz, dijo con temblorosa dignidad:
– Estás de vuelta. ¡Ah! ¡Muy bien! Yo…
No pudo continuar. Nostromo de espaldas a la mesa y apoyado en ella, los brazos cruzados sobre el pecho, asintió con una leve inclinación de cabeza.
– Tú me creíste ahogado. ¡No! El mejor can de los ricos, de los aristócratas, de esos señores finos que sólo saben charlar y hacer traición al pueblo, no ha muerto aún.
El garibaldino, inmóvil, parecía beber el sonido de aquella voz familiar. Su cabeza se movió un poco una vez, como en señal de aprobación; pero Nostromo vio con toda claridad que no había entendido nada de lo dicho por él. Necesitaba alguien que le comprendiera, alguien a quien comunicar confidencialmente la suerte de Decoud, la suya propia, el secreto de la plata. El doctor era un enemigo del pueblo…, un tentador…
La corpulenta figura del viejo Giorgio se estremeció de pies a cabeza con el esfuerzo hecho para dominar su emoción a vista de aquel hombre, que había participado en las intimidades de su vida doméstica, como si fuera su hijo, ya mozo.
– Ella creyó que regresarías -dijo con gravedad.
Nostromo levantó la cabeza.
– Era una mujer de talento. ¿Cómo podía yo dejar de volver…
Y terminó el pensamiento mentalmente: "…habiéndome anunciado un fin de pobreza, desgracia y hambre?" Estas palabras, dictadas a Teresa por la indignación, reforzadas por las circunstancias en que habían sido proferidas, como el grito de un alma contrariada en el deseo de reconciliarse con Dios, removieron la secreta superstición del destino personal ligado a los vaticinios de los moribundos; superstición de la que rara vez se libran ni los mayores genios entre los hombres emprendedores y audaces. Las fatídicas palabras de la moribunda subyugaban el ánimo de Nostromo con la fuerza de una maldición poderosa. Y ¡qué maldición la que habían echado sobre él! Había quedado huérfano siendo tan niño, que no recordaba otra mujer a quien hubiera dado el nombre de madre. En adelante estaba condenado a fracasar en todas sus empresas. El conjuro estaba surtiendo ya sus efectos. La muerte misma rehuiría el librarle de sus desgracias… De pronto dijo con gran vehemencia:
– ¡Ea, viejo! Dame algo de comer. Tengo hambre. ¡Sangre de Dios! El estómago vacío me produce vértigos.
Con la barbilla caída de nuevo sobre su desnudo pecho encima de los brazos cruzados, descalzo, observando con ceño sombrío los movimientos del viejo Viola que rebuscaba en los aparadores, parecía en realidad haber caído bajo una maldición. No era más que un capataz arruinado y siniestro.
El viejo Viola salió de un oscuro rincón, y sin decir una palabra, vació de sus palmas ahuecadas sobre la mesa algunas cortezas duras de pan y media cebolla cruda.
Mientras el capataz empezaba a devorar aquella refección de mendigo, tomando con inconsciente voracidad trozo tras trozo, el garibaldino se encaminó a otro rincón y, agachándose, llenó un jarro de vino tinto, escanciado de una damajuana forrada de mimbre. Con un gesto familiar, como cuando servía a los parroquianos en el café, se había puesto la pipa entre los dientes para tener las manos libres.
El capataz bebió con avidez. Un leve sonrojo hizo resaltar el color tostado de sus mejillas.
Viola, plantado delante de él, se quitó la pipa de la boca, y volviendo la blanca y maciza cabeza a la escalera, dijo con intencionada lentitud:
– Luego de haberse disparado aquí el tiro que la mató tan seguramente como si la bala hubiera hecho blanco en su oprimido corazón, te invocó para que salvaras a las niñas. A ti, Gian Battista.
Nostromo alzó la cabeza.
– ¿Es verdad eso, padrone? ¡Para que salvara a las niñas! Pero ya están con la señora inglesa, su rica bienhechora. ¡Hum! Eres un viejo y perteneces al pueblo. Tu bienhechora…
– Sí, soy un viejo -musitó Giorgio Viola. -A una mujer inglesa se le permitió dar una cama a Garibaldi cuando yacía herido en la cárcel. ¡El hombre más grande que ha vivido jamás! Un hombre del pueblo también…, un marino. Bien puedo yo consentir que otra inglesa me procure albergue en que cobrarme. Sí…, soy viejo. Puedo permitirlo. La vida dura demasiado a veces.