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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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Y el capitán Mitchell seguía hablando así a su víctima, más o menos resignada:

– La Plaza. Yo la llamo magnífica. Dos veces el área de la Plaza de Trafalgar.

Desde el centro mismo, bajo de un sol deslumbrador, señalaba los edificios:

– "La Intendencia, ahora Palacio del Presidente; el Cabildo, donde celebra sus sesiones la Cámara de Diputados… ¿Observa usted las nuevas casas de aquel lado de la plaza? Un inmenso bazar, donde se vende toda clase de mercancías. El viejo Anzani fue asesinado por los guardias nacionales frente a la caja de hierro donde tenía el dinero. Precisamente por ese crimen murió públicamente en garrote vil el diputado Camacho, comandante de los Nacionales, bruto sanguinario y salvaje; pena a que le condenó un tribunal militar nombrado por Barrios. Los sobrinos de Anzani formaron una Compañía y siguieron el negocio en esa forma. Todo ese lado de la plaza había sido quemado; anteriormente había ahí una columnata.

"Fue un incendio terrible, a cuya luz vi la última refriega: los llaneros se declararon en fuga; los nacionales arrojaron las armas, y los mineros de Santo Tomé, todos indios de la Sierra, avanzaron como un torrente, al son de flautas y címbalos, con banderas verdes ondeando al viento, en una revuelta masa de hombres con ponchos blancos y sombreros verdes, a pie, en mulas, en borricos. Espectáculo como aquel no se verá otra vez, señor. Los mineros habían venido contra la ciudad, acaudillados por don Pepe, jinete en un caballo negro; y las mujeres, que los seguían a retaguardia en burros, gritaban animosamente, señor, tocando tamboriles. Recuerdo que una de ellas llevaba en el hombro un loro verde, tan quieto como si fuera de piedra. Llegaron a punto de salvar al señor administrador, porque, aunque Barrios ordenó el asalto sin dilación, a pesar de haber anochecido, hubiera sido muy tarde para librar a don Carlos. Pedrito Montero le había sacado para fusilarle -como hicieron con su tío hace muchos años- y en tal caso, según dijo Barrios después, Sulaco no valía la pena de pelear por ella.

"Sulaco sin la Concesión no era nada; y había toneladas y toneladas de dinamita, distribuidas por toda la montaña con las mechas dispuestas; y un anciano sacerdote, el Padre Román, tenía a su cargo algunos obreros que hubieran aniquilado la mina de Santo Tomé a la primera noticia de haber fracasado la expedición salvadora. Don Carlos había resuelto que no le sobreviviera la mina y contaba con los hombres decididos a cumplir su determinación."

Así solía hablar el capitán Mitchell en medio de la Plaza, al amparo de una sombrilla blanca con franja verde. Pero cuando entraba en la penumbra de la catedral, en cuyo fresco ambiente flotaba un débil aroma de incienso, y se veían aquí y allá figuras de mujer arrodilladas, vestidas de riguroso luto o de blanco, cubierta la cabeza con un velo, la voz del narrador bajaba de tono, haciéndose más solemne e impresionante:

– "He aquí -decía, señalando a un nicho en el muro de la sombría nave- el busto de don José Avellanos, "patriota y estadista," como dice la inscripción, "ministro plenipotenciario cerca de las cortes de Inglaterra, España, etc., etc., fallecido en los bosques de Los Hatos a consecuencia de las fatigas de una lucha incesante por el Derecho y la Justicia, al alborear de una nueva era." La escultura es de un gran parecido. Obra de Parrocheti según algunas fotografías antiguas y un boceto a lápiz de la señora de Gould. Traté mucho a ese ilustre americano-español de la vieja escuela, un verdadero hidalgo, amado de todo el que le conoció.

"El medallón de mármol, empotrado en el muro, de estilo antiguo, que representa una mujer envuelta en un velo, sentada, con las manos cruzadas sobre las rodillas, conmemora al infortunado joven que zarpó con Nostromo en aquella noche fatal, señor. Vea usted: A la memoria de Martín Decoud, su prometida, Antonia Avellanos. Franco, sencillo, noble. En esa dedicatoria tiene usted retratado el carácter de la señorita. Una mujer excepcional. Los que creyeron verla morir de desesperación se equivocaron. Se la criticó mucho por no haber tomado el velo, como se esperaba, pero la señorita Antonia no tiene madera de monja. El obispo de Corbelán, su tío, vive con ella en la casa que la familia posee en la ciudad mientras se habilita el palacio junto a la catedral. Es un hombre de un carácter terrible, siempre en guerra con el gobierno por causa de las tierras y conventos confiscados a la Iglesia en tiempos pasados. Creo que goza de gran predicamento en Roma. Y ahora atravesamos la Plaza y vayámonos a almorzar al Club Amarillo."

Luego de salir de la catedral, en el mismo rellano de la magnífica escalinata, la voz del señor Mitchell recobraba su tono fuerte y pomposo mientras describía con el brazo un gesto circular acostumbrado:

– "El Porvenir en aquel primer piso, encima de los comercios con vitrinas francesas. Periódico conservador, o por mejor decir, constitucional-parlamentario, partido cuyo jefe actual es el mismo Presidente de la República, don Justo López. Hombre avisado, a mi juicio, y de gran inteligencia, señor. El partido democrático de oposición se apoya principalmente -siento decirlo, señor- en los socialistas italianos con sus sociedades secretas, camorras y cosas parecidas. Tenemos aquí numerosos italianos, establecidos en los terrenos del ferrocarril; obreros despedidos, mecánicos, etc., todo a lo largo de la línea. Hay aldeas enteras de italianos en el Campo. Y los naturales del país se dejan arrastrar por sus predicaciones.

"¿El Bar Americano? Sí. Y más allá puede usted ver otro. Frecuentados sobre todo por neoyorquinos… Hemos llegado al Club Amarillo. Observe usted la estatua del obispo al pie de la escalera a la derecha, según subimos."

Y el almuerzo empezaba y terminaba su opíparo y sosegado curso en una mesita de la galería del Club, donde el capitán Mitchell hacía varias inclinaciones, se levantaba para hablar un momento a diferentes funcionarios vestidos de negro, comerciantes de americana, oficiales de uniforme, caballeros de edad madura procedentes del Campo -cetrinos, pequeños, nerviosos, o regordetes, plácidos, atenazados-, y europeos o norteamericanos de gran posición, cuyo color blanco resaltaba con morbosa palidez entre la mayoría de las caras morenas y negras de brillantes ojos,.

El capitán Mitchell se repantigaba en la silla, echando en torno de sí miradas de satisfacción, y alargaba al acompañante una caja de enormes puros.

– Pruebe usted uno con el café. Tabaco de la localidad. El café que va usted a tomar en el Club Amarillo, señor, no lo hallará usted en ninguna parte del mundo. Lo recibimos en grano de un famoso cafetal, que aquí llaman cafetería, de la falda de la sierra. Su dueño envía todos los años tres sacos, como un obsequio a sus compañeros de club, en recuerdo del combate contra los nacionales de Camacho, librado por los caballeros desde estas mismas ventanas. El donante se hallaba entonces en la ciudad: participó de la lucha hasta el final. El café llega en tres mulos -no por ferrocarril, como cualquier envío ordinario- y entra directamente en el patio, escoltado por obreros a caballo, a las órdenes del mayoral de la hacienda. Este sube las escaleras con botas y espuelas, y le entrega oficialmente al consejo directivo con la fórmula: "En memoria de los que cayeron el tres de mayo." Nosotros le llamamos el café del Tres de Mayo.

El señor Mitchell, con expresión de disponerse a oír un sermón en una Iglesia, se llevaba a los labios la menuda taza; y el néctar era ingerido a sorbitos hasta la última gota, durante un silencio tranquilo, entre nubes de humo de tabaco.

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