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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— Y por lo que has oído, ¿crees realmente que esa duquesa, la futura reina, se unirá con la Orden sólo para incrementar su poder aunque eso suponga romper con la Tierra Central? —preguntó Zedd.

Ahern se encogió de hombros.

— No es más que una opinión personal, pero creo que eso hará.

— Ahern tiene razón —intervino Kahlan sin alzar la mirada, ocupada en pescar un pedazo de tubérculo del guiso—. Conozco a Cathryn Lumholtz y a su esposo, el duque. Aunque ella será la reina y él sólo su consejero, ambos piensan del mismo modo. El príncipe Fyren debía ser el nuevo rey, y yo creí que nos sería fiel pasara lo que pasase. Pero alguien de la Orden logró persuadirlo y nos traicionó. Estoy segura de que la Orden hará ofertas similares a Cathryn Lumholtz, y ella verá un modo de conseguir más poder.

— Si lo hace, y Ahern tiene razón, perderemos Kelton —concluyó el príncipe Harold, sirviéndose más pan—. Y si perdemos Kelton, otros lo seguirán.

— La cosa pinta muy mal —señaló Adie—. Nicobarese tiene problemas, Galea está debilitada después de perder a tantos soldados en Ebinissia, y si Kelton se decanta por la Orden, arrastrará con él a otros países con los que tiene tratos comerciales.

— Que a su vez arrastrarán a…

— Ya basta —ordenó Kahlan con un tono de tranquila pero indiscutible autoridad que silenció de inmediato a los presentes. Cuando estaban en una situación de la que no sabían cómo salir, Richard siempre le decía que pensara en la solución y no en el problema, pues si uno pensaba solamente en las razones por las que iba a fracasar, era imposible pensar en cómo vencer.

»Dejad de decirme por qué no podemos recuperar la unidad de la Tierra Central y por qué no podemos ganar. Ya sabemos que será difícil. Lo que tenemos que hacer es pensar soluciones.

— Bien dicho, Madre Confesora —dijo Zedd, sonriéndole por encima de la cuchara—. Creo que algo se nos ocurrirá. Para empezar, pase lo que pase, los países más pequeños permanecerán fieles a la Tierra Central. Debemos reunir a sus representantes en Ebinissia y empezar a reconstruir el Consejo.

— Tienes razón. Tal vez no sean países tan poderosos como Kelton, pero en su conjunto son muchos.

Kahlan se abrió el manto de piel. El chisporroteante fuego empezaba a calentar la habitación y el guiso también ayudaba, aunque si sudaba era por la preocupación. Se moría de ganas de que Richard se reuniera con ellos; él tendría ideas. Richard nunca se quedaba cruzado de brazos, paralizado, mientras los acontecimientos seguían su curso. Kahlan contempló a sus compañeros, cada uno de ellos inclinado sobre su cuenco y ceñudo, devanándose los sesos.

Adie fue la primera en intervenir.

— Bueno, estoy segura de que podríamos conseguir que algunas hechiceras de Nicobarese nos apoyaran. Sería una ayuda muy valiosa. Aunque algunas se nieguen a luchar, pues eso va contra sus convicciones, no se negarán a ayudar de otros modos. Ninguna de ellas desea ver a la Tierra Central en manos de la Sangre, ni de sus aliados: la Orden Imperial. Muchas de ellas conocieron el terror en el pasado y no querrán que se repita.

— Perfecto —sentenció Kahlan—. ¿Crees que podrías ir personalmente para convencerlas de que nos ayudaran, así como también a parte del ejército regular? Después de todo, esa guerra civil es parte de una guerra a mayor escala, y no se produciría si al menos algunos no estuvieran de parte de la Tierra Central.

Adie clavó en Kahlan sus blancos ojos por un momento.

— Si es por algo tan importante, desde luego lo intentaré.

— Gracias, Adie. ¿Alguien tiene otra idea? —preguntó a los demás.

Harold apoyó un codo sobre la mesa y frunció el entrecejo, pensativo.

— Creo —dijo agitando la cuchara— que si enviásemos una delegación oficial a algunos de los países más pequeños, podríamos convencerlos de que enviaran representantes a Ebinissia. La mayor parte de ellos tiene a Galea en alta estima y saben que la Tierra Central ha protegido su libertad. Nos ayudarán.

— Y tal vez —intervino Zedd con una astuta sonrisa— si yo visitara a esa reina Lumholtz, en calidad de Primer Mago claro está, podría persuadirla de que la Tierra Central sigue siendo poderosa.

Kahlan conocía a Cathryn Lumholtz pero no quería apagar las esperanzas de Zedd. Después de todo, ella había sido la que los había instado a pensar en soluciones y no en los problemas.

La aterrorizaba pensar que podría ser la Madre Confesora que perdiera la Tierra Central.

Al acabar la cena el príncipe Harold y el capitán Ryan fueron a ver a sus hombres, y Ahern, después de echarse el largo ropón sobre sus fornidos hombros, anunció que iba a echar un vistazo a sus caballos.

Cuando se hubieron marchado Zedd agarró a Jebra por un brazo. La joven estaba ayudando a Kahlan a recoger.

— ¿Vas a decirme ahora qué ves cada vez que me miras?

Jebra apartó sus ojos azules y trató de disimular recogiendo otra cuchara.

— No es nada.

— Si no te importa, eso lo juzgaré yo.

Jebra se detuvo y finalmente lo miró a los ojos.

— Alas —dijo.

Zedd enarcó una ceja.

— ¿Alas?

— Sí, te veo con alas. ¿Ves? No tiene sentido. Seguro que es una visión que no significa nada. Ya te dije que no era nada; a veces me pasa.

— ¿Sólo eso? ¿Alas?

— Bueno… —Jebra jugueteaba con su corto pelo rubio rojizo— estás en el aire, con esas alas que te he dicho, y te precipitas sobre una enorme bola de fuego. —Las finas arrugas que se formaban en los ángulos exteriores de los ojos se hicieron más profundas—. Mago Zorander, no sé qué significa esa visión. No es necesariamente un presagio, ya sabéis cómo funcionan a veces mis visiones, sino más bien una sensación. No sé qué significan, pues están revueltas.

Zedd la soltó.

— Gracias, Jebra. Si tienes otra visión, te agradeceré que me lo digas. —Jebra asintió—. Enseguida. Necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir.

Los ojos de la muchacha se clavaron en el suelo y volvió a asentir. Con la cabeza ladeada hacia Kahlan, añadió:

— Círculos. Veo a la Madre Confesora corriendo en círculos.

— ¿Círculos? —Kahlan se aproximó a ella—. ¿Por qué corro en círculos?

— No lo sé.

— Bueno, ahora mismo me siento como si avanzara en círculos tratando de hallar el modo de volver a unir la Tierra Central.

— Sí, quizá sea eso —contestó una esperanzada Jebra.

Kahlan le sonrió.

— Tal vez sea eso. Tus visiones no siempre anuncian calamidades.

Todos se disponían a seguir recogiendo cuando Jebra tomó de nuevo la palabra.

— Madre Confesora, no debemos dejar a vuestra hermana sola con cuerdas.

— ¿Qué quieres decir?

Jebra suspiró.

— Sueña que se cuelga.

— ¿Quieres decir que has tenido una visión en la que se colgaba?

— Oh no, Madre Confesora, no he visto eso —la tranquilizó Jebra de inmediato—. Pero percibo su aura y veo que sueña que lo hace. Eso no significa que vaya a intentarlo, sólo que debemos vigilarla para que no tenga oportunidad de hacerlo antes de que se recupere.

— Un consejo muy sensato —dijo Zedd.

— Esta noche dormiré con ella —se ofreció Jebra mientras envolvía en un paño el pan sobrante.

— Gracias, Jebra. Ya acabaré yo de recoger. Tú ve a la cama, por si Cyrilla se despierta.

Después de que Jebra se instalara con su esterilla en el cuarto que ocupaba Cyrilla, Zedd, Adie y Kahlan acabaron de recoger. Luego Zedd colocó una silla frente al fuego para Adie. Con los dedos flojamente enlazados Kahlan se puso en pie, mirando las llamas.

— Zedd, cuando enviemos delegaciones a los países pequeños para que acudan a la sesión del Consejo en Ebinissia, sería más fácil convencerlos si fuese una delegación oficial de la Madre Confesora.

Zedd hizo una larga pausa.

— Todos piensan que la Madre Confesora está muerta. Si les informamos de que sigues viva, te convertirás en un objetivo, y la Orden se nos echaría encima antes de que pudiéramos reunir una fuerza suficiente.

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