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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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– Por supuesto, no creo que usted se apresurara a denunciarme a Sotillo, por ejemplo. No es eso. Lo que hay es que ¡yo no soy nada! Así de repente… -blandiendo el brazo hacia abajo. -¡Nada para nadie!

El doctor respiró con libertad.

– Oiga, capataz -dijo tendiendo la mano casi afectuosamente hacia el hombro de su interlocutor. -Voy a decirle una cosa muy sencilla. Usted está seguro, porque es el hombre necesario. Por nada del mundo le descubriría a usted; me es usted indispensable.

Nostromo se mordió los labios en la oscuridad. Ya estaba cansado de oír eso, y sabía lo que significaba. ¡Qué no se lo mentaran más! Ahora tenía que mirar por sí -pensó. Y pensó también que no era prudente separarse de su compañero riñendo. El doctor, reconocido como un gran médico, tenía entre el populacho de la ciudad la fama de ser un mal sujeto. Y ese concepto se hallaba sólidamente fundado en su aspecto personal, que era raro y en sus modales burlones -pruebas visibles, palpables e incontrovertibles de la malévola disposición del doctor. Nostromo, que pertenecía al pueblo, participaba de ese modo de ver. Así pues, se limitó a refunfuñar con incredulidad.

– Usted, hablando sin rodeos, es el hombre único -prosiguió el doctor. -En su poder está el salvar la ciudad y… a todos de la rapacidad asoladora de hombres que…

– No, señor -saltó el capataz ceñudo. -No está en mi poder presentar aquí de nuevo el tesoro para que usted se lo entregue a Sotillo, a Pedrito, a Camacho o Dios sabe a quién otro.

– Nadie espera lo imposible -fue la respuesta.

– Usted mismo lo ha dicho: nadie -musitó Nostromo en tono amenazador y hosco.

Pero el doctor Monygham, muy esperanzado, no paró mientes en la enigmática respuesta ni en su dedo amenazador. Como sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, la figura del muerto señor Hirsch, que se mostraba con mayor claridad, parecía haberse acercado. El doctor bajó la voz al exponer su plan, como si temiera ser oído por algún extraño.

Franqueóse enteramente con el hombre indispensable. La lisonja que tal proceder llevaba consigo y la indicación de grandes peligros le sonaron al capataz a cosas corrientes, y su ánimo, vacilante entre la irresolución y el descontento, las recibió con amargura. Comprendió perfectamente que el doctor anhelaba salvar de la destrucción la mina de Santo Tomé. Sin ella el buen señor no sería nada. Era interés personal suyo. Como lo había sido del señor Decoud, de los blanquistas y de los europeos el tener de su parte a los cargadores. Su pensamiento se detuvo en Decoud. ¿Qué sería de él?

El prolongado silencio de Nostromo puso intranquilo al doctor. Indicó, sin la menor necesidad, que, aunque, por el momento estuviera seguro en casa de Viola, no podría vivir siempre oculto. Tenía que escoger entre aceptar la misión de ir a verse con Barrios, atropellando por riesgos y dificultades, o dejar a Sulaco furtivamente, sin gloria y en pobreza.

– Ninguno de sus amigos podría recompensarle a usted ni protegerle en estas circunstancias; ni el mismo don Carlos.

– No quiero ninguna de sus protecciones ni recompensas. Lo único que desearía es poder fiarme de su valor y de su cordura. Cuando vuelva, triunfante como usted dice, con Barrios, tal vez los encuentre a todos ustedes muertos. En este momento tienen ustedes el cuchillo a la garganta.

Ahora fue el doctor a quien le tocó quedarse callado meditando los horrores que podían sobrevenir.

– Bien, nosotros en cambio nos fiamos enteramente del valor y de la cordura de usted, que también tiene el cuchillo a la garganta.

– ¡Ah! Y ¿quién me premia ese sacrificio? ¿Qué me importan a mí su política y sus minas…, su plata y sus constituciones…, su don Carlos por aquí y su don José por allá…?

– No sé nada de eso -exclamó el doctor exasperado. -Pero hay personas inocentes en peligro, y algunas valen más que usted, que yo y que todos los riveristas juntos. Yo no puedo contestar a su pregunta. Debería usted haberlo averiguado antes de permitir que Decoud le metiera en el asunto de trasladar el tesoro. Usted tenía el derecho de pensar como un hombre; pero, ya que no lo hizo entonces, procure usted ahora obrar como tal. ¿Imaginó usted que Decoud se cuidaba mucho de lo que a usted pudiera ocurrirle?

– No más que usted -murmuró el otro.

– Seguramente. A mi me importa tan poco lo que a usted le ocurra, como lo que me suceda a mí mismo.

– Y ¿todo ello porque usted es un ferviente riverista? -interrogó Nostromo con acento de incredulidad.

– Todo ello porque soy un incondicional riverista -repitió el doctor con aspereza.

Nuevamente el capataz permaneció en silencio con la vista fijada distraídamente en el cadáver del señor Hirsch, pensando que el doctor era una persona peligrosa en más de un sentido. No podía uno fiarse de él.

– ¿Habla usted en nombre de don Carlos? -inquirió por fin.

– Sí: en su nombre hablo -respondió el doctor con voz fuerte y sin vacilar-. Es preciso que salga ahora de su retraimiento y dé la cara. Debe hacerlo -añadió en un murmullo que Nostromo no comprendió.

– ¿Qué decía usted, señor?

El doctor se estremeció.

– Decía que debe usted ser consecuente, capataz. Sería la peor de las locuras renegar ahora de su historia anterior.

– ¡Consecuente! -repitió Nostromo-. ¿De dónde saca usted que no lo sería si le dijera que se vaya al diablo con sus proposiciones?

– No insisto sobre ello. Tal vez tenga usted razón -replicó el otro con rudeza para disimular el desmayo de su corazón y el temblor de su voz. -Lo único que sé es que haría usted muy bien en marcharse de aquí, porque de un momento a otro pueden llegar a buscarme algunos emisarios de Sotillo.

Bajó de la mesa donde estaba sentado y escuchó con atención. El capataz se puso también de pie.

– Suponiendo que yo fuera a Cayta, ¿qué haría usted entretanto? -preguntó.

– Irme a buscar a Sotillo inmediatamente de partir usted, siguiendo el plan que traigo entre manos.

– El plan es bastante bueno…, pero a condición de que el ingeniero jefe esté de acuerdo con él. Recuérdele usted, señor, que yo velé por la seguridad del viejo ricacho inglés que costea el ferrocarril, y que salvé la vida a muchos de sus empleados, cuando vino del sur una banda de salteadores a robar uno de los trenes que llevaba la paga del personal. Yo fui quien lo descubrió todo con peligro de mi vida, fingiendo entrar en sus planes. Como está usted haciendo con Sotillo.

– Sí, sí, por supuesto. Pero puedo presentarle otras razones más fuertes -dijo el doctor de prisa. -Deje usted el asunto por mi cuenta.

– ¡Ah! Sí. Cierto. Yo no soy nada.

– De ningún modo. Usted lo es todo.

Avanzaron algunos pasos hacia la puerta. A su espalda el ejecutado señor Hirsch conservaba la inmovilidad de un hombre desatendido.

– Todo se arreglará a pedir de boca. Sé muy bien lo que tengo que decir al ingeniero -prosiguió el doctor en voz baja. -Lo difícil para mí será embaucar a Sotillo.

Y el doctor Monygham se paró en seco en la puerta como acobardado por la dificultad. Pero había hecho el sacrifico de su vida y consideró que ésta era la ocasión oportuna. Con todo, no quería morir antes de tiempo. En el desempeño de su papel de traidor a la confianza de don Carlos, tendría que indicar por fin el lugar donde estaba escondido el tesoro. Eso sería el término de su farsa y el de su vida también a manos del furioso coronel. Necesitaba prolongar hasta el último momento ese desenlace; y se había devanado los sesos para inventar algún escondrijo, verosímil y de acceso dificultoso.

Comunicó sus perplejidades a Nostromo, y concluyó diciendo:

– ¿Sabe usted una cosa capataz? Me parece que, cuando llegue el tiempo de tener que revelar el secreto paradero del tesoro, indicaré la Gran Isabel. Es el mejor sitio que me ocurre. ¿Qué hay?

A Nostromo se le había escapado una sorda exclamación. El doctor aguardó sorprendido, y tras unos momentos de profundo silencio, oyó murmurar con voz gruesa: "¡Qué gran disparate!" y respirar anhelosamente.

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