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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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"Pedrito, amenazado por Hernández en el Oeste y por los mineros de Santo Tomé que avanzaban con ímpetu por la puerta de tierra, no pudo oponerse al desembarco. Durante una semana había estado enviando mensajes a Sotillo pidiéndole que se incorporara. Caso de haberlo hecho, las matanzas y destierros no hubieran dejado en la ciudad a ningún hombre ni mujer de posición. Pero aquí es donde entra en escena el doctor Monygham.

"Sotillo, ciego y sordo para todo, plantado en el puente de su vapor, vigilaba el dragado para pescar la plata, que creía sepultada en el fondo del puerto. Dicen que los tres últimos días estaba fuera de sí, rabioso y echando espumarajos al no hallar nada, yendo de una parte a otra por cubierta y echando maldiciones a los botes de las dragas, señalándoles los puntos que debían explorar, y gritando: "¡Y, no obstante, está ahí! ¡Lo veo! ¡Lo palpo!"

"Ya se disponía a colgar al doctor Monygham (a quien tenía a bordo) del extremo superior de una grúa, cuando el primer transporte de Barrios, que era uno de nuestros barcos, penetró en el puerto y, poniéndose cerca de costado, abrió fuego de fusil sin más preliminares, como saludo. Fue la mayor sorpresa del mundo, señor. Tan atónitos quedaron que, en el primer momento, no se retiraron de cubierta bajando al entrepuente. Los hombres caían como bolos. Fue un milagro que Monygham, de pie junto a la escotilla de popa, con la cuerda alrededor del cuello, se librara de quedar agujereado como una criba. Me contó después que se había dado por muerto, y que había gritado sin cesar con toda la fuerza de sus pulmones: " ¡Izad bandera blanca!" "¡Izad bandera blanca!" De improviso un viejo comandante del regimiento de Esmeralda, que estaba cerca, desenvainó la espada y gritando: "¡Muere, traidor perjuro!", atravesó de parte a parte a Sotillo, sin darle tiempo a dispararse un tiro en la cabeza."

El narrador se tomaba de cuando en cuando un rato de descanso, y luego proseguía:

– "¡Pardiez, señor! Podría contarle a usted mil incidentes por espacio de horas. Pero es tiempo de que partamos para Rincón. No estaría bien que pasara usted por Sulaco sin ver las luces de la mina de Santo Tomé, la montaña entera hecha un incendio, como un alcázar iluminado encima del sombrío Campo. Es un paseo de moda… Pero permítame referirle una anécdota sólo para ponerle a usted en autos.

"Unos quince días después, o algo más, cuando Barrios, declarado generalísimo, marchó al sur en persecución de Pedrito; y la Junta Provisional, presidida por don Justo López, hubo promulgado la nueva Constitución; y nuestro don Carlos Gould se ocupaba en preparar sus maletas para ir con una misión política, señor, a San Francisco y Washington (los Estados Unidos, señor, fueron la primera gran potencia que reconoció la República Occidental); unos quince días después, digo, cuando empezábamos a sentir que teníamos las cabezas seguras en nuestros hombros, si puedo expresarme así, un hombre importante que enviaba y recibía géneros en grande por nuestros bancos, vino a verme por asunto de su negocio y lo primero que me dice es:

– "Oiga, capitán Mitchell, ¿es ese individuo (refiriéndose a Nostromo) todavía capataz de sus cargadores o no?

– ¿Qué ocurre? -dije yo.

– "Porque si lo es, no me importa nada; estoy agradecido al servicio que me presta la Compañía O.S.N.; pero le he visto varios días ganduleando por el muelle, y precisamente ahora me ha detenido, con la mayor frescura del mundo, pidiéndome un puro. Usted sabe que gasto una marca especial, y que no los compro para regalarlos así como así.

– "Espero que se haya visto usted forzado a hacerlo pocas veces.

– "¡Oh!, desde luego. Pero es una molestia insoportable. El hombre anda siempre mendigando cigarros.

"Señor, volví a un lado la vista, y luego pregunté:

"¿No fue usted uno de los que estuvieron presos en el Cabildo?

– "Usted lo sabe perfectamente, y que me pusieron cadenas además -respondió el.

– "Y que se le exigían quince mil dólares para ponerle en libertad.

"Se ruborizó, señor, porque cundió que se había desmayado de miedo cuando llegaron a arrestarle, y que ante Fuentes se mostró abyecto arrastrándose a sus pies, de modo que hizo sonreír de lástima a los mismos policianos que le habían llevado cogido por los cabellos.

– "Sí -añadió un tanto confuso. -Y eso ¿qué tiene que ver?

– "¡Oh! Nada, Que corrió usted peligro de perder un piquillo -repliqué-; eso suponiendo que hubiera usted librado con vida. Pero ¿qué puedo hacer por usted?

"El hombre no entendió la indirecta. Se quedó como si tal cosa. Y así va el mundo, señor."

Al fin terminaba la conversación en la Alameda, levantándose el señor Mitchell algo entumecido, y la expedición a Rincón solía hacerse con una observación filosófica hecha por el implacable cicerone con los ojos fijos en las luces de Santo Tomé, que parecían suspendidas en la oscura noche entre el cielo y la tierra:

– Un gran poder para bien y para mal, señor. Un gran poder.

Y se cenaba en Mirliflores, famoso por su excelente cocina, dejando en el ánimo del viajero la impresión de que abundaban en Sulaco los jóvenes simpáticos y despejados, con salarios al parecer demasiado crecidos para su edad, y, entre ellos, unos cuantos, por lo general, anglosajones peritos en el arte de gastarle un bromazo, como suele decirse, a un huésped de buen genio.

Con una rápida carrera al puerto en el artefacto de dos ruedas (que el capitán Mitchell llamaba currículo), tirado por un mulo seco y encanijado, al que un cochero evidentemente napolitano no cesaba de apalear, el ciclo de la visita a Sulaco se acercaba a su término ante las oficinas iluminadas de la Compañía O.S.N., que seguían abiertas a hora tan avanzada por causa del vapor. Se acercaba a su fin…, pero no terminaba.

– Las diez. Su barco no estará listo para zarpar hasta las doce y media, y aun entonces lo dudo. Vamos a tomar un vaso de soda con aguardiente y a fumar otro puro.

Y en el despacho particular del superintendente, el distinguido viajero del Ceres, el Juno o el Palas, escuchaba, como un niño cansado un cuento de hadas, la serie inesperada de descripciones, sonidos, nombres, sucesos e informaciones complicadas e incompletas, con que el señor Mitchell le aturdía mentalmente. Y oía una voz familiar y de impresionante énfasis, como venida de otro mundo, refiriéndole que había habido "en aquel mismo puerto" una demostración naval internacional, que puso fin a la guerra entre Costaguana y Sulaco; y que el crucero de los Estados Unidos Powhattán fue el primero en saludar la bandera occidental -blanca con una corona de laurel verde en el centro, rodeando una flor amarilla. Y oía contar que el general Montero, antes de transcurrir un mes desde que se proclamó a sí mismo Emperador de Costaguana, había sido muerto de un tiro (durante una solemne y pública distribución de condecoraciones y cruces) disparado por un joven oficial de artillería, hermano de la mujer que a la sazón era su querida.

– El abominable Pedrito, señor, huyó del país -seguía contando la voz. -El capitán de uno de nuestros barcos me dijo últimamente que había visto a Pedrito el Guerrillero luciendo unas babuchas moradas y un gorro de terciopelo con borla de oro, al frente de una casa de lenocinio en uno de los puertos meridionales.

– ¡Detestable Pedrito! ¿Qué diablo de hombre era ése? -preguntaba el distinguido pasajero, fluctuando entre la vigilia y el sueño, pero con los ojos abiertos merced a un esfuerzo de cortesía, y con un amistoso mohín en los labios, de entre los que salía el decimoctavo o vigésimo puro de aquel memorable día.

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