Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:
Encyclopædia Britannica
El capitán Mitchell, olvidándose del último personaje traído a cuento, volvía a hablar de su Nostromo con acento sentido y un deje de melancólico orgullo:
– "Se me presentó de repente en esta misma habitación como un fantasma, señor. Imagínese usted la impresión que me causaría. Como es natural, había vuelto por mar con Barrios. Y lo primero que me dijo cuando estuve repuesto del susto, y en condiciones de oírle, fue que había recogido el bote de la gabarra, abandonado en el golfo, donde flotaba a la deriva. Mi pobre capataz parecía abatido por tal incidente, que en realidad era extraordinario, si se recuerda que habían pasado dieciséis días desde el naufragio del lanchón de la plata.
"Al punto pude ver que era otro hombre. Miraba de hito en hito a la pared, señor, como si hubiera una araña o algo que corriera por ella. La pérdida de la plata se le había clavado en el alma. Me preguntó desde luego que si doña Antonia tenía ya noticia de la muerte de Decoud, y al hacer esta pregunta le temblaba la voz. Hube de decirle que doña Antonia no había vuelto aún a la ciudad. ¡Pobre señorita! Y, cuando me disponía a interrogarle sobre mil asuntos, saltó de pronto: "Perdone usted, señor", y salió sin más de este despacho. No volví a verle en tres días, pues me hallaba a la sazón abrumado de ocupaciones, ¿sabe usted? Creó que vagaba por dentro y fuera de la ciudad, y que dos noches volvió a dormir a los barracones de los empleados del ferrocarril. Parecía absolutamente indiferente a lo que ocurría. Le pregunté una vez en el muelle: "¿Cuándo piensa usted encargarse nuevamente de su tarea, Nostromo? Ahora tenemos trabajo en abundancia para los cargadores". "Señor -me respondió, echándome una mirada interrogadora-, ¿se maravillaría usted si le dijera que todavía me siento muy cansado para volver a la faena? Y ¿qué labor podría hacer ahora? ¿Cómo podría mirar a la cara a mis cargadores después de haber perdido la gabarra?"
"Le rogué que no pensara más en la plata y se sonrió. Una sonrisa que me llegó al corazón, señor. "Usted no tuvo la culpa -le dije. -Fue una fatalidad. Una desgracia que no pudo evitarse". "¡Sí! ¡sí!", dijo y volvió la espalda. Creí lo mejor dejarle en paz una temporada para que se sobrepusiera a su pesadumbre; pero le ha costado años el conseguirlo. Estuve presente a su entrevista con don Carlos. Debo decir que Gould es un hombre un tanto frío. Ha tenido que reprimir sus sentimientos, tratando con ladrones y granujas, en constante peligro de arruinarse con su mujer; y lo ha venido haciendo por tantos años, que la impasibilidad constituye hoy, por decirlo así, su segunda naturaleza. Los dos permanecieron largo rato mirándose; y don Carlos preguntó, con el sosiego y reserva de costumbre, qué podía hacer por él.
– "Mi nombre es conocido de un extremo a otro de Sulaco -respondió el otro con la misma calma-. ¿Qué mayor remuneración podría usted concederme?
"Eso es todo lo que pasó en esa ocasión. Posteriormente, sin embargo, se puso a la venta una magnífica goleta; y la señora de Gould y yo tuvimos gran empeño en comprarla y regalársela. Así se hizo, pero en los tres años siguientes devolvió el precio. El tráfico abundaba todo a lo largo de la costa, señor. Además, ese hombre es afortunado en todas sus empresas, menos en salvar el lanchón de la plata.
"La pobre doña Antonia, no repuesta aún de los terribles trabajos sufridos en los bosques de los Hatos, tuvo también una entrevista con él. Deseaba recibir noticias de Decoud: qué dijo, qué hizo, qué pensaron hasta el último en aquella noche fatal. Por la señora de Gould supe que el capataz había hablado a la señorita con afabilidad y calma. La señorita Avellanos supo reprimir su pena, y sólo prorrumpió en llanto cuando Nostromo le dijo que el señor Decoud tenía seguridad en el triunfo glorioso de su proyecto… Y, a no dudarlo, señor, ha sido un verdadero triunfo".
El ciclo de los relatos y paseos estaba á punto de cerrarse al fin. Y, mientras el ilustre pasajero, temblando de placer al pensar anticipadamente en la litera de su camarote, se olvidaba de preguntar: "¿Qué singular proyecto podía ser el de ese Decoud?", el capitán Mitchell continuaba:
– Siento que en breve tendremos que separarnos. La atención inteligente que ha prestado usted a mis explicaciones me ha procurado un día delicioso. Ahora le acompañaré a usted a bordo. Ha echado usted un vistazo a la "Tesorería del Mundo". Una denominación muy apropiada.
La voz del segundo contramaestre, anunciando a la puerta que la chalupa aguardaba, ponía término a las etapas del acompañamiento obsequioso.
Nostromo realmente había hallado el bote de la gabarra, abandonado en la Gran Isabel con Decoud, flotando vacío a gran distancia de la isla del golfo. Hallábase a la sazón en el puente del primero de los transportes de Barrios, que en una hora de navegación llegaría a Sulaco. Barrios, a quien siempre caían en gracia las hazañas atrevidas y juez competente en materia de valor, había cobrado gran afición al capataz. Durante el viaje contorneando la costa, el general retuvo a Nostromo cerca de su persona, hablándole a menudo en los términos rudos y jactanciosos que solían expresar su especialísima estimación.
Los ojos de Nostromo fueron los primeros en divisar a cierta distancia frente a la proa una manchita negra, que aparecía aislada de la Tres Isabeles en la superficie plana y temblorosa del golfo. Hay ocasiones en que ningún hecho debe ser despreciado por insignificante; un pequeño bote, tan lejos de tierra, podía indicar algo digno de averiguarse. A una señal de Barrios, el transporte mudó de rumbo y pasó bastante cerca para cerciorarse de que la barquichuela estaba vacía. Era un bote ordinario que navegaba a la deriva con los remos dentro. Pero Nostromo, que tenía fijo insistentemente a Decoud en su pensamiento durante días, había reconocido mucho antes con sobresalto la canoa de la gabarra.
No había que pensar en detenerse a recoger un objeto tan insignificante. Cada minuto era de gran importancia para salvar la suerte de una ciudad entera y las vidas de sus habitantes. La proa del barco-guía, con el general a bordo, volvió a su rumbo. Tras él, la flota de transportes, diseminados a la ventura en alta mar a la distancia aproximada de una milla, aparecían negros y humeantes por la parte de poniente, con el aspecto de terminar un certamen de velocidad en el océano.
– Mi general -prorrumpió la voz de Nostromo, fuerte y tranquila detrás de un grupo de oficiales-, desearía salvar ese botecito. Le conozco, por Dios. Pertenece a mi compañía.
– Y, por Dios -replicó Barrios en tono de broma-, usted me pertenece a mí. Pienso hacerle a usted capitán de caballería en cuanto vuelva a echar la vista a un caballo.
– Sé nadar mejor que cabalgar, mi general -exclamó Nostromo, avanzando hacia la baranda con gran resolución, que se reflejaba en la fijeza de su mirada. -Permítame usted…
– ¿Permitirle? ¡Qué hombre más terco! -vociferó el general jovialmente sin mirarle siquiera. -¡Qué le deje ir! ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! Quiere hacerme confesar que no podemos tomar a Sulaco sin él. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! ¿Le gustaría hacer el viaje a nado, hijo mío?
Un tremendo clamoreo que resonó de un extremo a otro del barco interrumpió las bromas de Barrios. Nostromo había saltado por la borda, y su negra cabeza flotaba ya lejos del barco.
El general musitó sorprendido en tono violento:
– ¡Cielos! ¡Pecador de mí!
Miró con avidez y vio que Nostromo nadaba con gran desembarazo, y luego tronó indignado:
– ¡No!, ¡no! De ninguna manera nos detendremos a recoger a ese insolente. ¡Qué se ahogue… ese loco capataz!
Únicamente empleando la fuerza bruta hubiera sido posible impedir a Nostromo arrojarse al mar. Aquel bote vacío, que le salía al encuentro de una manera misteriosa, como dirigido por un invisible espectro, ejerció sobre el capataz la fascinación de una señal, de un aviso, y pareció responder en forma enigmática y sorprendente a su obsesión de un tesoro y del destino de un hombre. Habría saltado, aun estando seguro de hallar la muerte en aquella media milla de agua. La superficie del mar aparecía lisa como la de un estanque, y por una razón u otra en el Golfo Plácido no se conocen los tiburones, no obstante estar plagada de ellos la costa del otro lado de Punta Mala.