En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Miller, el encargado del establo de alquiler sacudió, sin embargo, la cabeza.
– ¿Un joven gentleman con un viejo caballo castrado? No, que yo sepa. Por aquí no pasan muchos caballeros. -Rio-. Pero también puede ser que me haya pasado por alto. Hasta hace poco tenía un mozo de cuadra, pero él…, bueno, es una larga historia. En cualquier caso era muy de fiar y con frecuencia atendía solo a la gente que únicamente se quedaba una noche. Lo mejor es que pregunte en el pub. ¡A la pequeña Daphne no se le escapa, con toda seguridad, nada que tenga que ver con hombres!
George rio, como se esperaba que hiciera, por lo que evidentemente era una broma, si bien no la había entendido del todo y acto seguido dio las gracias por la información. De todos modos, quería ir al bar. A fin de cuentas, allí tendrían habitaciones para alquilar y, además, estaba hambriento.
El local le causó tan buena impresión como el establo de alquiler. Reinaba allí también un orden y una limpieza relativos. De todos modos, la taberna y el burdel no parecían estar separados. La joven pelirroja que en cuanto George entró le preguntó qué deseaba iba muy maquillada y llevaba la llamativa ropa de una chica de bar.
– Una cerveza, algo que comer y una habitación si es que hay -pidió George-. Y busco a una muchacha llamada Daphne.
La pelirroja sonrió.
– Enseguida le sirvo la cerveza y el bocadillo, pero sólo alquilamos habitaciones por horas. En cualquier caso, si quiere reservarme a mí también y no es estrecho de miras, le dejaré que descanse. ¿Quién le ha aconsejado tan vivamente que pregunte por mí sólo al entrar?
George le devolvió la sonrisa.
– Así que tú eres Daphne. Pero tengo que desengañarte. No me has sido recomendada por tu gran discreción, sino más bien porque al parecer conoces a todo el mundo aquí. ¿Te dice algo el nombre de Lucas Warden?
Daphne frunció el ceño.
– Así de golpe, no. Pero me suena… Voy a buscar su comida y me lo pienso.
Entretanto, George había sacado un par de monedas del bolsillo con las que esperaba aumentar la disposición de Daphne para darle información. Sin embargo, no tuvo que recurrir a ellas: la joven no parecía fingir. Por el contrario, salió resplandeciente de la cocina.
– ¡Había un señor Warden en el barco con el que llegué de Inglaterra! -informó solícita-. Sabía que conocía el nombre. Pero ese hombre no se llamaba Lucas, sino Harald o algo así. Ya era mayor. ¿Por qué pregunta por él?
George se quedó desconcertado. No había contado en absoluto con tal respuesta. Pero bien, era evidente que Daphne y su familia habían zarpado en el Dublin hacia Christchurch con Helen y Gwyneira. Una extraña coincidencia, pero que no tenía que servirle forzosamente de ayuda.
– Lucas Warden es el hijo de Gerald -respondió George-. Un hombre alto, delgado, rubio, con ojos grises y muy buenos modales. Hay razones para suponer que se encuentra en algún lugar de la costa Oeste.
La expresión de Daphne manifestó desconfianza.
– ¿Y lo está buscando? ¿Es usted policía o algo así?
George agitó la cabeza.
– Un amigo -explicó-. Un amigo con muy buenas noticias para él. Estoy convencido de que el señor Warden se alegraría de verme. Así que en caso de que sepa algo…
Daphne se encogió de hombros.
– Lo mismo daría -murmuró-. Pero por si le interesa, corría por aquí un hombre llamado Luke, no conozco su apellido, pero se ajusta a la descripción. Lo cual es, como decía, indiferente ahora. Luke está muerto. Pero si lo desea, puede hablar con David…, en caso de que él quiera hacerlo con usted. Hasta ahora apenas habla con nadie. Está bastante destrozado.
George se estremeció y supo, en ese mismo momento, que la joven tenía razón. Con toda certeza no había muchos hombres como Lucas Warden en la costa Oeste y esta muchacha era una aguda observadora. George se levantó. Aunque el bocadillo que Daphne le había llevado tenía buen aspecto, había perdido el apetito.
– ¿Dónde puedo encontrar a ese David? -preguntó-. Si Lucas…, si está realmente muerto, quiero saberlo. Enseguida.
Daphne asintió.
– Lo lamento, señor, si es el Lucas al que busca. Era un hombre amable. Un poco extraño, pero legal. Venga conmigo, lo acompañaré a ver a David.
Para sorpresa de George no lo condujo fuera del local, sino escaleras arriba. Ahí debían de estar las habitaciones por horas…
– Pensaba que no alquilaban a largo plazo -dijo cuando la muchacha cruzó decidida un salón tapizado del que partían varias habitaciones numeradas.
Daphne asintió.
– Por eso Miss Jolanda puso el grito en el cielo cuando hice venir a David. ¿Pero, adónde iban a llevarlo estando tan enfermo? Todavía no tenemos médico. El barbero le entablilló la pierna, ¡pero no iban a dejarlo en un establo con fiebre y medio muerto de hambre! Así que puse mi cuarto a su disposición. Comparto ahora los clientes con Mirabelle y la vieja se queda con la mitad de mi sueldo por el alquiler. Pero los clientes pagan con gusto el doble y seguro que yo no estoy ganando menos. Bueno, la vieja racanea que da gusto. En cuanto pueda me voy de aquí. Cuando Dave esté bien, cojo a mis niñas y me busco algo nuevo.
Así que también tenía hijos. George suspiró. ¡La muchacha debía de llevar una vida muy dura! Pero luego concentró su atención en la habitación que en ese momento abría Daphne y en cuya cama yacía un joven.
David no era un niño. Parecía pequeño en la cama doble y tapizada, y la pierna derecha, entablillada y con un grueso vendaje, que se mantenía en alto sobre una complicada construcción de puntales y cuerdas, reforzaba todavía más esa impresión. El joven tenía los ojos cerrados. Su hermoso rostro, bajo un cabello rubio y enmarañado, estaba pálido y se veía afligido.
– ¿Dave? -saludó Daphne cariñosa-. Tienes visita. Un señor de…
– Christchurch -concluyó George.
– Dice que conoció a Luke. Dave, ¿cómo se llamaba de apellido? ¿Te acuerdas?
Para George, que había echado entretanto un breve vistazo a la habitación, la pregunta ya estaba contestada. Sobre la mesilla de noche del joven había un cuaderno de bocetos con dibujos realizados con un estilo absolutamente particular.
– Denward -respondió el joven.
Una hora más tarde, George sabía toda la historia. David contó los últimos meses de Lucas como trabajador de la construcción y encargado de los planos de las obras y describió al final la fatal expedición en busca del oro.
– ¡Todo fue culpa mía! -se lamentó entristecido-. Luke no quería…, y luego tuve que intentar bajar por esas rocas. ¡Yo lo maté! ¡Soy un asesino!
George sacudió la cabeza.
– Cometiste un error, muchacho, puede que varios. Pero si ocurrió tal como tú lo has contado, fue un accidente. Si Lucas hubiera anudado mejor la cuerda, todavía estaría con vida. No debes hacerte reproches eternamente, de ese modo no le haces ningún favor a nadie.
En silencio pensaba que ese accidente se ajustaba a la personalidad de Lucas. Un artista, irremediablemente falto de habilidad para la vida práctica. ¡Con tanto talento, qué pérdida!
– ¿Y cómo te salvaste? -quiso saber George-. Me refiero a que, si he entendido bien, ambos estabais muy lejos de aquí.
– Nosotros… Nosotros no estábamos tan lejos -le respondió David-. Los dos calculamos mal. Yo pensaba que habíamos cabalgado más de sesenta kilómetros, pero sólo eran veinticuatro. De todos modos, no lo habría conseguido a pie… con la pierna rota. Estaba seguro de que iba a morir. Pero primero… primero enterré a Luke. Justo en la playa. No muy profundamente, me temo, pero… pero aquí no hay lobos, ¿verdad?