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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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—Thorn… —dijo.

Pero él se colocó en el asiento del piloto.

—A ver, ¿cómo vamos a jugar a esto? ¿Me vas a contar todo lo que quiero saber, o tendré que aplicar alguna persuasión adicional?

Operó los controles. La nave dio bandazos y sonaron las alarmas.

—Thorn…

—Lo siento. Parecía más fácil cuando te miraba hacerlo. Puede que sea más complicado de lo que se desprende a simple vista, ¿eh?

—No puedes volar con esta cosa.

—Pues no se me está dando nada mal, ¿no crees? Ahora… ¿para qué sirve esto? Veamos… —Se produjo otra reacción violenta de la nave y resonaron nuevas alarmas. Pero, aunque con lentitud, la nave había comenzado a obedecer sus órdenes. Khouri vio que parpadeaba el indicador del horizonte artificial. Estaban ladeándose. Thorn ejecutaba un brusco viraje a estribor.

—Ochenta grados… —leyó—. Noventa… cien…

—Thorn, no. Nos estás llevando directos de vuelta a la onda de choque.

—Esa viene a ser la idea. ¿Crees que el casco aguantará? Me ha dado la impresión de que considerabas que ya estaba soportando bastante tensión. Bueno, supongo que estamos a punto de descubrirlo, ¿no?

—Thorn, sea lo que sea lo que planeas…

—No planeo nada, Ana. Solo trato de ponernos en una situación de peligro real e inminente. ¿Es que no estaba ya lo bastante claro?

Ana volvió a tratar de liberarse luchando, pero era inútil. Thorn había sido muy listo. No era de extrañar que el cabronazo hubiese esquivado durante tanto tiempo al Gobierno. Tenía que admirarlo por ello, aunque fuese a regañadientes.

—No lo lograremos —dijo.

—No, es posible que no. Y me temo que mi pericia de vuelo no ayudará gran cosa. Lo cual lo simplifica aún más. Respuestas, eso es lo que quiero.

—Te lo he contado todo…

—En realidad no me has contado nada. Quiero saber quién eres. ¿Sabes cuándo empecé a albergar sospechas?

—No —dijo ella. Thorn no haría nada hasta que le respondiera.

—Fue la voz de Irina. Verás, estaba seguro de que ya la había oído antes. Bueno, pues al final lo recordé. En la alocución que hizo Ilia Volyova a Resurgam, poco antes de que comenzara a reventar colonias de la superficie. Fue hace mucho, pero las viejas heridas tardan mucho en cerrar. Ahí hay una similitud más que familiar, me parece a mí.

—Te equivocas de medio a medio, Thorn.

—¿De veras? En tal caso, ¿estás dispuesta a ilustrarme?

Sonaron nuevas alarmas. Thorn había bajado la velocidad, pero seguían avanzando a varios kilómetros por segundo hacia la onda de choque. Ana deseó que solo fuese su imaginación, pero creyó ver el filo de rojo cereza dirigiéndose hacia ellos en la oscuridad.

—¿Ana…? —volvió a preguntar él, con una voz alegre que era todo dulzura.

—Maldito seas, Thorn.

—Ah, eso me suena a progreso.

—Para, da media vuelta.

—En un instante. En cuanto oiga de ti las palabras mágicas. Una confesión, eso es todo lo que pido.

Ella inspiró profundamente. Así que en esas estaban, la ruina de todos sus lentos y acompasados planes. Habían apostado por Thorn y este había demostrado ser más listo que ellas. Deberían haberlo visto venir, y tanto que sí. Y Volyova, maldita fuera, tenía razón. Había sido un error dejar que Thorn se acercara siquiera a la Nostalgia por el Infinito. Tendrían que haber encontrado otro modo de convencerlo. Volyova debería haber ignorado las protestas de Khouri…

—Pronuncia las palabras, Ana.

—¡De acuerdo, de acuerdo, maldita sea! Ella es la triunviro. Te contamos toda una sarta de putas mentiras desde el primer momento. ¿Contento?

Thorn no respondió de inmediato. Para alivio de Ana, aprovechó ese tiempo para virar la nave. La aceleración la aplastó aún más contra el asiento, conforme Thorn aplicaba potencia para sacar distancia a la onda de choque. Y entre la negrura surgió a toda velocidad en su persecución una lívida línea roja, como el filo sanguinolento de la espada del verdugo. Ana la vio hincharse hasta que la panorámica posterior solo era un muro escarlata tan brillante como el metal fundido. Las alarmas de colisión chillaron como locas y las voces de advertencia multilingües convergieron en un único coro aterrado. Entonces un telón de cielo comenzó a cerrarse a cada lado de la línea roja, como dos cortinas de color gris hierro. El hilo comenzó a menguar en anchura y quedó por detrás de ellos.

—Creo que lo hemos conseguido —anunció Thorn.

—En realidad, me parece que no.

—¿Cómo?

Ella hizo un gesto en dirección a la pantalla del radar. No había rastro de la mancha que había estado detrás de ellos desde que entraron en la atmósfera de Roc, pero una multitud de señales de radar aparecían por todas partes. Había al menos doce nuevos objetos, y no tenían nada de la cualidad difusa del eco inicial. Se acercaban a varios kilómetros por segundo y estaba claro que convergían sobre la nave de Khouri.

—Creo que acabamos de provocar una respuesta —dijo, y su voz le sonó mucho más calmada de lo que ella misma se esperaba—. Parece que, después de todo, sí había un límite. Y acabamos de traspasarlo.

—Nos sacaré de aquí lo más rápidamente posible.

—¿Y crees que supondrá la más mínima diferencia? Estarán aquí en unos diez segundos. Tengo la impresión de que ya tienes la prueba que buscabas, Thorn. O estás a punto de tenerla. Disfruta del momento, porque puede que no dure mucho.

Él la miró con lo que ella interpretó como serena admiración.

—Ya has estado así antes, ¿verdad?

—¿Así cómo, Thorn?

—Al borde de la muerte. No significa mucho para ti.

—Preferiría estar en cualquier otra parte, no me malinterpretes.

Las formas que se cernían sobre ellos habían superado el último círculo concéntrico de la pantalla. Se encontraban ya a pocos kilómetros de la nave y frenaban al aproximarse. Khouri sabía que ya no causaría daño alguno dirigir los sensores activos contra las cosas que se acercaban. Ya habían delatado su posición y no iban a perder nada por ver más de cerca los objetos que convergían sobre ellos. Se aproximaban por todas partes y, aunque todavía quedaban enormes huecos entre ellos, hubiese sido por completo inútil tratar de escapar. Un minuto antes, las cosas no aparecían por ningún lado, así que obviamente eran capaces de deslizarse por la atmósfera como si esta no existiera. Thorn había situado a la nave en un empinado ascenso y, aunque ella hubiese hecho justo lo mismo, sabía que no iba a servir de nada. Se habían acercado demasiado al corazón de la amenaza y ahora iban a pagar cara su curiosidad, lo mismo que le había pasado a Sylveste tantos años atrás.

Los retornos del radar activo resultaban confusos por culpa de las formas cambiantes de las máquinas que se aproximaban. Los sensores de masa detectaban señales fantasma en el límite de sensibilidad, apenas discernibles del trasfondo provocado por el propio campo de Roc. Pero la evidencia visual era inequívoca. Unas formas oscuras y diferenciadas nadaban por la atmósfera hacia la nave. Y nadar era la palabra adecuada, comprendió Khouri, porque era exactamente lo que parecía: un movimiento complejo y fluido, una ondulación arrastrante, como los pulpos al desplazarse por el agua. Las máquinas eran tan veloces como su nave y estaban formadas por muchos millones de elementos de menor tamaño, una incansable danza deslizante de cubos negros a muchos niveles. Casi no se podía ver ningún detalle, aparte de la absoluta negrura cambiante de las siluetas, pero de vez en cuando una luz azul o malva titilaba dentro de las masas compactas, marcando el relieve de uno u otro apéndice. Nubes de formas negras más pequeñas asistían a cada ensamblaje principal y, cuando estos se acercaban entre sí, lanzaban prolongaciones de unos a otros, líneas umbilicales de máquinas hijas que fluían entre uno y otro extremo. Oleadas de masa latían entre los núcleos principales y, ocasionalmente, una de las primarias se fisionaba o se unía a su vecina. Los rayos púrpura continuaban oscilando entre las impenetrables siluetas y a veces formaban una concha geométrica alrededor de la nave de Khouri, antes de volver a reducirse a esquemas que parecían mucho más aleatorios. A pesar de todo, a pesar de la convicción de que iba a morir, la aproximación resultaba fascinante. Y también repulsiva. Simplemente contemplar a las máquinas inhibidoras provocaba una sensación de terribles náuseas, porque estaban viendo algo que demostraba de forma clara no haber sido nunca creado por una inteligencia humana. Era pasmoso y extraño el modo en que se movían las máquinas, y en su subconsciente supo que Volyova y ella habían subestimado terriblemente al enemigo, si tal cosa era posible. Todavía no habían visto nada.

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