El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
—En cuanto a esas armas imaginarias —comentó Voi—, ¿se supone que debemos creer que supondrían una diferencia práctica contra alienígenas hostiles?
—Supongo que, si no se consideraran de valor, mi gente no estaría ansiosa.
—¿Y dónde entramos nosotros?
—Me gustaría que vosotros recuperarais las armas antes. Por eso necesitaréis una nave estelar. Podrías dejar atrás unas pocas armas para la flota del éxodo de Skade, pero más allá de eso… —Clavain se encogió de hombros—. Creo que estarán mejor bajo control de la humanidad ortodoxa.
—Eres todo un chaquetero —dijo Voi con admiración.
—He intentado no convertirlo en una profesión.
La nave dio bandazos. No había habido ninguna señal de advertencia hasta ese momento, pero Clavain había volado en naves de sobra para reconocer la diferencia entre una maniobra programada y otra desesperada.
Algo iba mal. Pudo verlo al instante en los gestos de Voi y Perotet: toda compostura se esfumó de sus rostros. La expresión de Voi se convirtió en una máscara y su garganta temblaba como si estuviera embarcada en una comunicación subvocal con el capitán de la nave. Perotet fue hasta la ventanilla, asegurándose de tener al menos una extremidad sujeta a un agarradero.
La lanzadera volvió a dar sacudidas. Una dura luz azul iluminó la cabina. Perotet apartó la mirada, entrecerrando los ojos para protegerse del resplandor.
—¿Qué sucede? —preguntó Clavain.
—Nos atacan. —El hombre sonaba fascinado y consternado al mismo tiempo—. Alguien acaba de cargarse una de las naves de escolta de Ferrisville.
—Esta lanzadera parece poco blindada —dijo Clavain—. Si alguien nos atacara, ¿no deberíamos estar ya muertos?
Otro destello. La lanzadera se bamboleó y guiñó. El casco vibró al incrementarse la potencia del motor. El capitán estaba aplicando una maniobra evasiva.
—Ya van dos —dijo Voi, desde el otro lado de la cabina.
—¿Os importaría soltarme de esta silla? —pidió Clavain.
—Veo algo que se aproxima a nosotros —gritó Perotet—. Parece otra nave, o puede que dos. Sin marcas. Parecen civiles, pero es imposible. A no ser que…
—¿Banshees? —sugirió Clavain.
No parecieron oírlo.
—También hay algo a este lado —dijo Voi—. El navegante tampoco sabe lo que está sucediendo. —Posó su atención sobre Clavain—. ¿Podría llegar tu bando tan cerca de Yellowstone?
—Desean recuperarme a toda costa —explicó Clavain—. Supongo que todo es posible. Pero esto atenta contra todas las normas de la guerra.
—Aun así, podrían ser arañas —dijo Voi—. Si lo que cuentas es cierto, entonces las reglas de la guerra ya no se aplican.
—¿Podéis contraatacar? —preguntó Clavain.
—No aquí. Nuestras armas están pacificadas electrónicamente dentro del espacio aéreo de la convención. —Perotet se desenganchó de un cinturón y correteó hasta otro situado en la pared opuesta—. El otro escolta está dañado, debe de haber recibido un impacto parcial. Suelta combustible y ha perdido el control de navegación. Se distancia de nosotros. Voi, ¿cuánto queda para que volvamos a la zona de guerra?
Los ojos de la demarquista volvieron a vidriarse. Era como si se quedara momentáneamente aturdida.
—Cuatro minutos hasta la frontera, entonces las armas se despacificarán.
—No disponéis de cuatro minutos —dijo Clavain—. ¿Por casualidad hay un traje espacial a bordo de esta cosa?
Voi lo miró extrañada.
—Pues claro, ¿por qué?
—Porque resulta evidente que es a mí a quien buscan. No tiene sentido que muramos todos, ¿verdad?
Le mostraron el armario de los trajes. Eran de diseño demarquista, todos con estrías de metal de color rojo plateado y, aunque no eran ni más ni menos avanzados técnicamente que los trajes de los combinados, todo funcionaba de modo distinto. Clavain no podría haberse puesto el traje sin la ayuda de Voi y Perotet. Tras cerrar y asegurar el casco, el borde de la visera se encendió con una decena de indicadores de estado que no le resultaban familiares, trazas que se arrastraban por la pantalla e histogramas cambiantes marcados con acrónimos que para él no significaban nada. De forma periódica, una discreta y educada voz femenina susurraba algo a su oído. La mayoría de las trazas eran más verdes que rojas, lo que Clavain interpretó como una buena señal.
—Sigo pensando que esto debe de ser una trampa —dijo Voi—. Algo que habías planeado desde el principio. Pretendías subir a bordo de nuestra nave y que después te rescataran. Quizá nos has hecho algo o has plantado algo…
—Todo lo que os he contado es cierto —insistió Clavain—. No sé quién es esa gente de ahí fuera y tampoco sé qué quieren de mí. Podrían ser combinados pero, si lo son, su llegada no es algo que tuviera previsto.
—Ojalá pudiera creerte.
—Admiraba a Sandra Voi, y confiaba en que el hecho de haberla conocido pudiera ayudarme al presentarte mi caso. He sido totalmente sincero en eso.
—Si son combinados… ¿te matarán?
—No lo sé. Me parece que ya podrían haberlo hecho, si fuera ese su objetivo. No creo que Skade os hubiera perdonado la vida, pero quizá la juzgo mal. Si es que se trata de Skade… —Clavain arrastró los pies hasta la cámara estanca—. Mejor será que me vaya. Espero que os dejen en paz cuando vean que estoy fuera.
—Estás asustado, ¿verdad?
Clavain sonrió.
—¿Tan evidente resulta?
—Eso me empuja a pensar que podrías no estar mintiendo. La información que nos has dado…
—En serio, deberíais actuar al respecto.
Se introdujo en la esclusa y Voi hizo el resto. Las trazas de la visera registraron el paso al vacío. Clavain oyó cómo el traje crujía y chasqueaba de manera poco familiar mientras se ajustaba al espacio. La puerta exterior se alzó sobre pesados pistones. No pudo ver nada, salvo un rectángulo de oscuridad. Ni estrellas ni planetas. Tampoco el Cinturón Oxidado, ni siquiera las naves de los piratas.
Siempre hacía falta valor para dejarse caer de una nave espacial, y mucho más si se carecía de todo medio para regresar. Clavain calculó que ese sencillo paso y el impulso que debía darse se contaban entre las dos o tres cosas más difíciles que había tenido que hacer en toda su vida.
Pero había que hacerlo.
Estaba fuera. Se giró lentamente y la lanzadera demarquista entró en su campo de visión mientras pasaba a su lado. No mostraba daños, salvo una o dos marcas de quemaduras superficiales en el casco, donde había sido golpeado por fragmentos al rojo de las naves de escolta. Al sexto o séptimo giro, los motores palpitaron y la lanzadera comenzó a incrementar la distancia con Clavain. Eso era bueno. No tenía sentido sacrificarse si Voi no sacaba provecho de ello.
Aguardó. Transcurrieron quizá unos cuatro minutos antes de que distinguiera las otras naves. Era evidente que se habían distanciado tras el ataque. Eran tres, como pensaban Voi y Perotet.
Los cascos eran negros y habían dibujado encima con neón: calaveras, ojos y dientes de tiburón. De vez en cuando, una apertura de propulsión escupía un pulso de gas direccional y el destello permitía distinguir más detalles, perfilaba las esbeltas curvas de las superficies transatmosféricas y las ánimas con capucha de las armas retráctiles o de los ganchos articulados. Las armas se podían desmontar y así las naves adoptarían un aspecto bastante inocente. Elegantes juguetes de niños ricos, pero nada por lo que uno apostaría contra escoltas armados de la convención.
Uno de los tres banshees se separó de la formación y se cernió enorme sobre él. En la panza de su casco se abrió, como un iris, una cámara estanca iluminada con un resplandor amarillo. De allí salieron dos figuras, negras como el mismo espacio. Fueron a chorro hacia Clavain y frenaron con destreza cuando estaban a punto de chocar contra él. Sus trajes espaciales seguían la misma filosofía que las naves: eran de origen civil, pero mejorados con coraza y armamento. No hicieron el menor esfuerzo por comunicarse con él mediante el canal del traje; todo lo que oyó mientras lo capturaban y lo conducían a bordo de la nave negra fue la repetitiva y dulce voz de la subpersona de su traje.