Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:
Encyclopædia Britannica
– Repare usted en ese señor vestido de negro que se retira en este momento -recomenzó, inclinándose apresuradamente. -Es el famoso Hernández, ministro de la Guerra. El corresponsal que aquí tiene el importante diario The Times, autor de la notable serie de cartas donde se llama a la República Occidental la "Tesorería del Mundo," le dedicó un artículo entero con motivo del notable cuerpo que ha organizado -los famosos Carabineros del Campo.
El huésped del capitán Mitchell, sintiendo picada su curiosidad, fijaba la vista en una figura de andar grave, envuelta en levita negra de luengos faldones, con frente surcada por líneas horizontales, rostro alargado y serio, de mirar modesto, y cabeza puntiaguda, cuyos cabellos entrecanos, ralos en la coronilla, caían por ambas partes peinados con esmero, rematando en bucles sobre el cuello y hombros. Este era, pues, el famoso bandido, cuyas hazañas se habían oído con interés en Europa. Tocábase con un sombrero de copa alta y amplios bordes planos. Un observador atento hubiera descubierto un rosario de cuentas de madera arrollado a su muñeca derecha.
Y el capitán Mitchell proseguía:
– El protector de los refugiados de Sulaco que huyeron del furor de Pedrito. Como general de caballería a las órdenes de Barrios, se distinguió en la toma de Tonoro, donde murió el señor Fuentes con los últimos restos de los monteristas. Es el amigo y humilde servidor del obispo Corbelán. Oye tres misas cada día. Apostaría que, al volver a casa para dormir su siesta, se mete antes en la catedral a rezar algunas oraciones.
Después de dar varias chupadas a su puro en silencio, tal vez aseveraba con la mayor prosopopeya:
– Esta raza española, señor, es fecunda en caracteres extraordinarios, que salen de todas las clases sociales… Si le parece a usted, podríamos ir ahora al billar, que es un sitio fresco, para charlar tranquilamente. No hay nadie allí hasta después de las cinco. Podría referir a usted episodios de la revolución separatista que le asombrarían. Cuando pase la fuerza del calor, daremos una vuelta por la Alameda.
El programa seguía desenvolviéndose implacable, como una ley de la Naturaleza. El paseo por la Alameda se daba andando despacio y entre comentarios enfáticos y graves.
– Toda la alta sociedad de Sulaco aquí, señor-. El capitán Mitchell hacía ceremoniosas inclinaciones a derecha e izquierda, y luego continuaba con animación: -Doña Emilia, el carruaje dé la señora de Gould. Mire usted. Siempre mulas blancas. La mujer más bondadosa y agraciada que se ha conocido en el mundo. Gran posición, señor, gran posición. La primera señora de Sulaco -muy por encima de la esposa del Presidente. Bien se lo merece.
El capitán Mitchell ante un encuentro de esta clase se descubría; y si por acaso la señora de Gould llevaba compañía, no dejaba de dar las correspondientes explicaciones en un tono que indicaba el concepto que le merecían los acompañantes.
– El señor que va al lado, de cara ceñuda, cubierta de cicatrices, con un cuello de camisa alto, que resalta sobre su traje negro -prosiguió con acento un tanto despectivo-, es el doctor Monygham, Inspector de los Hospitales del Estado, primer médico de las Minas Consolidadas de Santo Tomé. Persona íntima de la casa. Siempre en ella. No tiene nada de particular. Todo lo que es se lo debe a los Goulds. Muy hábil y todo lo que se quiera pero a mí nunca me ha gustado. Ni a nadie. Todavía recuerdo cuando andaba cojeando por las calles, con camisa de franela a cuadros y sandalias del país. A veces se le veía llevar una sandía bajo el brazo, único alimento que había podido agenciarse para el día. Ahora todo un gran personaje, señor, pero tan repulsivo como siempre. Sin embargo…, indudablemente desempeñó bastante bien su papel en tiempo de la revolución. Nos salvó a todos de la mortal pesadilla de Sotillo, empresa en que un hombre de otras cualidades hubiera fracasado.
Un nuevo gesto indicador del brazo regordete, y su dueño seguía explicando:
– "La estatua ecuestre que estaba sobre aquel pedestal ha sido trasladada. Era un anacronismo -comentaba el narrador vagamente. -Se habla de reemplazarla por una columna de mármol, conmemorativa de la Separación, con ángeles de paz en los cuatro ángulos, y una Justicia de bronce sosteniendo una balanza, toda dorada, en la parte superior. Se encargó el proyecto al Cavaliere Parrochetti; y la maqueta puede usted verla metida en una vitrina de la sala del Ayuntamiento.
"Se grabarán varios nombres todo alrededor del pedestal. ¡Bien! Lo mejor que podían hacer era empezar por el de Nostromo. Ha colaborado a la Separación tanto como cualquier otro y -añadió, mudando de tono- ha obtenido menos tal vez que nadie."
Al llegar a un asiento de piedra, situado bajo de un árbol, no era raro que el capitán Mitchell se dejara caer en él, invitando a su acompañante a imitarle, y la narración seguía:
– "Ese Nostromo llevó a Barrios las cartas de Sulaco que decidieron al general al abandonar Cayta temporalmente y acudir a socorrernos aquí regresando por mar. Por fortuna los transportes estaban todavía en el puerto, señor.
"Yo ni siquiera sabía que mi capataz viviera. No tenía idea. El doctor Monygham fue quien tropezó con él por casualidad en la Aduana, evacuada una o dos horas antes por el malhadado Sotillo. Conmigo no contaron; ni se dignaron hacerme la menor indicación… como si fuera indigno de que me confiaran su proyecto. Monygham lo arregló todo. Fuese a los talleres del ferrocarril, y logró ser recibido por el jefe de ingenieros, que por consideración a los Goulds principalmente, consintió en dejar salir una maquina para recorrer a toda velocidad un trayecto de ciento ochenta millas llevando a Nostromo. Era el único modo de asegurar su viaje.
"En el campo de construcción, al final de la línea, se procuró un caballo, armas, algunos vestidos, y emprendió solo aquella prodigiosa caminata de cuatrocientas millas en seis días al través de un país en plena revolución, rematándola con la hazaña de cruzar las líneas monteristas que cercaban a Cayta. El relato de esa expedición formarían un libro de la más fascinadora lectura. Llevaba la vida de todos nosotros en el bolsillo. Para tal empresa no bastaban la abnegación, el valor, la fidelidad y la inteligencia. Por supuesto, él era perfectamente íntegro e incorruptible. Pero se necesitaba un hombre que supiera salir airoso, y el capataz era ese hombre.
"El cinco de mayo, hallándome, por decirlo así, prisionero en la oficina del puerto de mi Compañía, oí de repente el silbato de una máquina en los cercados del ferrocarril, a la distancia de un cuarto de milla. No podía dar crédito a mis oídos. Salí corriendo al balcón y vi una locomotora que salía de los terrenos de la estación silbando frenéticamente, envuelta en una nube blanca, y luego acortó la velocidad casi hasta pararse precisamente al llegar a la posada del viejo Viola. Divisé a un hombre, señor -pero sin distinguirle con claridad-, que salió disparado del Albergo d’Italia Una, trepó a la plataforma, y luego la máquina se alejó de la casa como dando un salto y desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Como cuándo apaga usted una vela, señor. El conductor era un maquinista de primer orden; puedo asegurarlo. En Rincón y en otro sitio los guardias nacionales les hicieron un nutrido fuego. Por fortuna la línea no había sido cortada. En cuatro horas llegaron al campo de construcción. Nostromo había efectuado la primera parte de su viaje… Lo demás ya lo sabe usted.
"Le basta, señor, echar una mirada a su alrededor. Personas hay aquí en la Alameda que se pasean en sus carruajes, y aún están vivas hoy, porque hace años contraté a un marinero italiano fugitivo para capataz de nuestro muelle, sin más razón que la de haberme gustado su aspecto. Y ese es un hecho. No puede usted desconocerle, señor.
"El diecisiete de mayo, a los doce días justos de haber visto subir a la máquina al hombre que salió de la casa Viola, sin poder adivinar lo que aquello significaba, los transportes de Barrios entraban en este puerto, y la "Tesorería del Mundo," como el redactor de The Times llama a Sulaco en su libro, se salvó intacta para la civilización… para alcanzar en lo futuro una gran prosperidad, señor.