El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
Se podría hacer todo eso.
Pero el objetivo no era extinguir la vida, sino mantenerla bajo control. La vida en sí, a pesar del aparente despilfarro que suponía, era sagrada para los inhibidores. De hecho, si existían era para su preservación absoluta, en especial de la vida inteligente.
Pero no se podía permitir que se extendiera.
Su metodología, mejorada a lo largo de millones de años, era simple. Había demasiados soles viables como para vigilarlos continuamente, demasiados mundos donde la vida elemental podía asomar a la inteligencia de pronto y por sí misma. Así que habían establecido redes de desencadenantes, artefactos desconcertantes repartidos por la faz de la galaxia. Estaban colocados de tal modo que era probable que una cultura emergente se topara con uno de ellos antes o después. Asimismo, no estaban diseñados para atraer de modo inadvertido a las culturas hasta el espacio. Debían ser tentadores, pero no demasiado.
Los inhibidores aguardaban entre las estrellas, atentos a la señal de que uno de sus relucientes cachivaches había atraído a una nueva especie.
Y entonces, rápidos y despiadados, convergían sobre el epicentro del nuevo brote.
La lanzadera militar en la que había llegado Voi estaba atracada fuera, sujeta a la parte inferior del Carrusel Nueva Copenhague mediante presas magnéticas. Clavain fue conducido a bordo y le dijeron dónde debía sentarse. Colocaron un casco negro sobre su cabeza, con solo una minúscula ventana de observación por la parte delantera. Estaba diseñado para bloquear las señales neuronales y evitar que interfiriera con la maquinaria ambiental. Esa precaución no lo sorprendió en absoluto. Para ellos era potencialmente valioso (a pesar de los comentarios previos de Voi en sentido contrario, cualquier tipo de desertor podía suponer alguna diferencia, incluso en una fase tan avanzada de la guerra), pero, como araña, podía causar también considerables daños.
La nave militar desatracó y partió del Carrusel Nueva Copenhague. Las ventanillas del casco acorazado estaban fijadas de modo pintoresco. A través del vidrio de quince centímetros de grosor, arañado y raspado, Clavain vio un trío de esbeltos vehículos policiales que los seguían de cerca como peces piloto.
Clavain hizo un gesto en dirección a las naves.
—Se toman esto en serio.
—Nos escoltarán hasta abandonar el espacio aéreo de la convención —dijo Voi—. Es el procedimiento habitual. Mantenemos muy buenas relaciones con la convención, Clavain.
—¿Dónde me lleváis? ¿Directamente al cuartel general demarquista?
—No digas bobadas. Te conduciremos a un lugar bonito y seguro, y sobre todo bien apartado. Hay un pequeño campamento demarquista al otro lado del Ojo de Marco… pero, por supuesto, ya lo conoces todo sobre nuestras operaciones.
Clavain asintió.
—Pero no los procedimientos informativos exactos. ¿Habéis tenido muchos casos como este?
La otra persona presente era un demarquista, también de alta graduación, al que Voi había presentado como Giles Perotet. Tenía la costumbre de estirar sin cesar los dedos de sus guantes, uno detrás de otro y una mano después de la otra.
—Dos o tres cada década —dijo—. Ciertamente, tú eres el primero desde hace bastante. No esperes un tratamiento de alfombra roja, Clavain. Es posible que nuestras perspectivas se vean influidas por el hecho de que ocho de los once desertores anteriores resultaron ser espías de las arañas. Los matamos a todos, pero no antes de que pudieran hacerse con valiosos secretos.
—No estoy aquí para eso. No tendría mucho sentido, ¿verdad? La guerra ya es nuestra, en cualquier caso.
—Así que has venido para regodearte, ¿no es así? —preguntó Voi.
—No. He venido para contaros algo que situará la guerra en una perspectiva por completo distinta.
La hilaridad cruzó brevemente el rostro de la demarquista.
—Tendría que tratarse de un truco.
—¿Todavía dispone la demarquía de una abrazadora lumínica?
Perotet y Voi intercambiaron miradas de asombro.
—¿Tú qué crees, Clavain? —replicó el hombre.
Clavain no respondió en varios minutos. Por la ventana vio cómo disminuía el Carrusel Nueva Copenhague, y el enorme arco del borde reveló no ser más que una sección de una rueda sin radios. La propia corona fue haciéndose cada vez más pequeña hasta casi perderse contra el trasfondo de los demás hábitats y carruseles que formaban el Cinturón Oxidado.
—Nuestro espionaje asegura que no la tenéis —dijo Clavain—, pero podría equivocarse, o poseer información incompleta. Si la demarquía tuviera que poner sus manos sobre una abrazadora lumínica con muy poco preaviso, ¿creéis que podría?
—¿De qué va esto, Clavain? —preguntó Voi.
—Responded a mi pregunta.
El rostro de Voi enrojeció ante su insolencia, pero contuvo bien su enfado. Su voz permaneció serena, casi formal.
—Sabes que siempre hay modos y maneras. Solo depende del grado de desesperación.
—Creo que deberíais empezar a hacer planes. Necesitaréis una nave estelar; más de una, si podéis lograrlo. Y tropas y armas.
—No estamos lo que se dice en posición de malgastar recursos, Clavain —dijo Perotet, quitándose por completo un guante. Sus manos eran blancas como la leche y de huesos muy finos.
—¿Por qué no? ¿Porque perderéis la guerra? Vais a perderla de todos modos. Simplemente ha de suceder un poco antes de lo que esperabais.
Perotet volvió a ponerse el guante.
—¿Por qué, Clavain?
—Ganar esta guerra ya no es la preocupación principal del Nido Madre. Otro asunto ha tomado prioridad. Siguen realizando los movimientos que le darán la victoria porque no quieren que ni vosotros ni nadie más sospeche la verdad.
—¿Y cuál es la verdad? —preguntó Voi.
—No conozco todos los detalles. Tuve que elegir entre quedarme para descubrir más cosas o desertar mientras tuviera la ocasión. No fue una decisión fácil, y no dispuse de mucho tiempo para reflexionar sobre ello.
—Entonces cuéntanos lo que sabes —dijo Perotet—. Nosotros decidiremos si la información merece una investigación adicional. De un modo u otro acabaremos por descubrir lo que sabes, como ya comprenderás. Tenemos dragas, igual que tu bando. Puede que no sean tan rápidas, ni tampoco tan seguras…, pero ya nos valen. No pierdes nada por contarnos algo ahora.
—Os contaré todo lo que sé. Pero carece de valor si no actuáis al respecto. —Clavain notó que la nave militar ajustaba su curso. Se dirigían a la única luna de gran tamaño de Yellowstone, el Ojo de Marco, que orbitaba justo más allá del límite jurisdiccional de la Convención de Ferrisville.
—Adelante —dijo Perotet.
—El Nido Madre ha identificado una amenaza externa, una que nos atañe a todos. Hay alienígenas ahí fuera, seres similares a máquinas que erradican la aparición de las inteligencias tecnológicas. Por eso la galaxia está tan vacía: ellos la mantienen despejada. Y me temo que somos los siguientes en la lista.
—A mí me suena a simple conjetura —dijo Voi.
—No. Algunas de nuestras misiones en el espacio profundo ya se han encontrado con ellos. Son tan reales como tú y yo, y te juro que se están acercando.
—Hasta ahora nos las hemos arreglado bien —intervino Perotet.
—Algo que hemos hecho los ha alertado. Puede que nunca sepamos con precisión de qué se trata. Lo único que importa es que la amenaza es auténtica y que los combinados son totalmente conscientes de ella. Y no creen poder derrotarla. —Siguió contándoles prácticamente la misma historia que ya había relatado a Xavier y Antoinette sobre la evacuación del Nido Madre y la búsqueda para recuperar las armas perdidas.