La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Muy aliviada, Cyrilla se dejó caer, aunque seguía agarrando el manto de piel.
— Gracias, majestad.
Kahlan la instó a que se incorporara.
— Ánimo, te he traído un poco de sopa caliente.
Pero Cyrilla apartó la cara de la cuchara.
— No tengo hambre.
— Si quieres que sea la reina, debes tratarme como tal. —Kahlan sonrió ante el gesto de extrañeza de su hermanastra—. Es una orden de tu reina. Cómete la sopa.
Sólo entonces Cyrilla accedió. Al acabar comenzó de nuevo a temblar y a llorar. Kahlan la acunó hasta que cayó de nuevo en un estado similar al trance y se quedó con la mirada fija en el vacío. Después de arroparla, Kahlan se despidió con un beso en la frente.
Zedd había conseguido un par de barriles, un banco, un taburete del granero y una silla de nadie sabía dónde. Asimismo había pedido al príncipe Harold y al capitán Ryan que compartieran la cena con Adie, Jebra, Ahern, Orsk, Kahlan y él mismo. Estaban muy cerca de Ebinissia y debían hacer planes. Así pues, se apiñaban en torno a la pequeña mesa mientras Kahlan partía trozos de pan duro y Jebra servía humeantes cuencos del guiso de alubias cocinado en el hogar. Cuando hubo acabado, la vidente se sentó en el corto banco, junto a Kahlan, desde donde de vez en cuando lanzaba desconcertadas miradas a Zedd.
Al ver a Harold, tan fornido y con aquella larga y densa mata de pelo oscuro, Kahlan pensaba en su padre. Harold había regresado ese mismo día de Ebinissia con los exploradores.
— ¿Qué nuevas nos traes de tu hogar? —le preguntó Kahlan.
El príncipe desmenuzó el pan con sus gruesos dedos y suspiró.
— Todo sigue como tú nos lo describiste. No hay indicios de que nadie haya estado allí. Creo que estaremos seguros en Ebinissia. Ahora que el ejército de la Orden ha sido destruido…
— Sólo el de esta zona —lo corrigió Kahlan.
Harold le dio la razón haciendo un gesto con el pan.
— Bueno, no creo que tengamos dificultades, de momento. Aún no disponemos de muchos hombres pero son buenos soldados; suficientes para controlar los accesos a la ciudad desde los pasos en las montañas, a no ser que envíen un poderoso ejército contra nosotros. Hasta que la Orden logre reunir otro ejército creo que estamos seguros. Además —añadió, señalando a Zedd—, tenemos un mago.
Zedd, demasiado ocupado devorando el guiso, mostró su aquiescencia con un gruñido.
Entre bocado y bocado el capitán Ryan intervino.
— El príncipe Harold tiene razón. Conocemos estas montañas y podremos defender la ciudad hasta que lancen contra nosotros una gran fuerza. Pero, para entonces, es posible que también nosotros hayamos recibido refuerzos y podamos empezar a movernos.
— ¿Adie, crees que tenemos alguna posibilidad de recibir ayuda de Nicobarese? —preguntó, rebañando el cuenco con el pan.
— En mi país natal hay ahora mismo mucha confusión. Cuando Zedd y yo estuvimos allí averiguamos que el rey había muerto. La Sangre de la Virtud está tratando de hacerse con el poder, aunque no todos están de acuerdo. Las más disgustadas son las hechiceras. Si la Sangre se impone, todas ellas serán perseguidas y asesinadas. Creo que apoyarán a los sectores del ejército que se resisten contra la Sangre.
— Si estalla una guerra civil —intervino Zedd, dejando por un momento de comer— no creo que Nicobarese esté en condiciones de enviar tropas en auxilio de la Tierra Central.
— Tal vez algunas hechiceras podrían ayudar —sugirió Kahlan.
— Es posible —replicó Adie, removiendo el guiso con la cuchara.
— Puedes llamar a tropas estacionadas en otras zonas, ¿verdad? —preguntó Kahlan a su hermanastro.
— Sí, claro. Podríamos reunir al menos sesenta o setenta mil soldados, o quizás incluso cien mil, aunque no todos ellos están bien armados ni tienen experiencia. Nos llevará tiempo organizarlos pero cuando lo hagamos Galea será una fuerza a la que tener en cuenta.
— Más o menos ése era el número con el que antes contábamos, y no fue suficiente —les recordó el capitán Ryan, sin alzar la vista de su cuenco.
— Cierto —convino Harold, agitando el pan—, pero eso no sería más que el principio. Kahlan, tú puedes lograr la unidad de más países, ¿no?
— Justamente ésa es nuestra esperanza. Si queremos tener una oportunidad, es preciso recuperar la unidad de la Tierra Central.
— ¿Y qué hay de Sanderia? —inquirió el capitán Ryan—. Sus lanceros son los mejores de la Tierra Central.
— Y también está Lifany —recordó Harold—. Fabrican muchas armas y saben cómo usarlas.
Kahlan desmigaba su pan con los dedos.
— Sanderia necesita a Kelton para disponer de pastos de verano. Lifany compra hierro a Kelton y les vende cereal. Herjborgue depende de la lana de Sanderia. Creo que todos ellos seguirán a Kelton.
— Había keltas entre el ejército que atacó Ebinissia —declaró Harold con rabia.
— Y también galeanos. —Kahlan se llevó el pan a la boca y masticó unos segundos, observando cómo su hermanastro agarraba la cuchara como si fuese un cuchillo. El príncipe tenía la mirada clavada en el guiso.
»Insurgentes y asesinos procedentes de muchos países se unieron a ellos —prosiguió Kahlan después de tragar el pan—. Pero eso no significa que esos países apoyen a la Orden. El príncipe Fyren de Kelton decidió respaldar a la Orden Imperial, pero ahora está muerto. Kelton forma parte de la Tierra Central y no estamos en guerra contra ellos. Estamos en guerra contra la Orden Imperial. Debemos permanecer juntos. Si Kelton se une a nosotros, arrastrará a muchos otros países. Pero si se decanta por la Orden, nos costará convencer a sus vecinos de que se unan a nosotros. Es imprescindible que ganemos a Kelton para nuestra causa.
— Apuesto a que Kelton se unirá a la Orden —dijo Ahern. Todos lo miraron. El cochero se encogió de hombros—. Yo soy kelta y puedo deciros que el pueblo hará lo que la corona decida; así somos. Con Fyren muerto la duquesa Lumholtz es la siguiente en la línea de sucesión. Ella y su marido, el duque, apoyarán al bando que tenga las de ganar, sea el que sea. Al menos, eso creo por lo que he oído decir de ellos.
— ¡Es una locura! —El príncipe Harold dejó caer la cuchara—. Desconfío de los keltas (no te lo tomes a mal, Ahern) y conozco sus tejemanejes, pero en el fondo son habitantes de la Tierra Central. Es posible que traten de apoderarse de hasta la última franja de tierra en los territorios fronterizos, pero el pueblo kelta se considera parte de la Tierra Central.
»Los espíritus saben que Cyrilla y yo teníamos nuestra diferencias, pero en momentos difíciles nos uníamos. Lo mismo ocurrió con los países de la alianza; cuando D’Hara atacó, el pasado verano, olvidamos nuestros conflictos con Kelton y salimos en su defensa. Si el futuro de la Tierra Central está en juego, se unirán a nosotros. La Tierra Central significa mucho más que lo que pueda decir la nueva persona que se siente en el trono. —Harold cogió la cuchara y la agitó hacia Ahern—. ¿Qué opinas tú?
— Lo mismo, supongo —respondió el cochero encogiéndose de hombros.
La mirada de Zedd se posaba en ambos interlocutores alternativamente.
— No estamos aquí para discutir, sino para librar una guerra. Expresa tu opinión, Ahern. Tú eres kelta y los comprendes mejor que ninguno de nosotros.
Ahern se rascó su curtido rostro mientras reflexionaba sobre las palabras de Zedd.
— El general Baldwin, comandante en jefe del ejército, y sus generales Bradford, Cutter y Emerson acatarán las decisiones de la corona. Yo no los conozco, no soy más que un cochero, pero viajo mucho y oigo muchas cosas, y eso es lo que siempre se dice de ellos. Se cuenta un chiste sobre que si la reina arrojara su corona por la ventana y se quedara enganchada en las astas de un ciervo, antes de un mes todo el ejército pastaría hierba.